Viaje a la libertad económica

"¿Por qué perdemos nuestra libertad? ¿Cuándo decidimos que es una buena idea entregar a otros nuestras decisiones, nuestro futuro y el de nuestros hijos? ¿Cuándo tiramos la toalla y entregamos libertad por una supuesta seguridad que nunca llega? ¿Cómo un país que ha vivido cotas inimaginables de prosperidad y libertad puede siquiera discutir la posibilidad de copiar a regímenes totalitarios? ¿Cómo llegan a convencernos de que nosotros somos incapaces?"
Daniel Lacalle. Viaje a la libertad económica.

Buenas, al final con esto del club y sus servidumbres (una buena palabra para el libro de este mes) se me agolpan los libros sobre los que hablar. Este libro me lo dejó Carmen sabiendo que me iba a gustar. Y ha acertado, claro. También me dejó el año pasado el de nosotros, los mercados. Tuve que dejar de leerlo para que me diera tiempo a terminar el libro del mes del club y luego lo retomé y me ha dado tiempo finalmente a leerme los dos.

La verdad es que no sé qué reseña hacer, porque yo ya soy público convencido. Básicamente indica que la solución de la crisis está en menos impuestos, no subvencionar actividades y empresas inefiicientes y deficitarias, facilitar la creación de empresas y adelgazar la Administración. Menos Estado, más libertad. Antes de que venga alguien a decir lo de siempre, Daniel Lacalle no propone que desaparezca el Estado. No es una analogía que se pueda llevar ad absurdum y decir que entonces sin Estado todos libres. Lo que dice es que sin innovación, riesgo y ánimo de mejora no se va a ningún sitio.

Muestra claramente como la espiral de deuda y gasto absurdo en la que estamos metidos ya ha pasado muchas veces en muchos sitios y muestra como salir y como no. Y da mucho vértigo ver cómo nosotros nos empeñamos en seguir el camino equivocado. ¿Por qué? pues porque estamos acostumbrados (y cada vez más) a que sea otro el que nos saque las castañas del fuego. Frases como 'el Estado tiene que garantizar...' esto y lo otro se oyen a todas horas, pero el pagar con dinero que no se tiene y no de manera excepcional, sino rutinaria, ha hecho que ya cada uno de nuestros hijos nazca con más de veintemil euros de deuda a sus espaldas. Y no solo ellos, cada español actualmente tiene esa deuda. Y ya si quitamos a la población no activa, la carga por contribuyente es totalmente inasumible.

También hay que indicar que este señor apela por no ayudar a los bancos, pero que del casi billón de euros que debemos las ayudas a la banca son algo más de cien mil millones, estamos emitiendo deuda para pagar el funcionamiento habitual del Estado y eso no puede ser. También indica dónde se puede adelgazar el presupuesto y hay muchas partes. Y también nos indica que eso de 'no, si quitando ese gasto tampoco se arregla, eso es el chocolate del loro' es otra falacia. El ahorro viene de muchas partes y cada gasto superfluo que se quita es un ahorro actual y futuro.

Con todo, lo que más me ha horripilado es la descripción de la intervención política de los bancos centrales y la espiral de deuda y manipulación del precio del dinero que se está produciendo. Muestra como al no costar las cosas se pierde la posibilidad de saber qué es arriesgado y qué no y como en cualquier momento se puede producir algún descalabro importante.

Es un libro bastante entretenido. Tal vez un poco repetitivo a veces. Y en el que va mostrándonos los problemas y las soluciones a lo largo del mundo. O las que se han tomado ahora o las del pasado. Desmonta el mito de Islandia, valora lo que han conseguido las repúblicas bálticas, nos muestra en toda su crudeza los desatinos de Venezuela o Argentina, el caso sueco... en fin, que yo os recomiendo que os lo leáis porque como él dice, en el debate es enriquecedor.

