Cortesía

Con esto de la vuelta al trabajo se ha vuelto a repetir una situación que nunca sé muy bien cómo abordar. Me refiero al saludo de vuelta de vacaciones.

Normalmente soy poco besucona y poco sobona. Salvo con los niños y con ND, que los tengo fritos a achuchones y besos, no soy de grandes efusiones. Además hay situaciones que me parecen ridículas. Por ejemplo: quedas con la gente del curro a cenar y cuando te ves esa noche te saludas con dos besos, cosa que no haces cada día en la oficina; o cuando de adolescente salías de copas y a las mismas amigas que llevabas viendo toda la semana les dabas dos besos. Lo dicho, absurdo. Pero como todo el mundo lo hace pues no te queda más remedio que hacerlo tú también. Pero como tampoco lo tienes muy claro pues a veces tratas de evitarlo. Y entonces es cuando la cagas. Porque además yo para algunas cosas soy transparente y esas se me notan mucho. Me sale natural acercarme a dar un achuchón a alguien a quien quiero pero me cuesta un mundo besar a quien no me apetece.

Pues al irme y volver de vacaciones este asunto besuquil me trae de cabeza. Y me sumo en lo que ahora se llama falta de 'habilidades sociales'. Yo lo llamo ser torpe. Salvo alguno que otro, mis compañeros de curro son eso compañeros, no amigos. Y además son un huevo. Así que cuando me voy no suelo despedirme de todos y cada uno con un par de besos. A mí me parece lo natural pero hay gente que sí lo hace. Lo que me lleva a preguntarme si pensarán que soy una ogra y carda borriquera.

A la vuelta es peor. Yo llego muy pronto a trabajar. Suelo ser la primera. Cuando llegaron los siguientes, les saludé sin más y nos fuimos a tomar un café. Pero luego llegó Juanjo y, automáticamente, le planté dos besos. 'Mierda, pensé, ya la has cagado, acabas de quedar fatal con los otros tres'. Annie, como siempre, cubriéndose de gloria.

Y así me pasé la mañana. Hundiéndome en el fango de las malas maneras. Unos llegaban y me besaban y otros llegaban y simplemente nos saludábamos. Como yo soy como soy, centrifugator, me imagino que los 'no besados' al ver que otros sí lo son tal vez se sientan mal. Es como cuando estando de copas llega el típico pulpo asqueroso que entra a todas tus amigas menos a ti. Vale, tú no harías nada con él ni aunque fuera el último hombre sobre la faz de la tierra. Y sin embargo no puedes evitar preguntarte '¿y este cabrón? ¿qué pasa? ¿soy tan cardo que ni lo intenta?' Y te hunde en la miseria para el resto de la noche.

Total, que en lugar de poniéndome al día en el curro, me pasé la mañana llena de dudas existenciales y sintiéndome culpable por no repartir besos a diestro y siniestro. Pero también acordándome de una canción que me encanta. Aquí os la pongo.



Perdonad el exceso de besos en el post, pero ósculo me suena muy cursi y no conozco más sinónimos.

El final del verano



El final del verano llegóóóó como cantaba el Dúo Dinámico. Mañana vuelvo a trabajar. Tampoco me afecta mucho. No creo que vaya a tener estrés postvacacional, aunque tengo un mes de septiembre completito: tengo que realizar cinco informes sobre unas medidas que hicimos en Vitoria. Tengo que empezar un proyecto de un mes de duración sobre puesta a tierra de instalaciones. Tengo que irme cuatro días a Atenas en los que seguramente no me de tiempo a ver casi nada de la ciudad. Tengo ya tres reuniones programadas de tres proyectos distintos. A final de mes tengo que ir a París, ciudad que ya casi parece mi segunda residencia, al responsable de este proyecto le han hecho un by-pass y no estará con lo cual no sé qué vamos a hacer. En fin, que no me aburriré.

Además apareceran imprevistos como ir a realizar medidas por la noche a Valencia o por ahí y las habituales espantás de mi jefe. En fin, lo normal. Siempre con el sentimiento de que te están explotando y que te pagan poco por lo que haces. Supongo que otros pensarán que para las tonterías que hago ya me pagan bastante.

Han sido unas buenas vacaciones. Hemos estado con nuestras familias y nos lo hemos pasado muy bien. Estamos muy contentos con J. que ya habla un montón y esperamos que no haya que ponerle drenajes en los oidos. C. está guapísima y es un encanto de niña tan lista y buena como su madre.

Dentro de poco empezará el cole y con el cole y el trabajo estaremos menos tiempo juntos.

Ayer hablaba de que me siento un chiquillo dentro de un cuerpo de hombre, pero lo que no dije es que soy un chiquillo feliz, asustado a veces, pero feliz. Feliz como nunca pensé que fuera a serlo. Feliz con una familia maravillosa. Feliz con unos amigos estupendos. Feliz poniendo mis tonterías en el internete. No sé quién dijo que la felicidad no existe, que existen momentos de felicidad, pero no es un sentimiento continuo. Puede que tuviera razón, pero yo soy feliz.

En fin, que quería hablaros del final de las vacaciones y me ha salido un discurso melodramático de lo más ñoño.

Disculpadme.

La madurez, esa gran desconocida


Ya estamos de vuelta en casa, aunque sin niños, que se quedan hasta el jueves en el pueblo con los abuelos. No hemos tenido ninguna sorpresa desagradable como que se fuera la luz y el frigorífico hubiera creado vida como ya nos pasó hace unos años. Para variar hemos dormido mal en lo que ya parece una maldición.

Los geranios, sorprendentemente, han sobrevivido a tres semanas sin regarlos. Anniehall se ha ido a trabajar y a mi todavía me quedan dos días hasta el 1 para volver al tajo.

Toda esta introducción no tiene nada que ver con lo que quiero decir, pero es que tampoco veo como hincarle el diente a algo que me ronda la cabeza desde hace tiempo y es una sensación de fraude como 'mayor'. A lo mejor fraude es un poco fuerte porque yo no engaño a nadie, al menos voluntariamente.

A lo que me refiero es a esa sensación que tenía cuando era pequeño de que los mayores lo sabían todo, que eran como gurús que tenían claras todas sus decisiones y, de paso, las tuyas. Que eran gente madura, con responsabilidades y con entereza para afrontarlas.

Ahora que estoy al otro lado y tengo esas responsabilidades me siento abrumado como si fuera el protagonista de Big, una especie de niño metido en el cuerpo de un hombre. Porque yo me siento por dentro el mismo chaval, aunque ya no lo soy, que se enfrentaba hace ya décadas al mundo por primera vez. Es curioso que cuando me fui de casa a Madrid a la universidad me sentía mayor e importante. Ahora, cuando dentro de unos días la universidad se vuelva a llenar de chavales los miraré y pensaré para mí 'pero qué hacéis aquí, volved a párvulos o a EGB (qué viejo soy, es como cuando mis padres me hablaban del preu) o a jugar a las canicas!'

