Literalmente

Literalmente sois unos ignorantes. He dicho. No me refiero a vosotros, sufridos lectores (si es que hay alguno que espero que sí). No, me refiero a políticos y periodistas, fundamentalmente. Y, como somos así de gilipollas, copiotas e ignorantes además, pues también a los que vamos y les imitamos pensando que así embellecemos nuestro discurso.

Resulta que viniendo en el coche he oído a un político decir de otro que perdió literalmente los papeles. Aunque en la radio no lo han dicho no creo que se le haya caído nada. Pues entonces, caballero, le diré que por muy ofensivas que hayan sido o por muy fuera de lugar que estuvieran sus palabras, la única manera de perder literalmente los papeles sería que en el fragor de la discusión se le hubieran caído y luego los hubiera dejado descuidadamente allí al irse. Entonces sí, además de metafóricamente, los habría perdido literalmente.

No es la primera vez que oigo utilizar literalmente con intención de enfatizar lo que se está diciendo. Por ejemplo ‘los precios se están subiendo literalmente a la parra’ o ‘tan sorprendido estaba que se le salieron los ojos, literalmente, de sus órbitas’. ¿Pero no se dan cuenta de que es ridículo decir esas cosas? Yo oigo eso y me da por pensar en una parra con chiquiprecios colgando en lugar de racimos, o al pobre hombre llevándose las manos a la cara para que sus ojos no salgan rodando. O, peor, me imagino a un tío cuyos ojos son como los de esas gafas que tienen unos de plástico adosados a sendos muelles. Vamos, que en lugar de dramatismo, lo que consiguen con tanto falso énfasis es que me dé la risa. Literalmente.

Mi madre


Hoy es el cumple de mi madre. Le caen 60. Mi madre es una tía estupenda. Por supuesto tiene sus ‘cositas’. Es curioso cómo yo he heredado muchas de esas ‘cositas’ suyas pero pocas de las estupendeces. ¿Será que voy en contra de la evolución de las especies? A lo que iba, que mi madre es una tía estupenda. Seguramente ella jamás lea esto pero me apetece decirlo. Y seguramente también debería decírselo a ella, pero soy así.

Una de las mejores cosas de mi madre es que siempre intenta que todo el mundo a su alrededor esté a gusto. Es verdad que no siempre se consigue, entre otras cosas porque no es posible adivinar el pensamiento de la gente, pero al menos lo procura. La contrapartida es que siempre se deja a ella la última pero eso a los demás no les afecta tanto. Por ejemplo, ha intentado (y creo que conseguido) que O sienta que también aquí, tan lejos de su casa, tiene una familia. O sea, algo más que unos suegros.

Otra cosa bien buena es que mantiene la calma casi en cualquier situación. Si no fuera porque todos murieron, yo diría que entre sus ancestros estaba uno de esos músicos del Titanic que dicen que siguieron tocando mientras el barco se hundía. Teniendo en cuenta además el carácter de alguno en mi familia (y no miro a nadie porque no tengo un espejo cerca) esta virtud se multiplica por mil. Así puede analizar los problemas sin venirse abajo y si algo se tuerce siempre encuentra una solución alternativa y, generalmente, buena. Es muy consciente de que todo, o casi, se puede resolver y generalmente es capaz de hacerlo.

Con lo dicho arriba ya os imagináis que además tiene un carácter estupendo. Siempre sonríe, tiene paciencia infinita y yo la admiro mucho más desde que tengo hijos. Ella nunca pierde los nervios con los niños. Ni les grita. Es más, aunque lo intento, no recuerdo que me gritase nunca y eso que me he peleado con ella muchas veces. ¿Será súper woman? Es posible.

Además es bien guapa, bien lista, una excelente cocinera y muy divertida. Aunque no leas esto nunca, mamá, te quiero un montón.