Podría poner cientos de párrafos, pero solo os pondré dos o tres:

"En la primera entrevista de trabajo que tuve, en una consultora, la persona que me recibió me dijo: «Los de tu generación tenéis muy mala suerte, porque nunca vais a conseguir llegar adonde llegamos los que tenemos sólo unos años más, porque de esta crisis no nos saca este gobierno». Otro listo. Nunca se ha salido de la crisis de la mano del sector que la ha creado, y desde finales de los noventa, eso es precisamente lo que hemos repetido una y otra vez. Queremos solucionar el problema con más intervención por parte del que ha generado el problema".

"En nuestra vida cotidiana solemos criticar a las empresas privadas o a los individuos por sus gastos excesivos. Si vemos que nuestro vecino se endeuda para comprar cosas que no le sirven o que no puede permitirse, intentamos aconsejarle y alertarle de que va camino a la ruina. Sin embargo, no exigimos esa responsabilidad si los gastos inútiles o imposibles de financiar son del Estado. Siempre se le perdonan porque pensamos que es «por el bienestar social»".

"Si les digo: «Hay que bajar tipos de interés e imprimir moneda para que suban las bolsas, los bancos ganen más dinero y los mercados se enriquezcan», ustedes se indignarían, ¿verdad? ¿Y si les digo que hay que hacer todas esas cosas «para que baje el desempleo»? Pues se quedarán tan contentos. Aunque en los últimos doce años, la relación entre estímulos y empleo haya probado ser inexistente. ¿Cómo justifico que esas medidas excepcionales tienen que seguir llevándose a cabo cuando los niveles de paro se mantienen? Es la excusa perfecta".

"Sin libertad económica no hay libertad. Sólo vasallaje ante un señor feudal, el Estado, que simplemente no puede ser asistencialista, porque es la política más antisocial de todas, pedir prestado de nuestros hijos y nietos, que no tienen la culpa de nuestros excesos".

En fin, como ya os he dicho, yo era público entregado, así que solo os puedo decir que me parece bastante sensato y escalofriante todo lo que escribe este señor. Y también su proceso vital de transición desde el socialismo a la escuela austriaca es similar al que yo mismo he recorrido. A mí lo que dice me parece sensato y coherente. Habrá quien opine lo contrario, sin duda. Y eso es bueno.


¡Muchas felicidades, Niño Desgraciaíto!

Cuarenta y uno. Todos esos cumples. Y que cumplas muchos más. Y que todos esos más sigas aguantándome.

Aguantando el sonido del despertador tres cuartos de hora antes de levantarme. Y aguantando sin desesperarte todos esos minutos dándome ánimos ‘venga, que ya son y cuarto’… ‘arribaaaaaa’… ‘voy a quitar la sábana’… ‘pues me voy a duchar yo’.

Aguantando que todas las noches tras el ‘habíamos quedado en que hoy no había mimos’ de rigor te responda ‘pero si íbamos a dormir así’ cuando te despides muerto de sueño mientras intentas zafarte de mí y echarme a mi lado de la cama.

Aguantando con gesto de desesperación impostada los nombres tontos que deformo de los futbolistas o de quien sea que nombren por la radio o la tele según me parece. Y aguantándote la risa todas esas veces que la asociación de ideas o el supuesto chiste es malísimo.

Aguantando estoicamente no solo que ‘en esta casa antes se hacían cosas ricas: bollos de canela, cookies…’ sino que cuando por fin vuelvo a hacer brownie me lo lleve a la oficina dejando en casa nada más que el rastro del olor delicioso y el bizcocho fallido del anterior intento que nadie se quiere comer.

Aguantando con un mini reproche el haberte despertado y desvelado a las cuatro de la mañana porque no me quité los zapatos al llegar de juerga o haberte despertardo con unas gafas clavadas en las costillas flotantes por haberme quedado frita (y borracha) sobre ti.

Aguantando sin levantar ni una ceja mis interrupciones con comentarios intrascendentes porque no me doy cuenta de que intentas leer. 

Y todos los millones de cosas mucho peores que me aguantas casi sin protestar. Por cuarenta y uno más y después otros cuarenta y uno y después cuarenta y uno más... Y que todos amanezca entre tus brazos (aunque por ahora lo llevo chungo).