El caso es que pasa el tiempo y yo no me siento un señor de 37 años. Supongo que mis hijos me verán a mi como yo veía a mis padres. Pensarán que tengo respuestas para todo, que no me equivoco, que lo sé todo, pero visto desde este lado me asaltan dudas y temores a cada rato. No me consuela el pensar que a mis padres les pasaría lo mismo, supongo.

Ahora, cuando se está aquí, resulta que madurar no es saber las respuestas cual repelente niño Vicente, sino una especie de huida hacia adelante porque no queda más huevos que tomar decisiones. No es que sepas que hay que hacer, es que hay que hacerlo, intentar tomar las mejores decisiones posibles, pero sabiendo que muchas veces puedes estarte equivocando.

Eso no te lo cuentan, tienes que descubrirlo a las duras. Uno pensaba que madurar era saber qué hacer y es, nada más y nada menos, que no puedes esperar a que alguien decida por ti. Yo me siento un chaval, aunque ya voy teniendo mis achaques. Más que como un chaval es como si fuera un Superman al que le han puesto el collar de kriptonita. Me miro y digo: ¿dónde están mis súperpoderes...?

Y no aparecen.



Mi mamá me mima

Estrictamente hoy es mi último día de vacaciones de verano. En la práctica el último será el domingo. Realmente tendremos una prolongación inesperada de las vacaciones hasta el próximo jueves porque los niños se van a quedar unos días con los abuelos en el pueblo.

Descansar he descansado poco, la verdad. Creo que no he dormido bien ni una noche. Estoy agotada pero si lo pienso realmente no hago mucho. Sobre todo esta última semana.

Mi madre se ha propuesto que descansemos así que es ella la que se levanta con los niños por la mañana. O sea, prontísimo. Un rato después se levanta ND y entre los dos los entretienen un rato y les dan el desayuno. Mi madre además aprovecha para recoger la cocina si es que la noche anterior se quedó sin recoger, pone o plancha lavadoras, adelanta algo de la comida... En fin que, salvo para jugar con los niños, no se sienta más que para desayunar. Yo me lo tomo con más calma y ella está al quite cuando me levanto y, si me descuido, me hace el desayuno. Aprovecha que estoy despistada saludando a los niños y se pone a hacerme el café, las tostadas, ... Yo, la verdad, no hago mucho por oponerme.

Mientras desayuno se viste e intenta camelarse a los niños para que se vayan con ella a comprar el pan. Luego embadurnamos a los niños de crema, tarea en la que se está ganando un diploma ND, y nos vamos los cuatro a la piscina: mi madre, los niños y yo. ND suele aprovechar ese rato para ir a comprar el periódico, a veces acompañado por mi padre.

En la piscina mi madre resiste los tres o cuatro baños de rigor. Yo me quedo en el segundo. Y luego, cuando volvemos a casa, les prepara la comida y se la da mientras yo me ducho. Algunos días hasta es ella también la que los acuesta la siesta. Es que se han hecho adictos a dos canciones que les canta.

Luego nos prepara la comida a los demás que, como mucho, le ayudamos a poner la mesa y hacer la ensalada. A la hora de recoger tengo que tomar la cocina para conseguir hacer algo porque 'si no te vas en seguida los niños se van a despertar y entonces ya no te echas la siesta, hija'. A veces nos echamos y a veces no. Luego vienen las meriendas y el parque. A veces se los lleva ella sola y nosotros nos apuntamos al final, al helado o lelao, que dice C.

Algún día se ha encontrado con sus amigos de vuelta a casa y con mirada culpable nos ha pedido ¡permiso! para irse a tomar una caña con ellos en lugar de ayudarnos con los baños, la cena y la hora de acostar a los niños.

Cuando vuelven a casa, prepara su cena y la de mi padre y luego, ¿luego por fin descansará? Pues no, se pone con la plancha o cualquier otra cosa.

Y todo esto lo hace de buen humor, tiene paciencia infinita y muchísima mano izquiera con los niños y no se hostiliza ni a las once de la noche con todo ese tute a sus espaldas.

Cuando intento hacer algo más que la nada que hago intenta impedírmelo. Su excusa es 'hija, llevo una vida regalada y, para dos semanas al año que estoy con vosotros, quiero que descanses. Además para mí es un placer estar con los niños'. Y yo, toda la semana debatiéndome entre la vergüenza, el agradecimiento, la culpabilidad y el asombro. A veces pienso que eso lo debe de dar el ser madre. Pero entonces me doy cuenta: 'coño, si yo también lo soy'. Y entonces me siento más avergonzada todavía, porque los días que he hecho la mitad de lo que os cuento arriba, ciertamente no estas vacaciones, he acabado de un humor de perros y gritándole a los niños por chorradas.

No creo que cuando yo sea abuela y me venga uno de mis niños ojeroso y agotado a casa de vacaciones sea ni la mitad de madre de lo que es mi madre ahora. Lo que me lleva indefectiblemente a una gran frase de mi amiga E que ya os comenté con motivo del día de la madre: madre, lo que se dice madre es la mía y a mí me han dejado dos niños.

Diva, como verás, alguna que otra Fantasy Girl sí existe por ahí.

Mi madre se merecería algo mejor que esto pero creo que las vacaciones hacen mella en la calidad de mis post, ya de por sí escasa.

El pueblo, ese gran desconocido

Aquí estoy disfrutando de mi merecido descanso en tierras segovianas. Estoy en el pueblo de los abuelos de Anniehall, aunque ya no viven ninguno de los dos ni yo los conocí. Eran los padres de mi suegro. Mi suegro, a pesar de haber nacido y vivido en Madrid durante muchos años, considera a éste su pueblo. Han rehabilitado la casa de sus padres y aquí estamos.

Es un pueblo pequeño, aunque tampoco diminuto. Hay un olor a mierda de vaca y cerdo por todo el pueblo y a todas horas. Hay dos bares y una farmacia. No hay donde comprar el periódico y hay que ir al pueblo de al lado si lo quieres comprar. No hay supermercado. Vienen vendedores en camiones con el pescado, los melones y sandías... ahora mismo ha pasado un camión con un altavoz diciendo que te cambian los colchones de lana. Tiene piscina municipal con otro bar incorporado que sólo está abierto en verano. Y también tiene un frontón que, además, está cubierto.

Mis padres también son de pueblo y mis abuelos siempre han vivido en ellos, pero a mí nunca me ha gustado mucho ir a pasar un par de semanas allí. La verdad es que han sido pocos los veranos que he estado con mis abuelos en el pueblo. Recuerdo los colchones de lana en los que te acostabas y te iban atrapando hasta que por la mañana cuando te levantabas se quedaba impresa tu silueta en el colchón. Recuerdo mirar a las gallinas y el miedo que me daba entrar en el corral. Recuerdo tener el orinal debajo de la cama. Recuerdo ir a la plaza del pueblo a bailar los 'pajaritos'.