Dos en la carretera

Fuimos compañeros de escuela y de promoción así que supongo que nos habíamos visto muchas veces antes, pero yo no le recuerdo de entonces. La primera vez que hablé con él fue en una cena a la que el colegio nos invitaba por acabar la carrera. Vino con una amiga común. Acabamos aquella cena cantando canciones de María Dolores Pradera y Carlos Cano. Yo pensé que era una pena porque seguramente nunca más volvería a ver a aquel chico tan alto y que compartía conmigo unas aficiones musicales algo raras para nuestra generación. La cena se acabó, vinieron las copas y el baile. Con la suela de su zapato llena de trocitos de cristal pisó a otra amiga mía con sandalias. Cada uno se fue a su casa. Pasaron los meses. El destino quiso que yo no tuviera plan para un, digamos, viernes y aquella amiga común me invitó al cumpleaños de una perfecta desconocida para mí. Todavía no sé porqué fui. Ir a cumpleaños de desconocidas a los que no estoy invitada no va mucho conmigo, la verdad. Pero el caso es que fui. Después de un rato en aquella fiesta preguntándome qué coño hacía allí, aquel chico alto apareció otra vez. Algo por dentro me hizo ‘click’. Me pasé la noche hablando con él y su amigo, deseando que no se acabara y alucinando por haberme encontrado con alguien así. No era posible que coincidiéramos en tantas cosas. Era el comienzo de noviembre de madrugada. Él me dejó sus guantes. Unos guantes enormes y muy calentitos. Nos despedimos. Él dice que me pidió que le acompañara a su casa que estaba allí al lado. Yo no le oí así que, decepcionada, le devolví sus guantes. Según parece con algo de mala leche. Ya no sé si me las ingenié para autoinvitarme con ellos y nuestra amiga común al cine al día siguiente o si fueron ellos los que me invitaron. El caso es que al día siguiente fuimos al cine. No nos quedó más remedio que ir a la sesión golfa, no había entradas para la anterior. No me dio ninguna pena. Estuvimos jugando al trivial y yo acabé odiando a su amigo. Se metía en todas nuestras conversaciones, no nos dejaba hablar a solas ni un minuto. Pobre A. Ahora le quiero mucho pero aquel día le hubiera matado. En el cine la ‘casualidad’, o sea sus colegas pero eso yo entonces no lo sabía, quiso que nos sentáramos juntos. Me dejó en casa aquella noche a bordo del coche de nuestra amiga común y con ella de chófer. Me pasé toda la semana dándoos la lata con el chico tan maravilloso que había conocido y, cómo no, poniendo la máquina a centrifugar. ¿Si me dijo que me iba a dejar sus discos Gershwin y Porter será porque le molo? ‘Eso es que le molas fijo’ decía Calvin. Pero entonces, ¿por qué la primera noche ni siquiera se despidió con un beso? En fin esas cosas. Y toda la semana intentado ingeniármelas para acoplarme de nuevo con ellos el fin de semana siguiente. Tuve suerte y lo conseguí. Aquella noche vimos amanecer al revés acurrucados en el sofá de su salón. Recuerdo aquellas primeras semanas en una nebulosa de emociones, falta de sueño y sms y correos electrónicos llenos de poemas.


Nunca antes había sido así de feliz y siempre, desde entonces, me ha hecho feliz.

Hace unos días leí una cita de Ortega que decía algo así como que la belleza atrae, la inteligencia encanta y la bondad retiene. No lo recuerdo exactamente pero esa es la idea. No puedo estar más de acuerdo. Mi ND desde luego es guapo. Y por supuesto, a mi me encantó su inteligencia y también su sabiduría. Sin embargo no es su belleza o su inteligencia lo que me mantiene junto a él, no. Con el paso de los años, lo que me mantiene a su lado es su bondad. Es bueno con todos, conmigo por supuesto, con sus hijos, con sus amigos, con sus padres, con sus hermanos. Por ejemplo, se organiza un maratón de ida y vuelta en el día a Roma y Nápoles para no dejarme sola una noche y dos mañanas y poder estar algo con los niños. O arregla sin perder la paciencia los desaguisados que la osadía y la ignorancia de mi padre provocan en su propio ordenador (en el de mi padre, entiéndase). Pero es que además es bueno digamos que por la calle y mantiene esos gestos que cada vez mantiene menos gente, como ceder su sitio en el autobús o no colarse en las salidas de las autopistas. Vamos que es bueno, no, buenísimo.

Por estas fechas se cumplen ocho años de aquella semana en que nos conocimos. Mi amiga, la del pisotón de cristales, ya le ha perdonado. Y a mí me vuelven las mariposas al estómago cada vez que veo un cartel de Amélie.

Gracias bueni.

Fauna

Por razones que no vienen a cuento, recientemente he estado repasando la fauna que nos rodeó durante la carrera. Supongo que nosotros también somos fauna pero no nos gusta reconocernos en ella. Al fin y al cabo, nosotros somos nosotros, nada de fauna, qué dices.

Yo tengo la sensación de que me pasé toda la carrera intimidada. Por un lado estaba toda esa gente que había crecido pensando que el dinero salía de los árboles. Supongo que muchos serían gente normal y corriente, incluso puede que simpáticos, pero a mí eso siempre me intimida. Más tonta que soy, la verdad.

Luego estaban esos otros que no sé si nadaban en billetes o no, pero lo parecía, y además te hacían sentir que tú no estabas a su altura. Pensándolo bien, a lo mejor no nadaban en billetes. A juzgar por la cantidad de marcas visibles que lucían en su indumentaria, a lo mejor lo que pasa es que hacían la carrera patrocinados. Como para no sentirse intimidado, yo jugaba el partidillo del barrio y ellos en la liga de las estrellas con sus contratos de publicidad incluidos.

