Me voy...

Quedan escasos momentos para irme de vacaciones. El siempre merecido descanso es esta vez más merecido que nunca. Esta semana he terminado tres informes y ya los he entregado. He tenido que trabajar bastante duro para hacerlo y muchas veces me entran ganas de dejar las cosas sin terminar porque, a fin de cuentas, yo ya tenía las vacaciones confirmadas mucho antes de que me metieran a presión más trabajo del que podía procesar.

Es lo malo que tenemos los súperheroes, al final hacemos lo que tenemos que hacer y nunca nadie te lo agradece. Es más, has puesto un nuevo límite que marca hasta donde se pueden aprovechar de ti. La siguiente vez no serán tres informes sino cuatro y no serán dos viajes en las dos últimas semanas, sino tres.

De momento me voy y ya volveré, aunque en un principio pensaba que iba a tener un mes de septiembre más o menos libre ya se me ha ido llenando de tonterías. Me esperan a la vuelta un viaje a Atenas y otro a París. Ya tengo dos reuniones programadas con dos meses de antelación, tengo que realizar cinco informes que dejo pendientes y otro con fecha de inicio el 1 de septiembre... bufff!!! Espero cargar bien las pilas!!

Mi planning de vacaciones es el siguiente:
  1. Una semana en Ávila con mis padres y los niños. Anniehall se queda esa semana de Rodríguez.
  2. Dos semanas en Oporto (bueno, Vila Nova de Gaia) con la incorporación de Anniehall. Bacalhau, polvo dourado o lagareiro, lulas, carapaos... (ñam, ñam!!)
  3. Una semana en Escalona del Prado con mis suegros.
Y un par de días con los niños en Madrid para reincorporarme el 1 de septiembre a mis quehaceres cotidianos.

Voy a prescindir del ebook y voy a volver al analógico con una autobiografía de Chesterton que tengo empezada desde hace un tiempo, un libro de viajes de unos rusos por la américa de los 50 que se llama la América de una planta y, si me sobra tiempo, los relatos del padre Brown que tengo también empezados. Es curioso, pero todos son de la editorial El Acantilado.

Seguro que me lo paso bien y descanso, no tanto como quisiera, pero más que trabajando.

P.D: La foto del principio la hice desde la terraza de la casa de Oporto (es, más que nada, para dar envidia).

Crecen

Crecen. Ayer me preguntó C ‘mamá, mañana ¿qué hay de comer?’ ‘puré’ ‘y luego, de tenedor, ¿qué hay?’. Nos hizo mucha gracia. Recordándolo esta mañana comentábamos que C ya es muy mayor aun siendo tan pequeña. Y J también se hace mayor. ND ha contestado ‘no’ con un hilillo de voz y la cara transformada en terror a mi pregunta ’¿qué? ¿echas de menos tener un bebé en casa?’.

El caso es que se hacen mayores y me encantaría poder recordar un millón de cosas que sé que se me van a olvidar. Porque yo soy un desastre y porque ya se me han olvidado muchas. Es más, compré unos cuadernos, uno para J y otro para C, donde ir apuntando todo esto pero siguen en blanco. Como plomo del bolso van bien, eso sí.

Así que voy a hacer un poco de memoria de las cosas que me encantaría recordar siempre:
  • La cara de sorpresa que ponía C con menos de un año con los ojos muy abiertos y la boca haciendo una O muy cerrada.

  • Los primeros abrazos de J y los primeros besos de C.

  • Cómo se ríen los dos cuando ND les hace cosquillas en la cama y cómo le piden cosquillas ‘papá ¿nos haces así?’ y ponen los dos las manos amenazadoras de cosquillas que pone él cuando les persigue por el pasillo de camino a nuestra cama.

  • Las caras entre enfado y sueño cuando se levantan y su calorcito sobre mi regazo mientras se van despertando.

  • Cómo pedía J pedorretas después del baño dándose palmadas en la tripa con cara divertida.

  • C diciendo ‘mo’ cuando le preguntabas ‘¿qué es esto?’ señalando a un mono y J diciendo ‘no’ respondiendo a lo mismo. Cuando empezaban a hablar, claro.

  • Las explicaciones de C gesticulando mucho y con los ojos muy abiertos ‘mira mamá…’ y a continuación un incoherente razonamiento que a ella le parece de lo más lógico.

  • Las broncas que echa J a otros niños, en el parque por ejemplo si le quitan sus juguetes o le empujan, con su lengua de trapo pero con gesto muy enfadado y diciendo ‘no’ bien fuerte.

  • La primera vez que C me dijo ‘te quiero mucho, mamá’.

  • La sonrisa abierta de J cuando le haces el ruido del coche o del avión con el que esté jugando.
Ah!! y espero enmarcar en algún momento la fecha del día en que empezaron a levantarse más tarde de las siete de la mañana. (Que sea pronto, por Dios, o me quedo sin ND).

El que la sigue, la consigue

En el último post me dediqué a contar mis experiencias londinenses negativas, pero Londres es una ciudad que también puede ser maravillosa y en la que te puedes encontrar con lo inesperado a la vuelta de la esquina. Cuando os conté el otro día que me dirigí desilusionado desde la Royal Geographical Society a comprar los encargos de Anniehall no os conté que de camino hacia allí pasé por el Royal Albert Hall. Es una de las salas de conciertos más famosas del mundo y, la verdad, es que es espectacular. Pasé junto a la programación y vi que justamente ese día empezaban una serie de conciertos organizados por la BBC, se llamaban BBC Proms. Y, justamente ese día, actuaba María Joao Pires tocando los nocturnos de Chopin. Nosotros tenemos el disco y es una maravilla. Me dirigí a la box office pensando que sería imposible encontrar una entrada justo el mismo día del concierto, pero tuve suerte y conseguí una entrada bastante cerca del escenario por unas 17 libras. Pregunté si había algún dress code y me dijeron que no. Menos mal porque era la primera reunión a la que iba sin traje.

Salí emocionado y seguí emocionado hasta que el incidente del perro baboso me devolvió a la parte más prosaica de la realidad.

Además, quedé para cenar con un alemán del proyecto. Fuimos a un restaurante hindú que le habían recomendado cerca de James St en una calle paralela a Oxford St. Yo iba con cierto recelo porque el sólo olor del curry me revuelve el estómago, pero nos pusieron un cordero con una salsa que tenía cacahuete o anacardo o algo así que estaba muy rico. Lo acompañamos de un par de pintas de cervezas indias (the kingfisher o algo así) bastante buenas y de un nan de ajo riquísimo.