Entiendo que mis suegros se lo pasen bien aquí. Tienen a sus amigos, a familiares. Mi cuñado viene mucho por el pueblo y tiene un montón de amigos y en verano van de fiesta en fiesta por los pueblos de alrededor. Los niños también están encantados nadando en la piscina y jugando en el parque.

Yo también estoy descansando y disfrutando de mis últimos días de vacaciones. Hace calor, pero dentro de la casa se está a gusto. Pero hay ciertas cosas a las que no consigo acostumbrarme como a decir buenos días a todo el mundo con el que te cruzas, gente a la que no conozco de nada. O que se te queden mirando durante minutos sin ningún pudor hasta que te ubican.

Estoy un poco fuera de sitio, pero contento. Ya véis que hasta tengo internet. Bueno, lo tiene mi suegro porque yo, lo que soy yo, no tengo ni cobertura en el móvil.

Sí es una película 'maletines'


Al hilo del post de Di sobre Inception he de decir que fuimos a verla hace un par de días a un cine de Segovia.

Anniehall llevaba varios días dándome la brasa y diciendo: 'a ver a qué bodrio me llevas!'. Además, unos días antes habíamos visto un par de referencias en los periódicos que la ponían a caer de un burro. Tampoco es que nos guiemos por lo que dicen los periódicos, pero parecía que iba a ser una película de esas que si entras en el juego te gusta y que si no entras te parece un muermo previsible.

Así que nos fuimos al centro comercial, nos comimos una hamburguesa, estuvimos esperando más de media hora sin nada que hacer hasta que abrieran (en esto los portugueses nos dan mil vueltas, los centros comerciales están abiertos todos los días y los fines de semana hasta las 2 de la mañana).

Aún a riesgo de no haber entendido el concepto 'maletines' puedo afirmar que es una película totalmente maletines. También advierto que puede ser un poco 'spoiler' así que los que no la hayáis visto y lo queráis hacer no sigáis leyendo.

Son todos hombres de mediana edad salvo la arquitecta. Hay uno, el químico, que se está limpiando todo el rato el sudor. Hay maletines que aparecen por todos lados. Incluso aparece un desfibrilador de la nada en, lo habéis adivinado, un búnker (otro rasgo de película maletines).

También estás un poco hasta los huevos del sueño dentro del sueño dentro del...

Y llegado el final, es cierto que es efectista, pero lo que hace es no explicar nada. Te dice: te he soltado estas dos horas y media de sueños dentro de sueños, de muertes, de sucesos del pasado, etc. y: 'Hala, se acabó! vete a tu casa y piensa lo que quieras de la historia, que se m'ha acabado el rollo de película y no me apetece comprar otro pa dos minutos'

Así que es maletines, maletines. Por cierto, tampoco nos disgustó. Es una película veraniega con la que pasas el rato sin mayor trascendencia.

De bien nacidos es ser agradecidos

Este post es de agradecimiento a moli por la recomendación de visitar en Oporto el museo del tranvía eléctrico.

Aprovechamos el último día que estuvimos en Oporto, y que amaneció bastante nublado, para visitarlo. A los niños les gustó mucho subirse en los distintos coches y hacer como que conducían o que compraban el tique. El sitio está bastante bien, aunque, como todo en Oporto, un poco ajado. Había una exposición de un concurso de proyectos para su rehabilitación así que parece que va a estar de obras durante un tiempo.

El sitio donde está el museo es una antigua subestación eléctrica y es aún ahora un depósito de tranvías.

Además, con la entrada al museo puedes subir a los tranvías y autobuses durante cuatro horas. Nos subimos a un tranvía que pasa por la puerta del museo y nos lo pasamos muy bien. J. iba encantado haciendo chu-chú y saludando por la ventana. Lo único malo es que la frecuencia de paso del tranvía es cada media hora y pasó uno que no pudimos coger justo cuando salíamos del museo.

La foto del principio es de uno de los vehículos del museo, la del final es de C. en el paseo marítimo de Vila Nova de Gaia. Unas buenas vacaciones, aunque descansar, descansar... como decía Bon Jovi: 'I'll sleep when I'm dead'








Justificar a ambos lados

Mi abuela

Llevaba tiempo rondándome la cabeza escribir algo sobre mi abuela. Ayer me contó mi madre que una marca cántabra de café ha sacado una serie de azucarillos sobre mujeres cántabras pioneras en la igualdad entre el hombre y la mujer. Resulta que entre ellas está su madre, o sea mi abuela. Así que supongo que ha llegado el momento. Es verdad que salir en un azucarillo no es como si tu nombre apareciera en la Larousse, pero algo es algo y yo me he puesto muy contenta.

A mi modesto entender, y al parecer también al del señor encargado del asunto de los azucarillos, mi abuela fue una persona excepcional para su época. Excepcional por lo inusitado de su trayectoria aunque también en muchas otras cosas.

El texto del azucarillo dice lo siguiente:

"Estudia la especialidad de Arqueología de Filosofía y Letras en Madrid.

Dirige el Museo Arqueológico de Orense.

De nuevo en Madrid trabaja como jefa de la sección del Museo Arqueológico Nacional.

En 1971 accede a la dirección del Museo del Pueblo Español, siendo la primera mujer que ocupa este cargo como integrante del Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueológos, desde el cual va a desarrollar una significativa labor de difusión de costumbres populares y etnología."

Aparte de algunas imprecisiones y mucha gilipollez políticamente correcta: Ourense, Archiveros/as,..., no en vano esto lo promueve el café junto con la Dirección General de la Mujer en Cantabria, esas líneas ya resaltan aspectos no muy comunes para una mujer que nació en el año trece del siglo pasado. Sin embargo creo que no destacan los que a mí me parecen más importantes.

Efectivamente mi abuela estudió una carrera, Filosofía y Letras aunque no había entonces especialidad de Arqueología (ni creo que ahora, que supongo que lo será en todo caso de Historia). No os penséis que fue una rebelde y tuvo que enfrentarse a su familia para que la dejaran estudiar. La verdad es que fue cosa de sus padres, tampoco creo que ella se negara, que le repetían constantemente que no teniendo patrimonio para dejarle lo único que podían hacer por su futuro era darle una buena educación.

Luego le pilló la guerra y hasta después no se sacó la oposición. Y, sí, su primer destino fue en Orense pero creemos que no llegó a tomar posesión del puesto porque antes pudo ocupar otra plaza en Toledo. En Toledo fue donde conoció a mi abuelo. Un militar calvorota, como se reían sus amigas al principio de su relación.