Luego había un montón de mentes privilegiadas que entendían todo a la primera y aprobaban los exámenes sin despeinarse. De éstos había dos clases: los raros, de los que hablaré un poco después, y otros más majos que las pesetas que hasta salían de cañas. Los segundos me intimidaban más que los primeros. Al fin y al cabo parecían tan normales pero en realidad tenían súper poderes. ¿Cómo era posible que ellos entendieran aquellas cosas tan raras que a mí me llevaban tanto tiempo? Es más, algunas todavía no las he entendido. No se lo digáis a nadie, pero ceo que conmigo se equivocaron al darme el título. Cualquier día llaman a mi puerta unos señores de traje oscuro y me explican amablemente que han descubierto que soy una impostora y tengo que devolverles el título. ¡Si no me acuerdo de nada! Hacer un examen para mí era como formatear esa parte del disco duro. ¡Oh, Dios! después de este comentario voy a tener que incluirme en una especie que no me gusta nada.

De todos modos, sin duda, de lo que más teníamos era gente rara. Había raros para elegir. Por un lado estaban los raros con mente privilegiada que decía antes. Ésos llegaban a clase, se sentaban en primera fila, tomaban apuntes, se levantaban al acabar y se iban. Si hablaban algo en todo el día era para preguntar. Cuando yo todavía estaba intentando desentrañar la maraña de palabras en jerga desconocida de aquellos profesores (también muy raros, la verdad) ellos no sólo las habían comprendido sino que además eran capaces de tener dudas. Otra vez, qué tíos. Había otros que hacían lo mismo que ellos pero no preguntaban. A éstos, mis amigos los llaman la panda de cartón piedra de la primera fila. Y, la verdad, me parece una descripción de lo más acertada.

Pero los raros más raros eran los raros frikies. Y de estos sí que había. Yo no he visto tíos más raros en mi vida que algunos de mis compañeros de especialidad. Supongo que en general eran inofensivos pero si me los llego a cruzar una noche en una calle desierta, me cambio de acera. Solían ser tíos con bastante poco pelo. Sabían un montón de ordenadores y de internet (cuando sólo ellos sabían que eso existía), casi sólo hablaban de eso y además hacían chistes y juegos de palabras con ello. Lo cual, inexplicablemente, les hacía muchísima gracia. Aunque la fiebre de Gandalf y compañía vino después, ellos ya hablaban de Tolkien y sus personajes como si compartieran mesa y mantel con ellos todos los días. Por sus pintas no me extrañaría que fuese verdad. De su alarmante dejadez en lo que al aseo y cuidado personal se refieren prefiero no hablar. Me acordaría demasiado de un compañero de laboratorio que me tocó en gracia un curso y que si un día me cuentan que ha entrado en su curro (si es que semejante elemento ha sido capaz de encontrarlo) con una escopeta y varias granadas de mano me lo creería. ¡Menuda prenda! Ni idea de nada tenía. Pero luego le decía al profesor que no mirase mis cálculos que seguro que estaban mal. Simpático, ¿eh? Pues a pesar de eso un día intentó que fuésemos a desayunar juntos. Ése sí que me intimidaba, con la pinta de loco peligroso que tenía, en vez de decirle que yo con él no iba más allá de la puerta del laboratorio, y eso siempre que hubiera testigos, me inventé una excusa boba. Menos mal que no lo volvió a intentar.

Luego estábamos las tías. Raras desde luego éramos. Por la escasez yo diría que éramos una especie en peligro de extinción. También éramos bastante raras por el poco juicio demostrado al querer mezclarnos con alguno de los de arriba. Y, sobre todo, porque ser tía y estudiar en mi escuela era llevar el sambenito de callo, al menos, durante lo que durase la carrera. Y duraba un huevo. Y eso que tuve compañeras de promoción bastante monas e incluso alguna clasificable como buenorra. Pero daba igual. Esas buenorras entraban en la categoría de ‘diosas’, no eran tías. Así que las tías podíamos seguir siendo callos. La naturaleza, siempre sabia (y al parecer tía), en un acto supremo de justicia poética ha hecho que muchos de aquéllos que nos clasificaban como callos hayan acabado con compañeras suyas.

Por supuesto yo entro en la categoría de tía. Aunque me gustaría, no soy una diosa. Y como las categorías no son estancas y cualquier combinación es posible también entro en otra extraña especie que no se sabía muy bien cómo sobrevivía por allí, pero lo hacía. A base de convocatorias varias, montañas de fotocopias, copias de problemas ajenos, horas y horas de estudio, no menos actos de fe sobre conceptos inalcanzables a nuestro escaso intelecto y, sobre todo, muuuucha suerte conseguíamos ir pasando los cursos y hasta acabar la carrera entre gestos de desconcierto de profesores y compañeros.