Aprovechando que hacía buen tiempo, todo el mundo estaba en la calle tomándose sus cervezas fuera. nosotros nos fuimos hacia Carnabie St y nos tomamos otra pinta en un bar que se llamaba la cabeza de Shakespeare o algo así. Hablamos de cosas de fuera del trabajo, del mundial, de viajes... estuvo bien. El hablar con la gente fuera del trabajo te hace verla de otra manera, mucho más verdadera.

Me disculpé por no haberle llamado por si quería una entrada para el concierto de piano, pero me dijo que no me preocupara, que no le interesaba lo más mínimo. Así que me fui al concierto emocionado y por otro lado apenado por no verlo junto a Anniehall. Cuando la llamé por teléfono para decírselo le dió mucha envidia, aunque se alegró por mí, claro.

Llegué al RAH con poco tiempo y, como es lógico, meándome por tanta pinta. Si hay que ponerle un pero al Royal Albert Hall es que en toda la galería de acceso a las gradas sólo hay un cuarto de baño y, sobra decirlo, estaba justo en el extremo opuesto a donde tenía mi sitio. El mingitorio es uno de esos corridos donde llegué a la conclusión, viendo el caudal que corría, de que no era el único que se había tomado unas pintas de más. Volví sobre mis pasos, me senté y disfruté de los nocturnos.



Bueno, disfruté de casi todo menos de cosas que a mí, que no soy habitual de los conciertos clásicos, me resulta extremamente chocante: las toses. No sé por qué cuando se termina un movimiento en vez de aplaudir o quedarse en silencio a la gente le parece estupendo toser como si tuvieras tuberculosis en fase terminal. No lo entiendo. El tío que tenía sentado a mi lado, típico inglés con calcetines y chanclas, sólo daba un aplauso. Ponía un brazo arriba y otro abajo, daba una palmada y paraba. A lo mejor en el círculo de entendidos es lo que hay que hacer, pero a mí se me hacía raro.

Cuando terminó el concierto, me volví andando al hotel (hay que aclarar que por entonces no sabía que el hotel estaba en una zona de lupanares) a lo largo de una calle que circunda Kensington Gardens, una de las calles más oscuras que recuerdo, donde había unos casoplones impresionantes, casi todos embajadas. Llegué a mi habitación del sótano y dormí lo que pude, que fue poco.

Al día siguiente tuve la reunión y comí en la cantina de Network Rail que está en el piso 15 de su edificio de Euston con unas vistas impresionantes de Londres desde las alturas. Se ve prácticamente todo: St Paul, El Big Ben, la noria, la City... impresionante!

Por útimo compré unos cuentos para los niños de Julia Donaldson, libros que recomiendo (tenemos cuatro) y que a los niños les encantan. Y yo me compré un libro de Calvin y Hobbes que me salvó de la locura en el viaje de cuatro horas y media de vuelta.

Como cantaban los Monty Python: 'Always look on the bright side of live...'

El que espera, desespera

Y, desde luego, he estado mucho tiempo en espera en mi viaje a Londres. Me tocó huelga de controladores a la ida y a la vuelta, controladores franceses ¡ojo! que según los pilotos de iberia son mucho peores que los españoles. El vuelo de ida tardó casi cuatro horas, pero como la reunión era al día siguiente, pues tampoco era ningún problema. Viajé como los ricos en el Heathrow Express, bueno, como los ricos no, porque dentro del HE también hay primera clase que te cuesta 26 libras por un viaje de 15 minutos. Me metí en el metro y salí en Bayswater.

Estaba algo receloso con el hotel porque cuando estuvimos en Londres hace casi ya dos meses, estuvimos en un hotel bastante bueno al lado de Euston que es donde tenía la reunión con Network Rail que nos costó caro, pero dentro de un orden (creo que unas 120 libras la noche), costaba ahora 360€ la noche y, además, para ese día no había habitación. Así que cuando la de la agencia me mandó el bono de un hotel que costaba 100€ la noche con desayuno incluido me esperaba algo no muy agradable. Cuando hice el check in y me dieron las instrucciones para llegar a la habitacion vi que la cosa iba mal. El hotel era una casa de éstas victorianas, con columnas en la puerta y todo eso. En esas casas hay un piso inferior que se llama basament, el sótano, dónde habitaba el servicio (como en la serie esa de arriba y abajo) y allí es donde me metieron. La habitación era enana y la cama lo era aún más. No recuerdo haber estado en un hotel de 100€ la noche que tuviera una cama de 80cm de ancho, pero vivir para ver:

Esta foto está hecha desde el pasillo con la espalda en la puerta de la habitación de enfrente. Sólo tenía el teléfono móvil y no creí que fuera a necesitar un gran angular. Eso que véis al final con una puerta es el cuarto de baño. Tiene unas características especiales para no perder tiempo. Tienes el váter enfrente del lavabo y puedes lavarte los dientes o peinarte mientras liberas tu entropía (Di dixit).

No he conseguido sacar una foto de la ducha, pero os digo que yo estaba dentro de la ducha para sacar esta foto. Para que veáis también la fachada del hotel os dejo esta foto:

Además, y según me enteré luego, parece ser que la zona donde está el hotel es una de ésas donde las mujeres fuman en los bares y hablan de tú a los hombres. En fin, que cómodo, cómodo no era. en mis pesadillas sus pasillos ya sustituyen a los de la película 'El Resplandor'. De todas formas, no todo fue malo en el hotel. En el desayuno tenían unos de los cruasanes más ricos que he comido en mi vida.

Salí del hotel decidido a emplear bien el tiempo que me quedaba libre y me fui al museo de historia natural. Como trabajo al lado del museo de historia natural de Madrid, me imaginaba que estaría semidesierto y apolillado, pero estaba de bote en bote! Vi unos cuantos fósiles y dinosaurios y me fui. Recomiendo visitarlo, pero con menos gente. Luego me dirigí a la Royal Geographical Society esperando que hubiera un museo en el que hubiera cosas de Livingston, de Shackelton, de Scott, de Burton... en fin, cosas de exploradores y así, pero mi gozo en un pozo. No hay nada visible, no hay ningún sitio en el que se expongan ese tipo de cosas que a mí me haría inmensamente feliz ver.