A mí siempre me sorprendió que, siendo mi abuelo militar, mi abuela hubiese podido trabajar toda la vida y no hubieran estado viajando de destino en destino. Lo cierto es que sí, mi abuelo era militar, y en algún momento le pidió a mi abuela que dejara de trabajar para poder seguirle en su carrera. ¿Sabéis lo que le dijo mi abuela? Que no, que a ella le había costado mucho trabajo sacarse su plaza y que no pensaba dejarla. Así que fue mi abuelo quien abandonó su profesión y pasó de ser un oficial del ejército a un gris empleado de banca. Lo curioso es que para mí mi abuelo siempre fue militar. Eso era lo que decía y en cierto modo lo que era porque tras la guerra había demasiados oficiales para tiempos de paz y muchos tuvieron ocasión de dejarlo manteniendo el sueldo y los ascensos por antigüedad.

Ya en Madrid vinieron las hijas. Cuatro tuvieron, todas mujeres. Tampoco entonces abandonó su carrera. No me preguntéis cómo estaba el asunto de las bajas maternales porque no tengo ni idea pero me temo que las para nosotros escasas dieciséis semanas de ahora les hubieran parecido una maravilla. Los primeros años veraneaban en casa de sus primos y bajaban a la playa en un carro tirado por un burro. No sé por qué mi abuelo tenía menos vacaciones así que mi abuela, que jamás había tratado con animales, era la que se encargaba de poner al burro a tirar del carro y de dirigirlo. ¿Creéis que tuvo miedo? Pues no. Su razonamiento era que si sus primos ganaderos podían hacerlo, a ver si ella que había estudiado no iba a ser capaz.

Después empezaron los veraneos en Noja. Mi abuela era la que conducía el coche familiar. El motivo oficial, según mi abuelo, es que él era muy nervioso y hubiese matado a toda la familia. Yo creo que también había algo de añoranza de sus tiempos con chófer y asistente, pero eso ya es cosa mía.

Para educar a las hijas pudo elegir un colegio con un método educativo innovador. Al colegio iba sobre todo mucha niña bien. Ahora también, aunque creo que lo de la innovación se ha ido peridiendo. Digo esto no por presumir de las relaciones de mi madre o algo así. No, lo digo porque si a mi abuela le hubiera interesado podría haber casado bien (o al menos haberlo intentado) a sus hijas y haber hecho relaciones con aquellas familias. Pero no. A mi abuela lo que realmente le interesaba era que sus hijas recibieran una educación que les permitiera la independencia económica. De hecho una de mis tías siempre se queja de que a su madre no le preocupaba nada que tuvieran novio ni, si lo tenían, si era de buena familia.

Desde luego con sus hijas lo consiguió, las cuatro han trabajado siempre. Y además creo que su ejemplo ha calado hondo. Tanto que yo no concibo la idea de no trabajar. Es decir, la acaricio sí, me encantaría que me tocara la lotería o algo así, pero dejar de trabajar para depender de un hombre eso, ciertamente, no me entra en la cabeza. Y creo que a mis primas tampoco.

En su vida profesional tuvo la suerte de comenzar con la catalogación de las piezas del Arqueológico Nacional, publicó al menos dos libros, asisitió y dio conferencias por el mundo y finalmente dirigió el Museo del Pueblo Español. Esto último fue también una pena para ella porque le puso mucho empeño e ilusión pero, casi nada más abrirlo, lo cerraron pues se necesitaba su sede para una ampliación del Senado. Así que durante la última etapa de su carrera se dedicó a la conservación de los fondos de un museo que había perdido su sentido al no estar abierto al público. Si alguna vez vais al Museo del Traje acordaos de mi abuela porque gran parte de las piezas que se exponen allí provienen de su museo.

Después de esto a lo mejor pensais que mi abuela era una moderna, tal vez de ideología progresista (o roja que se decía entonces), beligerante y rebelde que tenía sometido a su pobre e infeliz marido. Pues no, la verdad es que mi abuela era una mujer muy de su época, convencional, religiosa, de derechas (ya os he dicho que mi abuelo estaba en el ejército después de la guerra), con un carácter estupendo, ningún afán de protagonismo y dejando a su marido llevar las riendas de la familia. O al menos dejando que así lo pareciese.

Es curioso porque con lo extraordinaria que me parece a mí su vida en sus circunstancias ella presumía muy poco de ella. Supongo que le parecía lo natural y que no había nada de qué presumir. Así era ella. De lo que le gustaba presumir sin embargo era de lo guapa que era de joven, de lo guapa que iba los lunes al instituto en Madrid con su boina con el escudo del Rácing, de que llegó a ser Miss Universidad de Verano (qué frivolidad ¿no?), y de su espetera.

En la foto del azucarillo, que yo no tengo, aparece con un gesto muy suyo, mirando con interés un libro a través de las gafas, con twin set, abrigo y pendientes y collar de perlas. Por suerte tenía aquí esa otra, mucho más joven. Ella es la de la izquierda.

El Ecce Homo y su señora

Vosotros, que sois muy mal pensados, ya estaréis pensando que me voy a hacer la víctima, pues habéis acertado, pero es que llevo encadenadas una serie de catastrófocas desdichas en mi bien merecido descanso que pondrían a prueba al más pintado. Cualquiera diría que me ha mirado un tuerto!

El verano lo empecé empotrándome un dedo contra un sofá en casa de mis padres en Ávila. Afortunadamente no me lo rompí, pero aún a día de hoy me duele cuando me lo pisan los niños (porque los niños siempre encuentran el sitio más débil. J. me ha dado un par de cabezazos en salva sea la parte según venía a darme un abrazo que me han hecho ver las estrellas).

Para continuar, mi padre se ha traído a Portugal el canal+ para poder ver la tele española. Tampoco es que haya mucho que ver, pero se entiende algo mejor que la portuguesa. Porque he llegado a la conclusión de que el portugués es el español sin pronunciar las vocales. Hay que tragárselas todas. El caso es que mi padre contactó mediante un amigo suyo de la playa con un antenista para reorientar la parabólica. Mientras estábamos conectando el canal+ cedió el mueble de la televisión y capturé la televisión al vuelo ganándome un par de moratones en el brazo bastante aparentes.

A continuación vino nuestra intoxicación por mejillones silvestres (que para lo que cuesta un kilo de mejillones ya son ganas de buscarse problemas) que nos han tenido postrados en el lecho del dolor, y con un baño cerca, tres días.

Y, para completar el póker de ases, hace un par de días que me dio una contractura en la espalda al levantar a mi hija C. del suelo mientras daba saltos. Tengo la espalda hecha un higo y hay muchas cosas que no puedo hacer. Además, cuando intento hacer algo, mi santa esposa me lo impide y me riñe como si fuera un niño. No entiende que me siento fatal sentado sin hacer nada. Bueno, supongo que sí lo entiende, pero entiende que es mejor cargar con todo el trabajo hasta que me ponga bueno que que intente ayudar y me lisie de por vida.