Yo tuve más que mucha suerte y además, una vez superada la intimidación, conseguí camuflarme y colarme en un grupo de gente con súper poderes. Gracias a eso tengo unos amigos maravillosos y tuve unos apuntes, unos profesores particulares, unos modelos de ejercicios y unos compañeros de pispitos, cañas y cafeses en el Blasco inmejorables.

Los cumpleaños hoy en día


Antes, casi en la prehistoria, cuando éramos niños y uno cumplía años, al cole llevábamos una bolsa de caramelos y los repartíamos en clase y todos estaban (estábamos) contentos. Normalmente era una bolsa de tofes de la Vda de Solano. Grandes caramelos que se te pegaban a los dientes con lo que te asegurabas de que ya tendrías caramelo para todo el día. Sin olvidar que para muchos fue la primera vez que nos acercamos al tema de la muerte y de la trascendencia al preguntar qué era una viuda. Bueno, realmente la primera pregunta era: ¿Qué es una Vda?
No hablaré de las mediaslunas de fuagrás o de mantequilla y jamón porque eso ya lo haré cuando los niños sean mayores y podamos comparar.
El sábado fue el cumpleaños de Javi y hoy ha ido a la guardería, pero en vez de llevar la bolsa de caramelos ha llevado algo del estilo de esta foto:
Bueno, tampoco exactamente. La verdad es que la bolsa es exactamente la misma con sus dálmatas y termosellada, pero (y ahí es a donde quería llegar) bastante más cutre. Bueno, más que más cutre digamos que con menos 'marketing'. El truco está en rellenar la bolsa de morralla de manera que se vea bien llena. Cosas del tipo gorro-de-fiesta-de-cartón-con-goma-que-dura-un-segundo-puesto son auténticos best sellers dado que por diez céntimos te llenan media bolsa. También tienen gran aceptación las bolsas individuales de gusanitos aplastados y cosas que ocupen y cuesten poco. Y el caso es que los padres nos vemos, no diré obligados, pero sí 'guiados' a estos dispendios.
En mi caso me queda la sensación de ser un cutre porque la bolsa está medio vacía, aunque me gasté más o menos lo mismo que lo que costaban las bolsas llenas, pero no me convencía el que tuviera caramelos duros porque me parecía que podía haber problemas con niños de dos años y atragantamientos varios. Al final me decidí por bolsas que tenían dos aspitos (engendro que en mis tiempos no existía y es como un gusanito gigante) de los que Javi es capaz de comerse uno cada 5 segundos hasta que ya no puede cerrar la boca para masticar. También tenían una nube (o malvavisco, en versión mexicana), un chupa-chups de los buenos, de los chupa-chups, chupa-chups, dos gominolas con envoltorio y todo, un globo y algo más, pero que ahora mismo no consigo acordarme. El caso es que cada bolsa me salió por algo más de 80 céntimos de euro. La broma en conjunto fueron 17 euros y pico para 20 niños.
En mis tiempos si alguien hubiera venido al colegio con algo así hubieramos pensado que o que estaba loco, le había tocado la lotería o que sus padres creían que necesitaba hacer amigos porque ya era la tercera vez que llegaba del cole con las gafas rotas.
En fin, que me ha quedado una sensación de cutre y es que, probablemente lo sea. El próximo año les empaquetaré unas bolsas llenas de 'guntanitos', 'chupa-chaps', gorritos de cumpleaños y ladrillos de caramelo zaragozanos rotos y con trozos de esos que cortan las lenguas como espadas samurais, pero, eso sí, que ocupen.

Las muñecas de famosas

Según dice el fabricante, éstas de la foto son las muñecas de las infantas Leonor y Sofía. Qué ‘espabilao’ el tío, ¿no? ‘¡Anda!, he fabricado estas dos muñecas que parecen Nancys con los mofletes inflados. Pero no lloran, no comen, no hablan, no hacen pis ni caca…’ por esto último les alabo el gusto, la verdad. ¿A quién le parece una buena idea que un muñeco haga pis y caca? Dejando a un lado el mal gusto, ése seguro que no es padre. Volviendo a las muñequitas de marras, resulta que muy rubias y muy papotes, sí. Pero no hacen nada. Y en estos tiempos que corren a ver cómo competían con las muñequitas bebé multifunción, con las barbies y sus doscientos mil complementos o, peor, con esas muñecas con pinta de golfas tan de moda ahora. La barbie y sus tetas cruzado mágico son, las tres, unas mojigatas de tres al cuarto al lado de esas bratz que enseñan el ombligo y, supongo, también el tanga.