¡Muchas felicidades, ND! 

Un día Toño

Bueno, esto merece una explicación, pero todo a su tiempo, queridos internautas. He de empezar diciendo que esta va a ser una entrada cargada de tristeza. Parece que las cosas en el circo van muy mal y es posible que cierre el chiringuito. Entre otras cosas mañana vamos a comer con el malabarista, así que seguro que sufriremos una campaña de desinformación en toda regla.

Es muy triste ver como se viene abajo un sitio donde has estado muchos años de tu vida. Pero de lo que quería hablar es de por qué se ha venido abajo. O más bien de cómo con esos mimbres salió esa carpa, o ese cesto, o ese centro, lo que queráis.

Ya os he contado como se va desintegrando todo el chiringuito. Pero hoy quiero que conozcáis un poco más de ese entramado. Digamos que en sus buenos tiempos éramos unos 60 o incluso puede que llegáramos a ser cien. Entre esos cien había unos 12 - 14 profesores de los que diría que todos menos tres o cuatro aparecerían en la definición de parásitos. O, dicho de una manera más fina, son gente que cobra por no hacer nada. No me entendáis mal, algo harán. Darán sus clases y sus cosas. Para ponerlo más claro cobran del circo, no de la universidad, por no hacer nada en el circo. Así que hay unas 10 personas que cobran más que su propio sueldo (algunos bastante más) por no hacer nada para merecérselo más que estar ahí. Se lo llevan crudo, vamos. Y con todo merecimiento como veremos más tarde. ¿Qué pasa cuando vienen mal dadas y en vez de 60 somos 40? Pues que la proporción cambia y hay menos que repartir.

Creo que en este punto sería adecuado presentar a Toño. Toño es un profesor que no ha visto un tren en su vida. Como mucho habrá montado en el AVE y poco más. Toño cobra por asociar su nombre al del circo. Y Toño vivía muy bien doblando su sueldo sin hacer nada para ello. Toño tiene una familia y gracias a las generosas donaciones del circo llevaba a sus hijos a un colegio privado. Antes que nada tengo que aclarar que Toño es un nombre inventado.

Bueno, pues este Toño ha tenido que dejar de llevar a sus hijos a un colegio privado. Y ¿por culpa de quién? Habéis acertado, por culpa de los payasos. Esa es la máxima capacidad de crítica de la que es capaz. Cuando ya habían matado prácticamente la gallina de los huevos de oro, vieron que sin payasos el chiringuito no se mantenía. Y la culpa era de los payasos, claro. Esto que os estoy contando es totalmente cierto, salvo por el nombre. Tuvo los santos cojones de echarnos en cara que había tenido que sacar a sus hijos del colegio porque le habían quitado los sobresueldos porque los payasos no hacíamos bien nuestro trabajo. Bueno, no, no tuvo el valor de decirnoslo a la cara, pero sí de decírselo a otras personas.

Esa capacidad de reflexión extraordinaria nos indignó bastante, la verdad. Y nos preguntábamos que cómo llega alguien a desviarse tanto del camino para creer que él merecía ese sobresueldo (ya os digo que muy jugoso) sin hacer nada para el circo. Nada quiere decir nada, lo aclaro por si acaso. Y nos decíamos que esa aplicación no ya de la ley del embudo, sino de la tolva (esto es una tolva para el que no lo sepa), permitiría a este individuo irse a su casa todos los días con la satisfacción del deber cumplido. Satisfecho de haberse ganado el sueldo, vamos. Porque si no, no se explica.

En fin, quedó como paradigma de satisfacción en el trabajo. Un tío rentable y satisfecho de dar más a la empresa de lo que recibía de ella.

Según nos ha dicho el malabarista resulta que ahora, según él (mentiroso compulsivo para quien no lo recuerde), Toño es el que más trabaja del circo. Y nosotros no entendemos qué es lo que puede hacer. Nos lo imaginamos llegando por primera vez al circo, remangándose y diciendo: 'Venga, chavales, ¿qué es lo que hay que hacer?' y ponerse sin más ni más a cargar sacos de cemento o algo similar que se encontrara por ahí pensando que eso era lo que hacíamos nosotros. Así, todo con mucha energía.