El caso es que me siento un inútil (más que de costumbre) y me da rabia no poder hacer esas tareas que normalmente me da rabia hacer. Puede parecer absurdo y seguramente lo sea, pero es como me siento.

Mi señora esposa está cargando con mucho más trabajo del que le toca con su santa paciencia, porque ella, no os quepa duda, es una santa, pero no se lo digáis porque luego se le sube a la cabeza.

Espero terminar con esta crónica mis desdichas, pero sobre todo espero terminar con las desdichas de Anniehall.

(im)presiones (i)lusas 2

Dado el rapapolvo que recibí en el post pasado por decir que los porugueses de mi playa son feos y hoterillas me voy a dedicar ahora a hacer una refllexión sobre la comida portuguesa. A lo mejor hoy no es el mejor día para hacerlo porque Anniehall y yo estamos postrados en el lecho del dolor gástrico (o gastroenterítico) creemos que debido a un entrante de atún con mayonesa que tomamos ayer para cenar.

La gatronomía portuguesa se puede calificar como excesiva. Te ponen unos platos delante, bueno, unas fuentes, que son prácticamente imposibles de terminar por uno mismo. Creo que ya hemos contado una vez que Anniehall se pidió media ración de Bacalhau com Natas y cenó ella, comimos todos al día siguiente y todavía sobró. Una de las cosas buenas es que normalmente, si lo pides, te ponen lo que sobra para llevar.

Aún no he probado esta temporada el 'polvo dourado' que tanta expectación y malentendidos ha creado, pero ya he comido dos días polvo lagareiro que es pulpo al horno con patatas asadas y aceite. Muy rico.

Hace dos días fuimos a comer al centro de Oporto y yo me metí entre pecho y espalda una francesinha que es una oda en toda regla al colesterol. Imaginaos un sandwich de tres pisos relleno de un filete, salchichas, jamón y queso, con un huevo frito encima de todo. Forrad este sandwich por todas sus caras de lonchas de queso, regadlo de una salsa parecida a la salsa brava o a la de los callos, así, un poco picantita y rodeadlo todo de patatas fritas. Eso es una francesinha.

Además de todo esto, mi padre se va por las rocas más alejadas de las playas y vuelve con cargamentos de mejillones y de percebes. Percebes de un tamaño considerable (8-10 cm). Es posible que los causantes de estos dolores estomacales sean esos mariscos cogidos de 'estrangis', hasta que no se levanten mis padres no sabremos si nuestro estado se debe a los mejillones o a la cena de ayer.

Ayer teníamos intención de ir a un restaurante carillo, pero cuando llegamos nos dijeron que sin reserva sólo podíamos tomar sushi en la barra. Como íbamos con intenciones más elaboradas nos fuimos a la aventura, pero por los alrededores había pocas opciones. Una señora de edad indeterminada, pero mucha, mucha, prácticamente nos asaltó cuando estábamos mirando un plano y nos recomendó que fuéramos a un sitio de pollos asados que conocía que, eso sí, era limpio. No conseguíamos zafarnos de ella, no conseguíamos meter un 'obrigado' en su discurso hasta que se quedó sin nada más que decir y nos despedimos.

Como nos pareció un poco brusco pasar de un restaurante sofisticado al frango assado nos metimos en la opción restante que era un restaurante pequeño y de pinta más sofisticada que el de los pollos. Nos pedimos unas almejas para compartir y nos trajeron un entremés de atún con cebolla y salsa rosa. Una de estas dos cosas pudo ser la causante de nuestro mal.

Hoy es el cumpleaños de C. Espero que estemos en condiciones. De momento estamos hechos un trapo.

(im)presiones (i)lusas

Después de unos cuantos días en tierras portuguesas disfrutando de sus playas y de sus gastronomías voy a escribir unas cuantas máximas. Son simplemente mis opiniones y puede que haya quién disienta de ellas.

Las mujeres portuguesas son de las más feas del mundo. En cuestiones estéticas cada uno tiene sus gustos, pero entre las mujeres portuguesas hay un porcentaje de fealdad que no se ve en otros países europeos. Dentro de esto, como en las quemaduras, hay diversos grados:

  • Grado primero: portuguesas jóvenes. A lo más que puede aspirar una portuguesa en el mundo de la belleza es a ser normal. Es cierto que entre las chicas jóvenes hay más delgadez y cierto estilo a la hora de vestir, pero de cara son feas. Saben que su belleza está más en el culo que en la cara y lo enseñan bastante.
  • Grado segundo: portuguesas maduras. Digamos que este grupo serían las de mi edad. Digamos que entre 30 y 45 años. Son feas y sus cuerpos ya no sirven para distraer de la fealdad. Aún así siguen llevando bañadores mínimos que dejan entrever partes que a mi juicio estarían mejor tapadas. Aunque por otro lado cumplen de una manera extraña con su cometido al conseguir que se preste más atención al culo que a la cara, pero el enseñar esas amplias porciones de carnes mórbidas... no lo aconsejo.
  • Grado tercero: portuguesas de otra generación. Y casi diría que de otro mundo. Éstas son feas con avaricia. Tienen los dientes retorcidos, verrugas, cuerpos amorfos... lo tienen todo. Suelen ir a la playa con bañadores negros que les hacen parecer morcillas. Feas, realmente feas.

Para que esto no quede tan parcial, también haré una descripción del género masculino, aunque ahí solo haré dos distinciones.

  • Grado uno: portugueses si no guapos por lo menos aparentes. Estos suelen ser jóvenes o de mediana edad con cuerpos trabajados y con gomina en el pelo tipo Cristiano Ronaldo, que no están mal, pero tienden hacia la horterez.
  • Grado dos: portugueses gordos, feos y que siguen el dicho de que el hombre y el oso cuanto más vello, más hermoso. Son ejemplares bastante abundantes. Están orgullosos de sus barrigas y van con el bañador preto para enseñar lo más posible de sus espaldas peludas. Suelen ir a la playa con zapatos y calcetines. Los hay que intentan darse un toque de distinción como tener el pelo largo o ponerse unas gafas de sol de esas que te tapan media cara que les quedan como a un Cristo dos pistolas.
Aunque haya una cierta desazón hiriente en mis palabras, he de decir que es un juicio simplemente estético y, como tal, frívolo. No dudo que debajo de esa apariencia pueda haber hermosas personas y seres humanos absolutamente maravillosos.

Mirando al cielo II - Veranos adolescentes


Hablaba el otro día de mis idílicas vacaciones infantiles y los veranos en Noja. Tuve la ocurrencia de mandarle el post a mi madre y ha ido repartiéndoselo a la familia que, ya sí, ha ido llegando a Noja. Supongo que es un recordatorio de por qué no le había dicho nada del blog.