Total, que el tío tenía que encontrar una manera de colocarlas desviando la atención de su evidente falta de atractivo para las niñas de hoy. Y decidió que sus muñecas se parecen a las infantas. Pero por mucho que tiraba del archivo fotográfico del Hola, no había manera de encontrarles el parecido desde ningún ángulo. ‘Pues nada, ya que no hay manera de que se parezcan, pues fusilo los modelitos del posado de verano, llamo a los periódicos y los informativos de la tele (que estas chorradas les encantan) y ya tengo las muñecas vendidas’.

Tío listo, la verdad. Creo que la jugada le va a salir redonda. Seguro que mucha abuelita horrorizada por el mercado muñequil actual (no me extraña nada, la verdad) y mucha madre treintañera nostálgica de sus nancys va a picar el anzuelo. Las regaladas seguro que se quedan con las ganas de muñeca cagona, pero el señor muñequero habrá hecho el agosto en Navidad.

Sigo mirando la foto y no sé si me parecen tan terribles o más que las figuras del museo de cera de Madrid. Hace muchos años fui a ese museo. Como soy de provincias, nos traían a Madrid de viaje de fin de curso y el museo de cera estaba en el programa de festejos. No recuerdo aquella visita. Será que mi memoria y mi cerebro confabularon para que aquella experiencia no causara un efecto devastador en mi mente de adolescente impresionable. Sin embargo, de vez en cuando, los informativos nos sirven una de esas ¿noticias? según las cuales fulanito ha visitado el museo de cera para inaugurar su figura. ¿Es posible hacerlo tan mal? ¿Hay alguna figura que se parezca al representado? Y si las caras no se parecen en nada, el colmo es lo cutres que son los trajes. Hombre, por Dios, si no te puedes pagar un escultor que clave a la persona, al menos invierte algo en telas y modistas. Pues no, en eso también se ahorra. Todavía me duele el ojo por el brillo de la fibra cutrísima, digna de desfile de carnaval de tercera, del traje de novia de la Letizia de cera que nos enseñaron por la tele hace unos años. Eso sí, luego se deben de gastar una pasta en conseguir que vaya Bisbal a inaugurar su escultura y consiga disimular la cara de espanto, e incluso sonreír, frente al esperpento en cera que le han hecho. Y digo yo, ¿merece Bisbal una figura de cera? Y añado ¿merece nadie, por muy gordo que sea lo que ha hecho, que le perpetren algo así?

Lo dicho, todavía no sé qué es más terrible.

TRANSPARENTE

Nos conocimos en la escuela, claro. Habíamos hablado alguna vez, supongo que en el Blasco, como no. Esto creo que no se lo he dicho nunca pero al principio, antes de conocerle, me parecía un poco prepotente. Luego él se acercó a mí. Yo salía con un amigo suyo y, gesto que le honra, hizo por conocer a la persona que salía con su amigo. Así, a base de cafés eteeeernos en el Blasco, nos conocimos más. Eternos porque él tarda mil años en tomarse una taza de café con leche y eternos porque nos podíamos tirar una tarde entera, a veces un día, sentados en aquellos bancos tapizados de sky rojo ennegrecido. Empezábamos con el desayuno y acabábamos con unas cañitas antes de cenar. Aunque él siempre ha sido más de cocacolas que de cervezas. Y más de almendras que de pispitos, pero este asunto ya lo tenemos muy trillado.

El caso es que aquellos cafés me hicieron descubrir a alguien que yo no me esperaba. No porque se oculte, no, él es transparente, es lo que ves, y de esto también hemos hablado otras veces. Así que descubrí que me equivoqué, no es un prepotente, no va atropellando a nadie. Lo que le pasa es que se siente muy orgulloso de lo que tiene y le encanta ‘presumir’ de ello. Así, su coche (otro tema recurrente) es el mejor del mundo, su novia, que ahora es su mujer, es la mejor del mundo, su familia es la mejor del mundo y sus amigos son los mejores del mundo. Yo, que tiendo bastante a no valorar lo que tengo en lo mucho que realmente vale, siempre he admirado eso en él. Eso, y lo buen amigo que es. Porque si sus amigos son los mejores del mundo él sabe estar a la altura.