Un poco desilusionado me fui a una zona comercial cerca de ahí alrededor de High Kensington St y compré regalos para los niños y los encargos de Anniehall. Además me compré un bocadillo y un zumo y me dispuse a irme a Kensington Gardens a comérmelo. Esperaba tirarme en la hierba debajo de un árbol y disfrutar, pero nuevamente el destino me tenía aguardada una amarga desilusión: toda la hierba estaba seca, el round pound estaba casi seco con los cisnes casi sin poder nadar, el palacio de Kensington estaba tapado por vallas de obra y, cuando me senté a comer el bocadillo, vino un perro asqueroso y me babeó todo el pantalón. Un desastre total.

Decidí retirarme a mis aposentos (bueno, a mi aposentito) y sacar la tarjeta de embarque para el vuelo del jueves. Nuevo error. Saqué la tarjeta de embarque, la guardé en el ordenador porque los señores de Iberia no permiten otra manera de hacerlo y para abrir el pdf tenía que pagar 5 libras por 30 minutos de uso. Las pagué y al intentar imprimir el documento se me reseteó mi contador de tiempo y me quedé sin tarjeta de embarque. Protesté en recepción, pero me dijeron que eso no les pertenecía, que era de otra empresa y que ellos no podían hacer nada al respecto. Reclamé, pero me quedé sin tarjeta.

En fin, no quiero extenderme mucho más. Al día siguiente en vez de tardar 4 horas en el vuelo, tardé 4 y media. Lo dicho, el que espera, desespera (y yo me desesperé mucho).

Mirando al cielo I - Veranos infantiles

Creo que ya lo he dicho alguna vez. Soy de Santander. En estos días de calor insufrible y jornadas sucesivas de sol sin el menor asomo de nubes recuerdo mis veranos infantiles y adolescentes.

Según llegaban las vacaciones lo primero que hacíamos al levantarnos era mirar al cielo. Eso no garantizaba nada porque lo mismo amanecía un día precioso y antes de terminar el desayuno se fastidiaba, que levantábamos la persiana con lluvia y al final de la mañana escampaba. De hecho, mi abuela siempre contaba que ella se iba con las katiuskas a clase y luego su madre las recogía con la tartera de lentejas para comer en la playa. Pero bueno, lo que quiero decir es que siempre tenías incertidumbre sobre lo que el tiempo te deparaba para ese día, así que lo primero era saciar la curiosidad.

De niña la verdad es que el plan era básicamente el mismo hiciera como hiciera. La mañana era un tiempo de espera, supongo que leyendo, haciendo cuadernos de vacaciones (era una empollona terrible y hacía los cuadernos porque yo quería), jugando o viendo alguna peli, esperando a que llegara mi madre para comer e irnos a Noja.

En Noja estaban mis abuelos, mis tías y mis primos pasando su veraneo franquista (y no sabes, Moli, cómo le iba al pelo el apelativo a mi abuelo). Por entonces Noja no se había convertido todavía en el benidorm que hace hoy las delicias de lo peorcito de Vizcaya y de algún otro mesetario y castellano despistados. No, Noja era un pueblo de vacas y gallinas, sin moles de apartamentos hacinadores de gente, con prados enormes cada dos casas y dos playas larguísimas de arena blanca y fina.

Si para cuando llegábamos llovía o amenazaba pues nos poníamos el chubasquero y salíamos a jugar al prado (la casa de mis abuelos estaba rodeada de pastos para las vacas de los vecinos) o a las escaleras de las hortensias. Y si hacía bueno pues íbamos directamente a la playa a reunirnos con todos.

Luego merendábamos. Arroz con leche de mi abuela o, si mi abuelo se estiraba, nos mandaba a comprar un helado. Helado de corte de tres gustos generalmente aunque a veces nos dejaba elegir algo más sofisticado.

Aquello era un follón, la casa era la justa para que cupieran todos: mis abuelos y mi tía abuela, mis tres tías y consortes, los primos, nosotros (que como vivíamos en Santander no ocupábamos cama casi nunca), muchas veces había visita... todos hablando a la vez, mi madre y mis tías son expertas en eso, pero a mí me encantaba.

A veces mi hermano y yo nos quedábamos a dormir con mis primos. Nos despertaba mi abuela cuando se iba a comprar el pan en su 'coche de rallies', un R-8 en las últimas. Nos levántabamos y nos encontrábamos a mi abuelo en camiseta y pantalón de pijama enjabonándose la cara con la brocha. Entonces nos poníamos en fila, todos en pijama, para que nos embadurnase a nosotros también. Después venía el desayuno: colacao, galletas y tostadas con mantequilla y mermelada. Unas tostadas perfectas, crujientísimas, hechas por mi tío al fuego con una carmela, nada de tostador. Y luego supongo que más playa, o prado, o ir a ver las vacas del hombre del prado de al lado, o a las gallinas que había en el camino a la playa y que un día picaron a mi prima en un dedo...

Por supuesto los fines de semana comíamos en Noja. La siesta era sagrada y mi madre se pasaba ese rato echándonos a la calle para no despertar a los adultos desperdigados por los sofás del salón y las habitaciones, propias y ajenas (a mi padre le cedían cama en el cuarto de alguno de los niños, por ejemplo). Si en esta suerte de juego de las sillas para adultos alguien se quedaba sin siesta tenía el periódico de premio de consolación.

Y todos los veranos, un día nos íbamos en plan clan a comer paella a Isla. A mi abuelo le encantaba esa paella.

Cuando llegaba agosto nos íbamos con los otros abuelos al verano castellano. Sin piscina pero con sus tormentas de agosto y sus novenas, procesiones y verbenas por la Fiesta (o la Función que dicen allí). ¡Ah! Y su corderito asado, su pan candeal, sus huevos de dos yemas, su chorizo de matanza, sus rosquillas fritas... A lo mejor ese lo cuento otro día.

El sábado estuvimos en Noja. Ya no está allí mi familia de veraneo franquista y el pueblo, como os he dicho arriba, ya no es el de mi infancia. Pero su playa sigue siendo una maravilla y hacía una tarde preciosa. Los niños estuvieron pasándoselo pipa con mi madre en la arena.

It's too darn hot!!

Esto ya es el acabóse. El fin del mundo no puede tardar mucho. Yo no aguanto más este calor. Si el infierno es como esto, ya podemos ser buenos porque una eternidad a 40ºC sería un castigo demasiado grande. Los aires acondicionados del trabajo y de casa funcionan a medio gas y gracias. El principio de funcionamiento del aire acondicionado es intentar calentar el exterior, de manera que por un proceso termodinámico se consigue frío en la habitación. Cuanto más caliente está el exterior, más difícil es calentarlo. Aunque ponga en el mando unos apetecibles 20º, no llego más allá de 26, que ya es.