Pero volviendo a los veranos. Por muy idílico que sonara lo de Noja, llegó un momento en que no quería ir ni a Noja. Bueno, a Noja, ni a ningún sitio que no fuera con mis amigas. Oh, sí, llegó esa terrible época de mi vida en la que, según mi madre, todo me parecía mal. La adolescencia. Un escalofrío recorre mi cuerpo al decirlo ahora que sé que algún día lo viviré desde el otro lado de la barrera generacional.

Durante el curso era soportable. Nos veíamos todos los días y estaba al tanto de todo. Todo en realidad no era nada. ‘Tía, que hoy cuando nos hemos cruzado por el pasillo se ha sacado la mano del bolsillo’, por ejemplo. O ‘Tía, que cuando estaba pidiendo en la barra (abarrotada de gente) me ha rozado con el codo’ (y luego se ha ido sin mirarme). Hechos transcendentales sin duda. Lo importante era no perderse ninguno.

Pero llegaba el verano y empezaba la tortura. Mi cole y mis amigas estaban en Santander y prácticamente eran vecinas. Mi casa sin embargo estaba fuera de Santander y llegar a su barrio era un infierno de, al menos, dos autobuses. Supongo que para Madrid eso no es nada pero en Santander era un suplicio.

Ellas quedaban para ir a la playa todos los días (que hacía bueno) pero yo no podía. Bueno, sí podía pero tenía que volver a comer a casa. Mi padre no comía en casa más que en verano y quería que comiésemos los cuatro juntos. Ahora le entiendo pero entonces... Si quedaban a las doce y media, no llegaba nadie hasta la una y yo tenía que irme para llegar a casa antes de las tres pues no compensaba porque me tocaba irme en el mejor momento. Así que me sentía una desgraciada y una incomprendida. La más del mundo por supuesto.

Pero uno o dos días (tal vez fuera alguno más) en el verano me dejaban quedarme a comer en la playa. Y entonces sí que miraba al cielo. Desde el día anterior mi humor se nublaba con las mismas nubes que ocultaban el sol. Y esa mañana madrugaba muchísimo y miraba que no se hubiera nublado cada cinco minutos. Ya os conté cómo cambia el tiempo en mi tierra así que supongo que me entenderéis. Después de la interminable espera, no fuera a ser que perdiera el autobús que pasaba cada media hora, y el incómodo viaje llegaba por fin a la playa.

Allí ya se había establecido un ritual que se repetía cada día. Nos poníamos donde todos los días. Curiosamente alrededor solía estar la misma gente: el grupo de las que eran gilipollas y había que odiar, el grupo entre los que se encontraba el hombre de la vida de cada una de ese verano y otro montón de gente insignificante. Se hacían dos filas de toallas para poder estar unas enfrente de otras, se jugaba a las cartas, algunas a las palas, nos bañábamos, comíamos, íbamos a por un helado... Y así se pasaba el día de playa. Nada del otro mundo pero yo me sentía encantada de estar de vuelta por un día al ‘mundo’.

El resto de los días me parecían más grises. Me quedaba en casa o iba a la piscina o a la playa de al lado de casa donde ‘no había nadie’ con mis otras amigas, mis vecinas. Pero era otra cosa.

Por aquella época no ya íbamos al pueblo. Toda una suerte, porque no quiero ni pensar lo mal que me hubiera sentido después de un mes perdiéndome acontecimientos tan cruciales en mi vida.

Oh… Porto

Me piro. Dentro de nada pondré rumbo a Oporto previo paso por Ávila. A estas horas todavía no sé quién me acompañará en mi viaje. Ignoro si vamos a mandar a ND con los niños y mi suegra de avanzadilla para llegar mi suegro y yo después, si saldremos todos a la vez o cualquier otra combinación.

El caso es que los pastéis de nata o pastéis de Belém cada vez están más cerca (mmmmmh). He terminado mis tareas laborales pre vacacionales un día antes de lo previsto. Me he revisado quince documentos entre planos y manuales. Supongo que será por las ganas de vacaciones, me he puesto en modo pejiguero: he rechazado los doce planos y sólo he aprobado un manual.

Lo malo es que antes de que llegue el ansiado momento todavía me espera una terrible tarde de plancha y maleta. Somos, al parecer, algo atípicos para el ingeniero al uso: hacemos la maleta a pelo. Sin lista quiero decir. Y así nos luce el ídem. A los pañuelos y pantalones olvidados por ND debo añadir cargadores de móvil, cámaras de fotos, enseres de higiene personal de los niños… y no sé cuántas cosas olvidadas más. ¿Cómo demonios voy a hacer para meter mi ropa para tres semanas entre tanto olvido? Creo que esto es un plan urdido por ND para que me contenga y no me lleve mis tres pares de zapatos, dos bolsos, cincuenta camisetas, tres vestidos, dos faldas, pantalones, jerséis por si refresca y… Vamos, para que no me lleve lo imprescindible. ¡Habrase visto!

La última ingrata tarea casera que me espera es la de vaciado de cosas susceptibles de generar gusanos en la nevera en caso de desastre (esto tal vez lo cuente otro día). Qué pereza madre. Luego, si no se me ha hecho muy tarde y me quedan fuerzas a lo mejor me apunto a una cena mexicana que me propuso ayer mi hermano (sí, DiDivas, tenemos otra conexión con México por parte fraternal mía).

Y después de otra jornada laboral, cortita, que para eso he estado acopiando horas el resto de la semana, pues tres semanas de vacaciones. Estoy deseando ir a la playa con los niños, celebrar el cumple de C, disfrutar de las canecas a la orilla del mar y del bacalhau en su infinidad de preparaciones, escaparme alguna noche con ND, ir a una preciosa (creo) librería que se llama Lello y que todavía no hemos visto (de allí es la foto que ilustra esto), …

La última semana otra vez a hacer las maletas. ¿Qué se nos olvidará esta vez? Al pueblo, a que me mimen mis padres. Vida familiar, descanso y piscina, si las tormentas de verano nos dejan. Además, en el bar del pueblo tienen Hendrick’s. Es que el mío es un pueblo de calidad, oye. Con su plaza, su iglesia y su ermita, su bar de echar la partida, su hora de la siesta y su hora, otra, de las señoras a la fresca… No puedes comprar el periódico pero te puedes tomar un gin tonic pijales. Lo primero es lo primero, mire usté.

En resumen, que estoy contando las horas. O, dicho de otra forma, expresión que desconocía antes de llegar a Madrid y que resulta ser el colmo de la exquisitez (a mi amiga E y a mí nos encanta): ME HUELE EL CULO A PLAYA.

(Escribí esto ayer por la mañama, por cierto. No sé si en Oporto nos podremos conectar. Si es que no ya os contaremos a la vuelta. Besos a todos y gracias por vuestra paciencia esta primera temporada.)

El porqué de El Niño Desgraciaíto

Según Anniehall esto ya lo he contado, pero yo no me acuerdo ni he encontrado referencia a ello. Así que lo voy a contar (tal vez otra vez).