Nos hemos contado millones de penas terribles (ya sabéis, esas que nos parecían terribles cuando no teníamos hipoteca, trabajo ni otras responsabilidades). Nos hemos llenado los hombros de lágrimas. Nos hemos contado secretos inconfesables (tampoco tenemos muchos, la verdad). Hemos arreglado el mundo... Y sobre todo, nos hemos reído un huevo. Pero yo siempre me acuerdo de cuando aquel otro novio que tuve (y que tan bien os caía a Sheldon y a ti) me dejó en el mejor momento: a un mes de entregar el proyecto y de los exámenes finales del último curso. Le llamé hecha un mar de lágrimas. Casi me dejó con la palabra en la boca. Le faltó tiempo para dejar lo que estaba haciendo (y lo que estaba haciendo era estar con su novia) y venir a prestarme, otra vez, su hombro. Además él, tan transparente y muchas veces tan bocazas, consiguió contenerse y no soltar un ‘es lo mejor que te podía haber pasado’ que era lo que el cuerpo le pedía a gritos. Siempre le adoraré por aquello y a aquella novia, que ahora es su mujer, por haberlo entendido. Aunque es verdad, aquello fue de lo mejor que me ha pasado. Por un lado me permitió constatar lo que ya me olía, que es un gran amigo. Y porque además quién sabe si tendría ND ahora si no.

Desde entonces hemos celebrado ocho cumpleaños tuyos (cómo pasa el tiempo). En los últimos las obligaciones familiares me han impedido estar contigo. Dentro de nada cumples treinta y cuatro y este año tampoco lo celebraremos juntos. Así que desde este recién inaugurado espacio para encontrarnos: MUCHAS FELICIDADES. ¿Se pueden meter en el blog tirones de orejas?

El Arte de la Fotografía Infantil

Permitidme unas reflexiones sobre lo que significa la palabra 'difícil'. Difícil no es una palabra estática, va cambiando de significado y de rango según las etapas de la vida del individuo. Cuando uno es pequeño, difícil es atarse los zapatos, aguantarse para hacer pis y cosas así. Cuando uno va creciendo le parece difícil montar en bici y luego hacerlo sin patines. Más adelante es difícil la carrera y, por supuesto, es dificilísimo ligar. Luego es difícil encontrar casa, pagar la hipoteca (o hipotecas), encontrar colegio (eso se merecería un post encabronado)... Pero el súmmum de la dificultad es conseguir hacer una foto en la que dos niños miren a la vez y, el máximo de dificultad, sonrían a la vez.
A esto, desde luego, ayuda grandemente las cámaras de fotos automáticas actuales que desde que pulsas el botón hasta que dispara pasa una eternidad y tienes que intuir un par de segundos antes cuando van a sonreir. Estas cámaras se llaman en inglés Point-and-shoot, aunque yo creo que deberían llamarse Guess-and-hope.
Bueno, ahora vamos a casos prácticos:

Caso A: Tengo el zoom puesto y estoy haciendo reir al niño sin mirar el encuadre:



Caso A-2: Tengo el zoom puesto, estoy haciendo reir al niño y se me mueve:



Caso B: Disparo cuando me mira y mientras hago la foto, se mueve:



Caso C: Uno ríe y el otro mira a Cuenca:



Caso D: He aprendido como va esto y pongo cara de foto:



Caso E: Parpadeo justo cuando me hacen la foto y...



Caso F: ¡¡Os juro que en algún momento ahí había alguien!!



En fin, la lista sería interminable. Afortunadamente hay veces que los astros se alinean:



¡¡Y luego, no satisfechos con esto queremos que nos toque la primitiva!!
Saludos.

Ortografía y Chulería

Acabo de leer un documento que no tenía ni un acento (mira un pareado) ortográfico (se fastidió el pareado). Miento, el documento, ingenieril por supuesto, estaba claramente escrito a cuatro manos y, esto ya es cálculo mío, a medio cerebro. Las dos primeras manos han sido incapaces de poner ni una sola tilde en sus veinte de veintitrés páginas. Miento de nuevo, a palabras como camión sí se las habían puesto. Pero eran las únicas dotadas de lo que supongo el dueño de esas manitas considera un ‘adorno’ inútil. Dada la cantidad de maquinas (así sin tilde) que he leído he llegado a pensar que se habían equivocado y en lugar de una oferta de equipos me habían enviado un complot para desmantelar algo. A las otras dos manos no les debe de parecer tan inútil el adorno y sí se han ocupado de las tildes. A cambio me han regalado un ‘elementos ha instalar’ por el que todavía se me saltan las lágrimas.

Según escribo esto, mi Word me sugiere que transforma ese horrible ‘ha’ de ahí arriba por una mucho más elegante y sobria ‘a’. ¿Qué les pasó a las cuatro manos y al medio cerebro a los que me refiero arriba? ¿Será que escriben a máquina y luego escanean para enviar el documento por correo electrónico? No sé porqué pero lo dudo. ¿Será entonces que tienen una rara enfermedad que les impide detectar los subrayados y sugerencias ortográficas y gramaticales del Word? También lo dudo. Mucho me temo, amiguitos, que la respuesta a esas dos preguntas es no. Para mí su enfermedad, nada rara por otra parte, se llama ignorancia, pereza, prepotencia y pasotismo.