Me acuerdo de cuando regresamos a Madrid de nuestro viaje de bodas. Era finales de Junio, habíamos estado en el pirineo leridano y en la costa brava y era el primer verano que pasábamos en nuestra remodelada morada. Después de 15 días con las ventanas cerradas a cal y canto el calor era insoportable. Hablé con nuestro señor Lobo particular, en nuestro caso era más señor Hiena que Lobo, y nos dijo que tenía un equipo por nosécuantosmil euros. Yo estaba dispuesto a pagar cualquier chantaje con tal de no morir, pero es que yo siempre he sido un poco dado a la acción irreflexiva, sobre todo cuando mi vida está en juego. Anniehall, que es mucho más 'cabalita', dijo que no, que ya lo compraríamos más adelante y así se hizo, porque si hay algo que me define perfectamente es 'bien mandado'.

Últimamente, además, he notado un sutil cambio y es que Anniehall se ha hecho con el control del mando del aire acondicionado de nuestro dormitorio y no lo suelta. Y no es para apagarlo, sino para tenerlo encendido toda la noche. Los del tiempo nos tienen como al burro con la zanahoria diciendo que mañana bajarán las temperaturas y así día tras día, pero sin llegar a ser verdad.

Estoy tan trastornado que ayer intenté hacer una foto a una parada de autobús en la que ponía que había una temperatura de 40ºC y me salió la foto de la hora en lugar de la de la temperatura y ni me enteré. Supongo que será el reblandecimiento cerebral.

Además de dormir mal por mis propios medios se suma el dormir mal porque los niños se despiertan y quieren agua, pobrecillos.

Por último os pondré una versión de una canción de Cole Porter cantada por Ella Fitzgerald. No es la versión que más me gusta, pero es la que he encontrado. Os pongo también las primeras estrofas.



It's too darn hot!
It's too darn hot!
I'd like to sup with my baby tonight,
Refill the cup with my baby tonight.
I'd like to sup with my baby tonight,
Refill the cup with my baby tonight,
But I ain't up to my baby tonight
'Cause it's too darn hot

It's too darn hot!
It's too darn hot!
I'd like to coo with my baby tonight,
And pitch the woo with my baby tonight.
I'd like to coo with my baby tonight,
And pitch the woo with my baby tonight.
But brother you fight my baby tonight
'Cause it's too darn hot

According to the Kinsey Report
Ev'ry average man you know
Much prefers his love-y dove-y to court
When the temperature is low,
But when the thermometer goes 'way up
And the weather is sizzling hot,
Mister pants for romance is not

Los hoteles, guía de uso

Como últimamente viajo con cierta frecuencia os voy a comentar algunas conclusiones a las que he llegado. Muchos de estas reflexiones y avisos tienen que ver con mis propias experiencias y, aunque tienda a pontificar, esto es sólo para darle un efecto más dramático al post.

Tampoco es que yo sea una de esas personas que van vagando de hotel en hotel. Simplemente sucede que soy el único del trabajo que sabe inglés lo suficientemente bien como para poder asistir a reuniones, enterarse y discutir. Además, de momento no he llegado a alojarme en hoteles de polígono industrial. Siempre que veo uno de esos hoteles siento una cierta desazón. Supongo que es mucho más práctico, pero yo me imagino a las nueve de la noche en mi habitación sin nada que hacer, sin poder salir a dar una vuelta... no me gusta.

Vamos a empezar con normas a seguir:

  1. Siempre desconfiar de hoteles en los que el desayuno te lo den en una planta distinta de la principal. Hay que desconfiar especialmente de los hoteles en los que el buffet de desayuno está en el sótano. La primera planta también es peligrosa, al igual que la última. No sé la razón de este fenómeno, pero creo que tiene que ver con que los que se están registrando no vean la cara de pena de la gente que sale del desayuno.
  2. En tu habitación de hotel siempre tendrás repetido todo lo que lleves en tu neceser de viaje, pero sólo eso. Lo que te falte también faltará en la habitación. Si te olvidas del cepillo de dientes, no habrá kit dental, ni siquiera si lo pides en recepción. Si no llevas peine, ya puedes ir haciéndote a la idea de ir a la reunión con un estilo 'desenfadado'.
  3. Siempre habrá un cartel que te haga sentir mal por querer secarte con toallas secas. Este cartel puede acompañarse de otros de ahorro de agua, de calentamiento global y de mensajes para que el malo seas tú (en lugar de rebajarte el precio si reutilizas la toalla o invitarte a desayunar...).
  4. Las duchas de hotel nunca funcionan bien y, además, tienen un recorrido bastante limitado. Yo, que soy un tío de 1,92, lo paso bastante mal agachándome para conseguir aclararme el pelo. Un accesorio habitual es la mugre en las juntas de silicona, pero eso es opcional.
  5. Da igual el número de luces que tenga tu habitación y cuántas hayas apagado antes de acostarte. Siempre quedará alguna encendida que no podrás apagar desde la cama. No falla.
  6. Los hoteleros piensan que viajas con tu maleta llena de aparatos eléctricos descargados, incluso puede que algún termo de agua, y que vas al hotel sólo para cargarlos por eso ponen astutamente esa ranura para meter la tarjeta de la habitación y que se active la luz. O, incluso peor, que quieres que tu habitación esté fresca cuando te vayas a dormir y no quieres dormir con el aire puesto. ¡Intolerable!
  7. Persianas y hoteles son incompatibles. Aunque sea un edificio antiguo con persianas, éstas estarán bloqueadas y serán sustituidas por esa absurda tela tipo 'albal' que deja entrar la luz por todas partes.
  8. Cuanto más caro es el hotel, menos cosas incluidas tienes. Si quieres tener wifi o usar un ordenador para imprimirte la tarjeta de embarque el precio del servicio va en función de las estrellas del hotel.
  9. Cuando el hotel es caro, hay mucho más márgen para la insatisfacción. Si vas a un hotel de 100€ o menos ya sabes lo que te vas a encontrar. Si vas a uno más caro, normalmente te sorprenden por cutres.
  10. Hay matices regionales como que en alemania te pongan el edredón más pequeño que la cama, que en Reino Unido la cama sea blandísima o que en Francia (bueno, en París) las habitaciones sean diminutas y con la televisión en lo alto de una esquina de la habitación y que se ve mal desde todas las partes.
Bueno, ya os digo que son mis experiencias personales. Podéis añadir las que queráis o refutar las que no os convezcan.

Vitoria

Ya estoy de vuelta de mi periplo. Han sido tres días agotadores de trabajo en el que hemos tenido muy poco tiempo para curiosear por la ciudad.