Hay que remontarse al mundial de fútbol de Corea y Japón del 2002. Si en esos momentos me hubieran dicho que alguna vez yo iba a estar en Seúl no me lo hubiera creído. España había pasado a octavos de final y nos tocaba enfrentarnos a Corea del Sur. Anniehall se encontraba trabajando en México. Eso era antes de los campos de girasoles. Entonces trabajaba en invernaderos mixtos y entonces estaba en la obra de uno en Sonora. Yo ya tenía un billete comprado a Phoenix, Arizona, para ir a pasar las vacaciones con ella. Pensábamos ir al Gran Cañón, a Las Vegas y por ahí, sin tener nada demasiado claro.

La distancia es algo bastante fastidiado e intentábamos hablar por teléfono cuando yo me levantaba y ella se acostaba.

Yo estaba (bueno, estábamos todos) en esa fase en la que hace poco que has empezado a trabajar y todavía recuerdas las salidas entre semana de la carrera. Esos jueves o miércoles o... cualquier día entre semana. Aún recuerdo ese llegar a casa una o dos horas antes de tener que volverte a levantar. Las resacas absurdas. El trabajar en un estado lamentable. Bueno, esto último no lo he olvidado tanto porque a raíz del nacimiento de J. estuvimos un año sin dormir más de tres horas seguidas y el estado lamentable en el trabajo también estaba allí, pero sin culpabilidad (bueno, también había culpabilidad, pero de otra).

La verdad es que ahora con dos gintónics y un par de cervezas ya es casi seguro que al día siguiente tenga resaca, pero eso no tiene relación con esta historia.

El caso es que había quedado con los amigos de Anniehall (también eran y son mis amigos, pero eran los amigos de Anniehall) por la plaza de la Cebada en Madrid a tomar algo. Estuvimos sentados en una terraza cerca de la iglesia de San Andrés hablando del mundial. Estábamos Sheldon, Pedro, P. y yo (no sé si había alguien más, si es así lo siento por la omisión, pero yo no me acuerdo). Al calor del fútbol y de lo que parecía que iban a ser unos cuartos de final entre Italia y España, Sheldon y yo nos apostamos una botella de Vega Sicilia. No acuerdo quién dijo que iba a ganar España y quién que iba a ganar Italia. Supongo que yo diría lo de Italia por mi descreimiento de todos los mundiales y eurocopas en los que parecía que íbamos a comernos el mundo y luego no nos comíamos ni los mocos. También diré que yo no he comprado en mi vida una botella de Vega Sicilia. Sheldon supongo que sí porque él es más gourmet.

Al final ese partido nunca se jugó y España e Italia perdieron contra Corea del Sur, pero eso es anecdótico en lo que estoy contando.

El caso es que una vez allí hicimos una especie de merienda-cena que sería más lógico llamar cañas-copas y recopas. Terminamos de mala manera. Sheldon perdió su tarjeta de crédito y no sé si fue cuando se quedó dormido en una parada de taxis y le robaron o no. Supongo que él se acordará mejor y podrá arrojar luz sobre esos sucesos. Creo que a P. también le pasó algo. En fin, que terminamos muy mal y muy borrachos. Llegué a casa y me dormí. No sé si puse el despertador o no, pero amanecí borracho cerca de las 10 de la mañana de un día laborable y no se me ocurrió mejor idea que llamar a Anniehall a México (bueno, a Douglas, Az. que es dónde moraba porque según decían la parte mexicana era peligrosa) donde serían las tantas de la mañana. La impresión que le di a Anniehall debió de ser totalmente lamentable porque después de terminar nuestra conversación absurda llamó a sus amigos y les dijo algo así como 'cuidado con el niño, no me lo desgraciéis'.

De hay viene lo de 'el niño desgraciaíto' y de ahí también viene el que a partir de ese día para hacer rabiar a Anniehall comenten que en vez de ser yo el novio de Anniehall, Annie pasó a ser la novia de el niño.

En fin, que fue una noche cojonuda, que nos lo pasamos muy bien y que a fuerza de resacas en el trabajo comprendimos que era o moderarse entre semana o morir. Y, de momento, seguimos vivos.

Sola

Con dieciocho añitos me vine a Madrid a estudiar. Mis padres se podían permitir escuela privada o residencia pero no las dos. Así que mi madre, que siempre ha sido muy pragmática, tuvo que pelearse con sus padres para hacerles entender que no iba a vivir con ellos. No, me iba yo sola al que había sido el piso de sus suegros (entonces vacío). Mis abuelos, pensaba mi madre, ya estaban mayores y si me quedaba en su casa me iba a dedicar más a la geriatría que a la ingeniería.

Mi abuela nunca entendió aquella decisión y no perdía oportunidad de decírselo a mi madre. No en vano, muchos años atrás, toda su familia se había trasladado a Madrid desde Santander cuando uno de sus hermanos decidió estudiar medicina. Ella siempre me contaba que jamás comprendió los motivos de sus padres hasta que, mucho tiempo después, vio en el cine como aquella perdida de Sally/Liza llevaba por el mal camino al inocente Bryan/Michael en 'Cabaret'.

Así que supongo que yo debía de ser, a los ojos de mi abuela, una pobre corderita inocente a punto de ser descarriada por la vida con ayuda de algún indeseable. Y por la que ella no podía hacer nada, salvo rezar cada mañana y alimentarla de lunes a viernes.

Sin embargo, a mis propios ojos, yo había pasado de ser la niña de mis padres a una mujer madura e independiente. Todo eso en el tiempo que el autobús de la Continental recorría los cuatrocientos kilómetros que separan Santander de Madrid. Sí, ya lo sé, todavía me faltaba mucho por madurar y además de independiente, nada, ni económica ni emocionalmente. Sólo digo que era como yo me sentía cuando llegué aquí. Me encantaba la idea de vivir sola, organizarme la vida como yo quería, ver lo que quisiera en la tele, administrarme el dinero, hacer la compra, preparar la comida… Aprender a cocinar. Porque aquí donde me veis me vine a vivir yo solita sin saber freír un huevo. Literal. Mi hermano se pasó todo el verano riéndose de mí, pero a mi madre no le preocupaba nada. ‘A la fuerza ahorcan’ suele decir. Y así fue. Ahora creo que me defiendo bastante bien con mi arte culinario autodidacta.

Los casi siete años que viví sola no fueron, por supuesto, tan idílicos como yo pensaba. Al principio fue difícil separarme del nido, la plancha y la bayeta son un auténtico coñazo y sobrevivir con la asignación que tenía a veces era difícil. Pero me encantaba ser tan independiente. Aprendí a ir sola de compras, me perdía en la fnac por horas entre pelis, libros y discos, si a nadie le apetecía la peli cultureta que a mí sí pues me iba por mi cuenta… Y jamás tuve miedo de que me pasara algo. Supongo que lo que me gustaba era saber que podía valerme por mi misma. Tanto me gustaba que mi madre empezó a decir que tuviese cuidado, que estaba empezando a coger manías de solterona. Y puede que las tenga. Tampoco es que fuera el lobo estepario, mis mejores amigos son los de esa época, pero me gustaba disfrutar de mi vida en mi 'pisito de soltera’.