La ignorancia a la vista está. No hay más que leer el documento y darse cuenta de que desconocen las normas básicas de nuestra ortografía.

Pereza porque después de redactar no se les ocurre revisar lo escrito para comprobar si está bien. Aunque a lo mejor son súper diligentes pero mucho más ignorantes de lo que yo pensaba. Quién sabe. No sé qué es peor.

Prepotencia porque a ver quién es ese señor Microsoft que les da sugerencias a ellos sobre cómo escribir sus cositas. Deben de pensar ‘mejor quito el corrector porque me lo subraya todo en rojo y es muy incómodo escribir en estas condiciones. Si, total, el corrector ortográfico se equivoca un huevo’ (¿escribirían ellos güevo?). ¿Acaso no es eso prepotencia? Soy un ignorante de tres pares, hace tres mil años que no leo un libro o nada que no sea un documento ingenieril (horror) y para la mitad de lo que escribo el corrector me da sugerencias. Pero la culpa es del corrector, claro, que se equivoca mucho. Ni siquiera me preocupo de comprobar si de verdad es un fallo mío o del corrector. Con lo que volveríamos además a la pereza.

Luego ese medio cerebro se dice más cosas ‘si además, lo que escribo se entiende ¿no? Pues ya está’. Y aquí llegamos al pasotismo. Pues no, señores, yo hay muchas cosas que no entiendo sino que me obligan ustedes a sobreentenderlas. Lo cual en muchos casos da lugar a malos entendidos y a consultas que de haberlo escrito bien nos habríamos ahorrado todos. Y además, ¿no se dan cuenta del horrible efecto que van a causar sus faltas de ortografía en el que lo recibe? Desde luego, si de mí dependiera no les adjudicaba ni un lápiz. O sí, siempre con la condición de que los beneficios los aplicasen a cursos de lengua castellana para el personal. Y con un hito de pago y penalizaciones dependiendo de los resultados del examen final que también exigiría. Aunque creo que entonces ya no querrían vendernos nada. Bien pensado, eso tampoco estaría mal. Me ahorraría cabreos futuros por este mismo asunto.

Y es que llueve sobre mojado. Hoy es esta oferta pero ayer era un tío que hacía unos documentos que yo tenía que revisar y ¡madre mía qué documentos! Otro para el que los acentos eran meros adornos y él todo un monumento a la austeridad. Y qué frasecitas, no había manera de entender lo que quería decir. Encima el tío, sin ningún sonrojo, reconocía que no usaba el corrector y que además es que su español es distinto al nuestro. Él es latinoamericano. Y que por eso estaba bien que yo revisara sus escritos porque así lo adecuaba al español de aquí. ¿Y qué le respondes a eso? Pues yo nada, porque soy una cobarde. Que mucho escribir toda indignada pero a la hora de la verdad me achanto. Además las ideas brillantes que tengo, que no son muchas, siempre se me ocurren cuando el interlocutor al que hay que poner en su sitio ya no está presente para oírlas.

Seguro que mientras escribía esto el látigo divino ha castigado mi maldad. Seguro que he metido la pata un montón de veces y he puesto muchas faltas de ortografía que no detecto por mucho que lo repase. Seguro que vosotros sois mucho más indulgentes conmigo que yo en esta entrada (por favor).

López Vázquez


No sé si lo sabéis, supongo que sí, pero después de estrenarse y hacerse archifamoso el corto de Mercero, cuando la gente entraba en las cabinas ponía un pie en la puerta para que no se cerrara. Supongo que debió de ser, a escala nacional, una psicosis parecida a la que generó la famosa emisión de ‘La guerra de los mundos’ que hizo Orson Welles en la radio estadounidense. Aparte de la habilidad de Mercero y del estupendo guión sin palabras que, si no me equivoco, es de Garci, supongo que en aquella psicosis tuvo bastante que ver José Luis López Vázquez. Obviamente yo no formé parte de aquella psicosis porque creo que ni había nacido y además vi ese corto ya bastante mayor. Y me impresionó.

Ayer murió López Vázquez. No es que yo sea una entendida ni del cine español en general ni de López Vázquez en particular pero creo que con él se va una parte de un cine español que ya no se hace, por desgracia. Y me acuerdo de ‘Atraco a las tres’, ‘Mi querida señorita’, ‘La escopeta nacional’ y sus secuelas, ‘El pisito’, ‘Los tramposos’... A mi humilde entender, grandes películas. Pero también me acuerdo de todas esas otras que, lo reconozco, me he chupado muchos sábados tirada en el sofá viendo ‘Cine de barrio’ y que no son grandes películas, la verdad. Donde repetía una tras otra ese personaje cascarrabias y al que se le salían los ojos detrás de las suecas.