Vitoria siempre aparece en los rankings esos de ciudades donde mejor se vive y seguramente sea verdad. La verdad es que el tiempo no era ni parecido al de Madrid. Hacía calor por el día, calor soportable, y fresquito por la noche. Además, como ya conté, coincidí con el festival de jazz.

En eso tuvimos poca suerte, porque llegamos tarde al concierto. Terminamos de trabajar a las 21:10 y tuvimos que pasar por el hotel a dejar las maletas y registrarnos y llegamos a las 21:45. Creí que el concierto empezaba a las 21:30, pero no. Oímos tres canciones. Eso sí, muy buenas. Escuchamos una versión de I got rythm y otra de Minor swing impresionantes. Nos atizamos cada uno (fui con un compañero de trabajo) dos litros de cerveza per cápita y al salir nos metimos dos gintónics en copazo con bien de hielo.

Al día siguiente más trabajo, pero terminamos a una hora más normal alrededor de las ocho y nos fuimos de pinchos. Estuvo bien, pero es caro para lo que te ofrecen. Al menos a mí me lo pareció desde mi punto de vista abulense.

Tengo una queja respecto a los semáforos. No conozco una ciudad con menos coches y más semáforos que Vitoria. Cada cincuenta metros había un semáforo y casi siempre en rojo. De hecho, al lado del hotel había un cruce en el que casi todo el tiempo estaban en rojo todos los semáforos.

La fábrica donde estábamos trabajando estaba en un centro comercial gigantesco con un parking aún más gigantesco. Yo creo que tendría una longitud de un kilómetro más o menos y creo que prácticamente toda Vitoria cabría ahí dentro.

En fin, que vine ayer y hoy tengo que volver a hacer casi el mismo camino para irnos a Santander a por nuestros churumbeles.

Su fado

Ayer vimos a Mariza. Era la segunda vez que la veía en directo. La primera fue hace dos años cuando todavía los Veranos de la Villa eran en el Conde Duque. Para los que no lo conozcáis los Conde Duque eran unos cuarteles reconvertidos ahora en biblioteca, centro cultural y no sé cuántas cosas más. En el patio ponían el escenario y las gradas donde se celebraban los conciertos. A mí me gustaba mucho porque daba una sensación de intimidad que, ahora, en un espacio mucho más abierto en plena Casa de Campo, se ha perdido. Bien es verdad que este año los alrededores ya los han arreglado y se puede acceder sin problemas desde el metro. Mejor no os cuento cómo llegamos el año pasado. También está muy bien poder echarle un vistazo desde el graderío a Madrid al caer la noche. Es una vista muy bonita: el palacio de Oriente, la Almudena (esto es más feo), el edificio España, la torre de Madrid… iluminados y desde abajo lucen imponentes y además se ven las estrellas.

Volviendo a Mariza os diré que aunque no disfruté de la magia por la sorpresa de la primera vez, no dejó de ser maravilloso. Decir que sus canciones me encantan supongo que sobra, si no fuera así no iría al concierto. Lo que no sobra es hablar del prodigio de voz que alberga ese cuerpecito espigado y delgadísimo que parece debería romperse con semejante esfuerzo vocal. Pues no, no se rompe y además le quedan fuerzas para bailar y moverse con elegancia y gracia únicas sobre el escenario. O sea, que además de la voz es toda una artista: bailona, actriz y con el punto justo de payasa para llenar las canciones de gestos y pausas que añaden gracia y dramatismo a las canciones.

No presentaba disco nuevo así que casi todas las canciones ya las conocía. Cantó varias de las que me encantan y aunque se dejó dos de mis preferidas (Transparente y Se Eu Mandasse Nas Palavras, de las que ya hablamos aquí y aquí) lo compensó repitiendo Rosa Branca. Al final se marcó una en español que yo no conocía. Resulta que se llama Te extraño y es de Armando Manzanero. Y no, no es esa petarda blandengue de ‘Te extraño, te olvidó…’ que reina en los karaokes. La prefiero en portugués pero fue un detalle.

Ricardo Ribeiro, alias el Falete portugués, según dijo ND, cantó sólo tres canciones. Yo temía que fuese a acaparar la mitad del concierto, pues en el cartel se anunciaba a los dos en igualdad de condiciones, pero no fue así. El muchacho canta como los ángeles, en una línea de fado más tradicional, pero yo me quedo con Mariza.

Me encanta cómo suena el portugués, más en las canciones que hablado, cómo arrastran algunas sílabas y cómo en su vocabulario habitual utilizan palabras que a mí me resultan de lo más evocador. Por ejemplo, como bien me apuntó mi suegra, que fue quien finalmente me acompañó, la palabra fado se refiere a los hados, al destino.

A ella le fascinó, por cierto. Era su primera Mariza en directo.

Y yo llevo doce horas cantando Meu fado meu y deseando que Mariza vuelva pronto a Madrid. A ver si en esa próxima sí puede ser con ND. Y, si queréis, con cualquiera de vosotros.

Desde aquí os la recomiendo y os dejo las dos canciones de Mariza de las que hablo y que todavía no os habíamos puesto.


Trago um fado no meu canto
Canto a noite até ser dia
Do meu povo trago pranto
No meu canto a Mouraria

Tenho saudades de mim
Do meu amor, mais amado
Eu canto um país sem fim
O mar, a terra, o meu fado
Meu fado, meu fado, meu fado, meu fado

De mim só me falto eu
Senhora da minha vida
Do sonho, digo que é meu
E dou por mim já nascida

Trago um fado no meu canto
Na minh'alma vem guardado
Vem por dentro do meu espanto
A procura do meu fado
Meu fado, meu fado, meu fado, meu fado


De Rosa ao peito na roda
Eu bailei com quem calhou
Tantas voltas dei bailando
Que a rosa se desfolhou

Quem tem, quem tem

Amor a seu jeito
Colha a rosa branca
Ponha a rosa ao peito

Oh roseira, roseirinha

Roseira do meu jardim
Se de rosas gostas tanto
Porque não gostas de mim?

Quem tem, quem tem

Amor a seu jeito
Colha a rosa branca
Ponha a rosa ao peito

El Bien y el Mal

El bien y el mal tienen una existencia más allá de convencionalismos sociales y morales. Son algo real. El partido de ayer fue una lucha entre el bien y el mal. Entre querer ganar siguiendo las reglas y respetando al rival o ganar por todos los medios posibles siendo marrulleros y esperando sacar ventaja en cada barullo.