Luego llegó ND y estar sola ya no molaba tanto. Todo era mil veces mejor juntos así que me fui desacostumbrando. Y también me acomodé. Es tan fácil dejarse cuidar por alguien como él. Por último llegaron los niños y entonces, como decía el otro día él, pasamos a ser actores secundarios en nuestra propia vida. Mis horarios son los suyos y vivo casi sólo para ellos. Por supuesto es una renuncia consciente, supongo que temporal, y generalmente muy gratificante. Pero el hecho es que YO ya no soy solo yo y casi me he olvidado de mí.

Y de repente, el domingo, vuelvo a una casa vacía con toda una semana por delante para disfrutar de mi soledad. Pero se me ha olvidado. Hasta me daba pereza y, por las noches, los mil ruidos de esta casa me dan miedo. ¿Cómo es posible que todo cruja tanto? Otras veces suelo organizarme planes y desde que programamos las vacaciones anhelo secretamente que lleguen esos días de libertad. Disfruto con la idea de que si quiero puedo echarme una siesta de tres horas o improvisar sobre la marcha las comidas, de no tener que ir contrarreloj a todas partes, de tener la nevera vacía si me da la gana y de noches enteras de dormir a pierna suelta sin llantos por sed o por el chupete caído.

Pero esta vez no. Esta vez estaba apática y las tardes del domingo y el lunes se me han hecho eternas. Llevo dos noches durmiendo fatal. Me he visto media temporada de ‘Mujeres Desesperadas’ (precisamente, qué curioso). Hasta hoy. Hoy he decidido que no puede ser y, después de comer tranquilamente y echarme un ratito en el sofá con la tele de fondo, como a mí me gusta, me he ido de compras. No se me ha dado mal aunque no he podido rematar con el cine que pensaba regalarme porque la cartelera es un erial. Al llegar a casa, a las siete y sin prisas, me parecía mentira toda la tarde que todavía tenía por delante. Sin baños, ni cenas, ni cuentos de buenas noches, ni la posterior caída en el sofá completamente rendida… No, tengo todavía mucho rato para mí. Así que me he puesto a mis queridas Ella y Dinah y he abierto una cerveza.

Oh, sí, así era esto…

A vuestra salud.


Así no

Debes saber que no me sorprende. Aunque he de reconocer que con los años te has ido puliendo y sueles ir estupenda ahí donde toca. Incluso la voz, que sigue sin ser nada del otro mundo, la has mejorado.

Sé muy bien que es imposible estar perfecta siempre. Que alguna vez te tienen que pillar de trapillo y que tiene que ser un auténtico coñazo estar impecable en cualquier situación. Pero hija, una cosa es de trapillo y otra esto.

Pero ¿qué demonios es ese pantalón que llevas? Esta todo hecho un higo y no tiene forma aparente. Ya sé, ya sé que eso de que los niños vienen con un pan debajo del brazo es un camelo. Pero me parece a mí que todavía te queda para pagar el planchado del hotel. ¿Y la camiseta? por Dios, ¿qué coño es eso? ¿Has querido emular a Escarlata y su vestido de las cortinas y te has hecho una camiseta con las faldas de una camilla? El bolso me tiene fascinada, de dónde lo habrá sacado. No tengo palabras ¿para qué sirven esas borlas que le cuelgan? Horroroso.

Pero lo peor no es el atuendo. A lo mejor se ha vestido así para que no nos fijemos en ¡ESOS PELOS! Qué asco, sucios, quemados, greñudos. ¿Será que no le ha dado el leve cepillado a la laca después del último peinado? ¿será que no ha catado el agua dulce en semanas? Puajjj.

Querida, no, así no. Te has caído. Gracias a esto hemos comprobado que tienes mucho, pero mucho, que agradecerle a tu asesor de imagen. Que esos modelazos vintage color maquillaje (qué absurdo por cierto) y que esos moños estupendos no son cosa tuya. Que cuando tienes la oportunidad de relajarte haces esto que estamos comentando.

Y no, chata, jamás he salido yo a la calle con semejantes pintas. Ni parecidas. No. Que una cosa es ir cómoda y otra hecha una cochina.

Te vas...

Aquí estoy, Anniehall se ha ido hace unas horas y ya estará disfrutando de su rodriguez. El primer fin de semana de vacaciones no puede ser más lamentable. Bueno, eso es el tono dramático necesario para dar un poco de penita. Por supuesto que podría ser más lamentable!!

De hecho he leído, he descansado, me he cansado. He comido un chicharro a la brasa que hizo mi padre impresionante. Me he comprado unas limas y unas tónicas por si cae algún gintónic.

Claro, que también ha tenido partes más oscuras. Algunas de ellas ya se ha encargado Anniehall de publicitarlas. Me he olvidado un montón de cosas. Me he olvidado meter pantalones en la maleta. Y, además, los que tenía se me mancharon con el chicharro. Me he comprado unos de 11€ en el Carrefour (léase carréfur) que se me escurren cuando me siento y me enrollan el elástico de los calzoncillos. Supongo que la imágen que doy es lamentable, pero yo me quejo por la incomodidad.

Me he dejado el cargador del móvil, los pañuelos de tela (con las iniciales grabadas por mi madre). Me he olvidado la crema para los piés, que en estos estíos calurosos es imprescindible. Por otro lado me he traido el disco duro portátil justo cuando lo había vaciado en el que se ha quedado Anniehall. Me he traído mis cascos bluetooth que ocupan un montón y no me sirven para nada.

Para remate, esta mañana me ha dado un golpe contra la pata de un sofá y se me ha puesto el dedo como una morcilla (al final voy a tener que poner una foto de mi pie) y mañana veremos si está roto o no.

En esta situación de absoluta necesidad, mi cónyuge se ha ido de Rodríguez dejándome postrado en el lecho del dolor... Ay!!! Bueno, no. No voy a ser tan demagógico, que bastante tiene ella con quedarse sola en casa con el miedo que le da.

Esto me trae a la memoria una anécdota que no sé si ya he contado aquí. Una noche me despertó diciendo que creía que había alguien en casa porque oía sonar un juguete. El juguete sonó, me levanté y lo apagué. Ya de vuelta a la cama le dije: 'sí, era alguien que ha venido a robar, pero se ha quedado a jugar con el pianillo...' Los miedos son irracionales y tampoco voy a meter más el dedo en el ojo.

En fin, dicen que lo que mal empieza, mal acaba. Espero que no sea así y espero que mi dedo siga de una pieza. Saludos abulenses.