A pesar de estas últimas o incluso contando con ellas, creo que fue un buen actor. Viendo algunas de las películas en las que participó, y estoy pensando fundamentalmente en ‘La cabina’ y en ‘Mi querida señorita’, pienso que debió de ser un tío inteligente y divertido. Es curioso cómo nos creamos la imagen de un actor cuando lo único que conocemos de él son los personajes que ha interpretado. Porque cuando luego le he visto en alguna entrevista me ha parecido un tío de lo más gris y he sentido una ligera decepción. Sé que es absurdo porque ni sus películas van a reflejarle a él ni una entrevista es necesariamente el reflejo de lo que eres. Es posible que fuera gris o que fuera inteligente y divertido, que fuera todo junto o ninguna de esas cosas. No lo sé porque, obviamente, no le conocí. Y no debería importarme porque lo importante que nos dejó a los que no le conocíamos son sus pelis entre las que, como ya he dicho, hay algunas muy interesantes.

Así que Descanse en paz José Luis López Vázquez y que sigamos disfrutando de sus películas.

Buenos propósitos

He decidido escribir de vez en cuando unas líneas. Es una pena pero ahora ya no nos vemos casi nunca, así que hagamos de esto la mesa del Blasco (ya sé que algunos nunca estuvisteis allí y que otros nunca os sentasteis allí conmigo) y compartamos aquel espíritu que lo mismo nos hacía comentar las páginas del periódico, el último cotilleo de la escuela, los resultados del último examen, la peli que acabábamos de ver o el libro que nos había encantado. Como el Niño Desgraciaíto no se decide a recoger el guante que de vez en cuando le echa Sheldon comentando de soslayo lo buenos que eran aquellos correos suyos al poco de conocernos, he decidido recogerlo yo. Toda una osadía por mi parte porque no creo estar a la altura, la verdad.

En resumen, he decidido abrasaros de vez en cuando con mis cabreos absurdos, reflexiones no menos absurdas al hilo de la actualidad, la mía o la de los periódicos, y contaros las gilipolleces que se me ocurran. Si alguien no está dispuesto a escucharme que hable ahora o calle para siempre. Bueno, no, que no se calle y me ponga verde ahora o cuando me decida a escribir algo. Porque mucho buen propósito, pero precisamente hoy no doy con nada de lo que hablar.

No sé, se me habrá ocurrido lo de escribir porque hoy estoy sentimental. Una reciente temporadilla de poco curro me ha empujado a engancharme a algunos blogs y, precisamente hoy, dos de ellos eran algo nostálgicos. De una nostalgia nada cursi, muy templada pero bastante emocionante. Y aunque sus temas no tenían nada que ver con los amigos, me he puesto a pensar en lo poco que nos vemos y en que cuando nos vemos no hay tiempo para todo. Supongo que es lo natural, que ya no estamos en la edad de sabernos al dedillo la vida del otro y que la vida de cada uno se complica en direcciones distintas. Además ya no ‘convivimos’ nosecuántas horas al día y ya no tenemos novedades excitantes que contar todos los días. Pero yo lo echo de menos. Así que aquí estoy, dispuesta a daros la lata de vez en cuando con lo primero que se me pase por la cabeza. Por desgracia (o por suerte para vosotros) hoy lo primero ha decidido dar un rodeo y no pasar por mi cabeza. O tal vez todo esto es sólo una excusa para deciros que os echo de menos y que he estado un rato pensando en nosotros.

A ver lo que me dura la intención.
Bueno, pues si hay que escribir, se escribe. Espero que sea un poco como montar en bici, que dicen que no se olvida, aunque yo creo que la inspiración viene con el aburrimiento y de eso ahora no ando sobrado. Para empezar os diré que el próximo martes 10 estaré en la Universidad de Castilla La Mancha - campus de Ciudad Real - para la apasionante: "JORNADA EUROPEA SOBRE ALTA VELOCIDAD Y TERRITORIO". Así que a ver si nos podemos ver, J.

Y para continuar durante el próximo mes y medio he de estar en Londres, Roma y París haciendo entrevistas. Entrevistas ferroviarias y workshops. Además nos vamos a presentar a 6 proyectos europeos en los que el plazo de entrega termina el 14 de enero. Así que escribir, lo que se dice escribir voy a escribir un huevo, pero lo del blog... ya veremos.

Me parece una idea estupenda, a ver si sigue para adelante y nos mantenemos más en contacto. Así que...