Como fue algo real, y no una película o una novela, existía el peligro de que el mal triunfara. Todos tenemos ya una edad para saber que muchas veces el bien no compensa. Que no siempre, de hecho casi nunca, el que actúa de manera artera tiene castigo y que no siempre el que intenta ser bueno consigue cosas buenas.

En una película sabes que al final el bien triunfa y que el mal pierde. Sabes que cuando le están dando de tortas al héroe y parece que está todo acabado va a resurgir y va a terminar venciendo. Me alegro de que lo que vimos ayer tuviera un final de película, hasta hubo beso de película y todo. Yo voy a comprar dos camisetas para dárselas a mis hijos dentro de... 15 o 20 años. Claro, no sé si les va a gustar el fútbol. No sé que talla tendrán, pero sé que a mí me hace ilusión y que me hubiera gustado que mi padre me regalara una camiseta de cuando España ganó el mundial. Podré contar historias de abuelo Cebolleta del tipo 'cuando Iniesta metió el gol...'

Es agradable que, a veces, el bueno gane:

y si el bueno resulta que es España... pues ¡A DISFRUTAR!

Yo y la fama

Por si todavía no os habéis dado cuenta, aunque lo dudo, os diré que yo soy toda glamour. Ni Adrianas ni Natys, Abascales todas, ni Lomanas, ni Preysleres. No, queridos, el glamour soy yo. Mi elegancia innata ejerce un magnetismo natural sobre los ricos y famosos. Supongo que por eso en los dieciséis años (¡¡!!) que llevo en Madrid me he tropezado con bastantes advenedizos que quieren aprovecharse de mi imagen impecable.

Por ejemplo, en una de mis frecuentes soirées teatrales bajaba las escaleras hacia el patio de butacas a nuestro lado este actor que ni siquiera sé cómo se llama, el que hacía de padre de los niños en ‘Ana y los siete’. Mi suegra y yo lo reconocimos al instante. Sin embargo a Vargas Llosa, sentado unas pocas butacas más allá de las nuestras, no lo vimos hasta casi acabada la representación. Así somos nosotras, las mujeres ‘de mundo’, conocemos a actorcillos cuya máxima gloria es ser coprotagonista de la Obregón y siete insufribles más pero no a los grandes nombres de la literatura. ND, cuando por fin dimos con don Mario, decía ‘si yo ya lo había visto pero como no decíais nada y al otro sí le habíais reconocido pues pensé que me había equivocado’. Está claro que uno y otro buscaban una foto a mi lado. Pero si nunca voy a los estrenos es por algo. Ya deberían saberlo.

Otras sin embargo buscan mostrarme su lado más llano y cercano para que me apiade de ellas y les dediqué algo de mi precioso tiempo. Como la Condesa Viuda de Ripalda, a la que vi simulando que bajaba de un autobús municipal, caminando entre la acera y el propio autobús, en pleno Barrio de Salamanca. O la Infanta Margarita, a la que me encontré cruzando López de Hoyos a la altura de la plaza de Prosperidad con una bolsa de Lidl. Bien es verdad que hay uno de esos supermercados muy cerca, donde yo misma compro de vez en cuando, y que uso con frecuencia el transporte público madrileño. Pero no vengáis a mí con subterfugios y sencillez impostada. Así no conseguiréis nada, señoras.

Por último dedicaré unas líneas al lamentable intento de Joaquín Luque y ¿Arlequín? (aquél que ‘lanzó’ a Tamara, la mala) que bajando juntos la calle Preciados pretendían que lo insólito de la situación (ellos dos juntos, YO por la calle Preciados) me incitara a uno de esos momentos ‘locos’ que me gusta disfrutar ocasionalmente para evadirme del ambiente encorsetado y tannn elegante en el que me muevo. Una cosa es deshacerse el brushing bailando en una fiesta en la que pincha Alaska (a-do-ra-ble criatura) y otra muy distinta, chatos, juntarme con vosotros.

Al penoso suceso acaecido cuando la propia Tamara consiguió introducirse en una de las veladas de mis más íntimos sólo para conocerme no le dedicaré mucho. Sólo diré que al enterarme decliné la invitación. Porr favorrrr.

Esta chorrada de hoy viene a que ND se niega a creerse que me encontrara a la Infanta y a la Condesa en las situaciones que digo arriba (la una en la Prospe con bolsa del lidl en ristre y la otra bajando de un autobús municipal en Velázquez). Lo de Vargas Llosa el pobre todavía no lo comprende (su madre fue profe de literatura, de las buenas, gran lectora y seguidora de la actualidad literaria). Sobre Tamara en la fiesta de sus colegas es tan cierto como que hay fotos (qué horror, madre). No fuimos, por supuesto. A Luqui y Arlequín lo vimos juntos al principio de nuestros tiempos.

Sin palabras

Ante el aluvión de solicitudes, ahí tenéis cómo quedó el vinículo a motor de la intrépida Penélope.



Por cierto, el premio al más tonto de esta mañana se lo lleva uno que, al conseguir que se echara a la derecha el tío que no le dejaba seguir, en lugar de adelantarle se pone a decirle una serie de barbaridades que el otro no podía oír. Entre otras cosas porque los dos tenían las ventanillas subidas. Cuando me ha visto hacerle gestos desde atrás me ha dedicado también un gesto con la mano, esta vez sí con la ventanilla bajada, y una mirada asesina desde el retrovisor.

Del verano

Ya dije hace poco que no me gusta nada el calor y tampoco quiero repetirme así que hoy voy a mencionar otros aspectos relacionados con el calor, pero más específicamente con la miseria moral del ser humano. Yo cada dia estoy más convencido de que el estado natural del hombre es el hijoputismo y el egoismo o una combinación de ambos. Como me comentó alguien, no sé si Anniehall, un viernes noche que íbamos en metro hacia o desde Moncloa cuando le dije la cantidad de gente rara que había en el metro y en los andenes: 'No te equivoques, los raros somos nosotros'.

Nosotros, los madrileños, (bueno, yo por más años que llevo aquí no me considero madrileño, pero como vivo aquí y pago impuestos aquí, pues soy madrileño) tenemos la enorme suerte de tener un alcalde que es un dechado de virtudes. Faro de occidente que dentro de su papel de Gran Timonel dicta leyes que multan esas conductas a erradicar. ¿Que no sabes si la tapa de los yogures va en la bolsa amarilla o en la normal y te equivocas?, multa; ¿que pones el aire acondicionado colgado de la fachada de tu casa?, multa; ¿que aparcas el coche teniendo tarjeta de aparcamiento, pero se te ha olvidado ponerla?, multa... en fin, podría seguir hasta el infinito y no acabar.

Parece que divago, pero todo tiene una ilación. Puestos a hacer leyes absurdas cuyo único fin es el recaudatorio ¿por qué no se hacen leyes que se cumplan y sirvan para algo? Dos ejemplos relacionados con el calor:

  1. Yo soy una persona muy afortunada entre otras muchas cosas por ir y venir a mi trabajo en Madrid andando. Tardo unos 20 -25 minutos andando de casa al trabajo. Es un paseo que me gusta mucho, a pesar del ruido del tráfico. En verano, lógicamente, es peor porque hace un calor de mil demonios. Pero áun así no sería tan malo si no fuera por los miles de locales, normalmente bares, que te echan encima según vas andando el aire ardiente del aire acondicionado. Entiendo que no les apetezca pasar calor, ¿pero es que no puede apuntar hacia arriba? Es horroroso, es como un secador gigante al máximo que te quita las ganas de vivir. Es como un dementor de Harry Potter. ¿No se podría hacer una normita que hiciera que los aires no achicharraran a los que vamos por la acera?
  2. Sin dejar el asunto del aire acondicionado están los usuarios particulares que instalan el aire acondicionado y se olvidan del pequeño detalle de que al enfriar el aire en el compresor se produce de forma bastante habitual agua. Al enfriarse el aire puede contener menos cantidad de agua disuelta en él y la que sobra se condensa. Aquí hay varias soluciones: Hacer como nos dijo el tío que nos instaló el aire acondicionado en la casa en la que vivíamos antes: ponéis el tubito en un tiesto y se os riega la planta. Por supuesto que no le hicimos ni caso y mucho menos viendo que llenábamos un barreño de 15 litros cada dos días. Supongo que eso sólo vale si tienes un estanque en casa con nenúfares. Otra opción es la del barreño. Hay que acordarse cada cierto tiempo de llevarlo a vaciar, hay riesgo de que se te caiga en el proceso... es molesto. Otra posibilidad es hacer obra y llevar el tubito a un desagüe de tu casa. Esta opción es cara. Por último queda lo habitual: no hacer nada. Si cae agua, que se jodan, a ver si no voy a tener derecho a estar fresquito en mi casa. No tengo yo otra cosa que hacer que poner un barreño y vaciarlo cada dos días. Qué culpa tengo yo de que el aparato suelte agua!! Pues sí, señor, es su responsabilidad y debieran multarlo por ello, pero eso son cosas que no parecen importarle al señor alcalde. Supongo que es porque él nunca pasea por la calle, eso es algo de pobres.
Puede que sí, que andar sea de pobres, pero ya bastante tenemos con lo nuestro para que nos achicharren y nos duchen. A lo mejor con un poco de marketing resulta que nos están haciendo un favor y nos ofrecen un servicio de spa con ducha escocesa y peluquería gratuito.

¡Qué buenos son, qué buenos son nuestros conciudadanos que nos llenan de calor!

De trastos y héroes

Aquella mañana salía nuestra Penélope un poco atribulada. El calor no le había dejado dormir muy bien y llevaba todavía el regusto agridulce del enfado de la noche anterior y la reconciliación matutina. En la cabeza bullía la lista de tareas para después del trabajo: el regalo para el cumple infantil del viernes, el regalo para el bebé que asistiría a la barbacoa del sábado y los regalos para los anfitriones de la barbacoa. 'Ya de paso, se dijo a sí misma Penélope, visito las rebajas y me compro algún pantalón y un biquini que, pobrecita yo, hace años que no estreno'.

Tan atareada iba planificando el asalto a la gran superficie del barrio residencial a medio camino entre la oficina y su casa que ni siquiera prestó atención a la radio, ni el más fugaz pensamiento dedicó a los torpes que le tocan toooodos los días en la carretera. Menos mal, porque justo ese día iba a descubrir hasta qué punto engrosa ella misma sus filas.

La mañana transcurrió sin grandes sobresaltos. Tocaba especificación: todo el mimo para que los girasoles no pasen frío ni se acaloren demasiado. ‘Vamos a ver qué hicimos en este campo… aha, ¿y en éste otro?’ Bueno, algún sobresalto que otro sí tuvo. Leer especificaciones técnicas durante toda la mañana siempre acarrea el correspondiente asombro, cuando no directamente enfado, por cómo generaciones sucesivas de ingenieros ignorantes han sido capaces de irse cargando la jerga técnica hasta convertirla en una especie de dialecto absurdo donde toda chorrada de moda encuentra acomodo, las siglas y los anglicismos inútiles campan por sus respetos y, por supuesto, los artículos y ciertas preposiciones escasean pues, como todo el mundo sabe, no sirven de nada y quedan de lo más vulgar.

Supo sin embargo nuestra heroína sobreponerse a los estragos que la documentación técnica causa en su humor y, antes de salir, hasta recordó buscar cómo llegar a su destino. Pues, no sabe cómo, siempre acaba perdiéndose en salidas y entradas de radiales, circulares y demás zarandajas viales en las afueras de las grandes ciudades. Con los deberes bien hechos llamó a su amiga E que de vez en cuando huye del veraneo suegril y se apunta a las excursiones extralaborales.

Mira, justo hoy me he acordado de buscar cómo llegar, que siempre nos perdemos’ le decía Penélope toda orgullosa según E se subía al coche. Así iban las dos charla que te charla cuando ‘¡seré imbécil! ya me he pasado la salida, justo hoy que lo había mirado’. Si nuestra Penélope creyera en algo se habría tomado esto como una señal y habría abandonado sus planes siguiendo las recomendaciones de sus ángeles guardianes. Pero no, Penélope es una descreída (y necesita mucho un biquini) así que hizo caso a los cantos de la sirena E que decía ‘no te preocupes, sigue por aquí que me parece que sé ir por otro sitio’. Tomó la siguiente salida y tras varias rotondas y vidas perdonadas por taxistas llegaron al aparcamiento.

Mira, ahí hay un sitio’. Una vez más Penélope desoyó las voces que le decían ‘entre un bmw y una columna con extintor nooooo’ y allí se lanzó. Primera maniobra ‘bmuveeeee, extintoooor, noooooooo’. Pero si algo caracteriza a Penélope es su tenacidad (seamos buenos y dejémoslo en tenacidad) así que sin pestañear volvió a maniobrar y ‘crjjjjjjjjjjj’.

Sí, queridos, Penélope fue capaz de encajar la puerta trasera en la (demonio mierda) cosa esa que sujeta el extintor. Con el corazón encogido la sirena E salió a intentar ayudar a una afligida Penélope al borde del ataque de nervios. La inexperiencia al volante de nuestra sirenita y los latidos del corazón de Penélope (que había perdido cualquier atisbo de glamour a esas alturas) sólo consiguieron empeorar la situación.

Tras varios crujidos más, Penélope consiguió desencajar el coche y aparcarlo por fin. Cautiva y desarmada, Penélope enfiló la puerta de la tienda. Consiguió recomponerse para cumplir alguno de los cometidos. Pero estaba claro que no era su día así que con un ‘ya le pueden ir danto al biquini y a las rebajas’ volvió al destrozado vehículo y aparcó frente a la puerta de casa. ‘¿Quieres que me quede por si hay que sujetar a Pedro?’ preguntaba solícita E antes de marcharse todavía descompuesta del disgusto.

He aparcado ahí abajo ¿quieres bajar a ver el desastre?’ propuso Penélope al encontrarse a su Pedro derrengado en el sofá por el calor. Tras unos minutos interminables al abrir la puerta del portal ‘¿Eso? Pero si eso no es nada. Para esto está el seguro, hombre’. Por fin consiguió Penélope dejar de de contener la respiración y quitarse de encima, por lo menos, la mitad del peso del maldito extintor encajado al coche. Ya mucho más relajada oyó cómo Pedro añadía ‘ya voy yo a comprar el Ariel’. Y ahí fue cuando Penélope cogió el teléfono y llamó a E para decirle ‘Pedro es mi héroe’.

Para los poco avispados, Penélope soy yo, o sea el trasto. Y mi héroe, cómo no, es ND.

El resultado de este divertido episodio es que nos vamos a quedar sin coche para ir a la barbacoa de E (que de verdad estaba descompuesta la pobre, aunque ella dice que ya lo estaba de antes, ja), para llevarle los niños a mis padres el domingo al pueblo y recogerlos el fin de semana siguiente en la playa. Cojonudo.

Acabo de enterarme de que P (de Pispitos) ha tenido ya a su niña. ¡¡¡Enhorabuena, P!!!

Las tormentas

Las tormentas le gustan a mucha gente. Creo que tenemos una predisposición a admirarlas. Puede que sea nuestro cerebro reptiliano o quién sabe. Hay algo hipnótico en ellas. La maravilla ante la fuerza de la naturaleza conjugada con una belleza sublime. Esos paisajes de tarde que se van oscureciendo y tienen una luminosidad intensa a la vez que un cielo cada vez más negro. La fuerza de los colores, la brisa oliendo a humedad y, sobre todo, los rayos y los truenos. Esos latigazos luminosos, esos instantes de asombro, esos ríos de electricidad. Esa belleza que puede ser destructora. El sonido del trueno rotundo y prolongado diciéndonos que no somos más que espectadores dn la naturaleza, que somos totalmente prescindibles, que llovía antes de que existiéramos y que seguirá lloviendo cuando ya no haya rastro del hombre en este mundo ni en otros. Pero, poniéndome filosófico, ¿existiría la belleza si no hubiera nadie que la disfrutara? ¿A la naturaleza le gusta que alguien aprecie sus exhibiciones? Yo creo que sí, de alguna manera extraña. No soy ningún animista ni nada así, pero dentro del caos universal, el encontrar estos chispazos de belleza apabullante no parece casual y si lo es, pues que nos quiten lo bailao (o lo disfrutado).

Esa fuerza del agua cayendo atropelladamente, esas grandes gotas de agua yendo a estrellarse contra la tierra seca. El caos que provoca en las ciudades... aunque las tormentas donde realmente son tormentas es en el campo, en la montaña, en lugares a los que ya no estamos acostumbrados y donde nos sentimos insignificantes y, mientras por un lado disfrutamos, por el otro tenemos un cierto temor. Es una especie de montaña rusa de la naturaleza.

Perdonad todas estas tonterías, pero es que ayer por la tarde estuve enseñándole lo que era un rayo y un trueno a C.

Ocheeee

J habla por fin. Desde hace como dos meses dice muchas palabras, hace frases cortas, nos pide las cosas… No se le entiende nada bien pero cada vez que dice algo a mí se me alegra el corazón. Han sido casi ocho meses de médicos y preocupaciones y aunque estábamos convencidos de que antes o después se arrancaría, yo no dejaba de tener cierta inquietud por si éramos demasiado optimistas.

El caso es que ahora habla. Si ve un coche grita ‘oche’ y si no le haces caso lo repite varias veces ‘oche, oche, oche’. Por la calle va nombrando casi todos los perros ‘babau’ (con la u muy cerrada) que nos cruzamos, todas las motos que vemos ‘otoooo’ y algún que otro coche. Muy cerca de casa hay una tienda de coches de segunda mano y ahí siempre nos avisa. Tal vez sea que nos ha salido sibarita porque lo menos que hay allí son Golf (¿o debería decir Golfs?).

Casi todo lo dice a voces. Estés donde estés, gritando. Yo soy muy pudorosa y a veces bastante ridícula al respecto. En otras condiciones me avergonzaría. Pero ahora no. Ahora cuando J me da uno de sus gritos me lleno de orgullo, se me pone una sonrisa de oreja a oreja y alguna vez hasta se me saltan las lágrimas. Si estamos con ND le miro como diciéndole ‘¿has visto cómo habla nuestro niño?’.

Es curioso porque cuando J dice una palabra por primera vez sólo dice la última sílaba. Poco a poco, a fuerza de usarla, va incorporando sílabas hasta decirla completa. C sin embargo empezó al revés. Lo primero que decía era la primera sílaba. Ahí también se nota el carácter de cada uno. C tan cartesiana ella, todo en perfecto orden, las cosas del principio al final o según su propia composición de lugar. Y cuidado si se las cambias (me pregunto a qué ingeniera cabalita habrá salido). J sin embargo es mucho más anárquico, va más a salto de mata. Y no veáis cómo descoloca eso a su hermana.

También hemos descubierto que comparten vena dramática. C siempre ha sido muy teatrera. Y ahora J se nos ha destapado como todo un actor de carácter. Cuando nos pide 'aguaaaa' por la noche parece que llevara toda una travesía por el desierto a sus espaldas y que su vida pendiera de ese vaso salvador.

En fin que estoy encantada de este avance de J. Ahora sólo queda que aprenda a pedirnos el pis. Porque resulta que se ha lanzado a hablar en pleno proceso de quitarle el pañal. Y todavía nos falla la sincronización boca esfínter, por decirlo de alguna manera.

Seguiremos informando.