Así que nosotros ahora nos lo tomamos a modo de broma y cuando hemos tenido un día que consideramos que nos hemos más que ganado nuestro sueldo nos decimos entre nosotros que hemos tenido un día Toño. Un día en que te vas satisfecho a casa porque te has ganado cada céntimo de tu salario.

Es reirse por no llorar y sobre todo ahora que estamos fuera de allí. Lo siento por los que se han quedado y lo están pasando mal ahora. Pero no puedo decir que lo sienta por Toño. Si existiera el karma merecería quedarse sin sueldo al menos todos los años que lo ha tenido doble por no hacer nada.

En fin, mucho ánimo a los payasos que quedan y que para todos cada día de trabajo sea un día Toño del que os váis satisfechos por lo que habéis hecho sintiendo que os habéis más que ganado vuestro sueldo.

Las cosas del comer

Me gusta comer. De niña era muy golosa pero ahora soy omnívora. Me gusta mucho comer de todo ¿de todo? Sí, de todo porque yo no tengo manías. No, sólo me gusta comer las cosas de la manera que mejor están. Y punto profundo (que diría Newland).

Digo esto porque Tochi se muere de risa cada vez que digo que no tengo manías y me las recuerda de vez en cuando. El caso es que reflexionando sobre la cuestión me he dado cuenta de que puede que sí, puede que sea un poquitín maniática con la comida. Si hubierais visto tantas veces como yo Cuando Harry encontró a Sally este momento os traería a la memoria una escena en particular sobre mujeres ‘poco exigente'.



Y, por si os habíais quedado con la duda, ésta es Sally pidiendo.




Pues eso, yo solo quiero las cosas como más me gustan. Jamás querría para mi boda una tarta de coco (puaj) pero esa es otra historia.

Así que, completando la serie sobre manías que inicié hace tres años (o no, que dice Tochi que con la ropa soy aún peor, yo también te quiero, Tocha) ahí van unas pocas sobre la comida:

  1. La primera viene directa de mi más tierna infancia. No puedo comer espinacas cocinadas. Pasé demasiadas tardes entonces frente a un plato cada vez más frío de plasta verde. Si además me las pones con bechamel puedes apostar que tendré arcadas viendo ‘losh hilillosh’ de espinaca en cascada por el tenedor. Crudas sin problemas.
  2. El tomate frito. Mi tomate frito es divino. Eso es así. Lo malo es que últimamente no me entretengo en hacerlo así que lo compro. Pero no me vale cualquiera. Más bien no me vale casi ninguno. ND prefiere el *rl*nd* pero todo el mundo sabe que eso ni es tomate ni es nada. Según él, he destrozado una de sus comidas preferidas al añadirle tomate sin almidón, conservantes y frito con aceite de procedencia contrastada. Alma de cántaro. Yo soy esa, sí, esa oscura clavellina que va de esquina en esquina cogiendo todos los botes de tomate del súper para leer los ingredientes.
  3. Las lentejas. Las lentejas son pardinas o no son. Ea. Aquí nuestra guest starring favorita apostilla que si no son lentejas, quién sabe qué serán.
  4. El microondas es el mal. No descongelo en el microondas, antes dejo a mis hijos sin cenar (Tochi dixit, otra vez). Bueno, no tanto, pero no me gusta nada descongelar en el microondas. Y, si el tiempo lo permite, no lo uso para recalentar tampoco. Podría vivir sin él, sí.
  5. El queso. El queso, si es tipo manchego, tiene que ser de oveja. Mezcla mal. Y tiene que llevar un rato fuera de la nevera para comérmelo.
  6. Del jamón, sus variedades y mis preferencias ya os contó ND lo que os tenía que contar.
  7. Croquetas, escalopes y otras cosas rebozadas con salsa ¡no! Hay pocas cosas en el mundo que me gusten más que un escalope o unas croquetas. Pero ¿por qué en tantos sitios les ponen salsa? Lo bueno del empanado es que esté crujiente, si la salsa lo toca, lo ablanda y entonces pierde la gracia. Que sí, que con salsa puede estar muy rico pero ponla aparte y sin tocarlo, hombre de Dios. Así, sí.
  8. El arroz. Con el arroz mi madre y yo tenemos la misma máxima: "hasta en la cabeza de un tiñoso". Me encanta el arroz pero (ya sabéis que tiene que haber un pero) tiene que ser seco. La textura más caldosa de arroz que me gusta es la del risotto o el arroz con leche. Ni arroz caldoso ni sopa de arroz.
  9. Margarina, no, gracias. Yo, que veía el anuncio de Tulipán suspirando porque mi madre comprara semejante delicia alguna vez, le estoy agradecida muchos años después a su cruzada antimargarina a la voz de 'eso son guarrerías'. El tiempo, mi paladar y la ciencia le han acabado dando la razón. Normal, porque mi madre es sabia y eso no fue nunca un secreto.
  10. No puedo con el pero es tan bonito en la comida. Es posible que esto de para un post pero esta moda de hacer las cosas de comer bonitas se nos está yendo de las manos. Cada vez oigo con más frecuencia cosas como "sí, no está muy bueno pero es tan bonito" ¿qué? ¿cómo? Si se come tiene que estar bueno, no hay peros que valgan. Si te gusta hacer cosas bonitas y te da igual el sabor haz manualidades. El cocido es feo, la oreja es fea, los torreznos son feos. ¿Y qué? (Dijo ella, que se pasó un puente haciendo una casa de galleta de jengibre que no se comió nadie).
Seguro que tengo mil más (tarta de limón sí pero si no lleva leche condensada, que luego raspan los dientes, tiramisú solo con mascarpone...). Y además seguro que Tochi está calentando las manos para entrar a saco en los comentarios (lo cual me hace pensar que tal vez hablemos demasiado de comida). Pero seguro que vosotros también.

Creo que mi problema, en realidad, es que soy muy bruta vehemente al decirlo ‘las lentejas son pardinas o no son’. Pero es más fiero el león de lo que lo pintan. En realidad soy una invitada excelente, no os haré ascos a nada (salvo a las espinacas, claro) y todo me parece bien. Además suelo llevar postre rico. A veces hasta bonito y rico.

Invitarme, payos.

Caricaturas y retratos

"¡Desconfiad de los escritores para señoras! Yo no sé si será por despecho, pero yo he observado que casi todos los seductores, casi todos los hombres que gustan mucho a las mujeres, son unos majaderos. Los que les gustan como literatos lo son siempre. Hay mujeres de buen gussto, que saben seleccionar los amigos y los libros, pero son la excepción".
Julio Camba. Sobre Marcel Prévost.

Pues me he leído este libro de Camba. Ya sabéis que yo es adoración lo que siento por Camba y Anniehall, consciente de ello, le pidió a los Reyes Magos este libro para mí.

El libro contiene, como dice el título, retratos y caricaturas de escritores y de filósofos que ha recopilado el editor de entre los artículos que pubicó Camba.

Hay que decir que se ven dos Cambas. Uno, el de los primeros artículos que, dicho sea sin ánimo de desmerecer, me parecieron un poco aburridos. Falta el humor y, claro, eso se nota mucho en Camba.

Pero luego (supongo que fue buscando su sitio y encontrando su estilo) aparece el Camba divertido , reivindicativo y que te hace pensar. Cuando dice las cosas a la ligera es cuando más serio se pone. Él encontró la manera de decir cosas importantes a través de anécdotas y chascarrillos.

Hay semblanzas de personajes conocidos y otros que, al menos para mí, son totalmente desconocidos. Entre los conocidos aparecen Blasco-Ibáñez, Rubén Darío, George Bernard Shaw, Maxim Gorki, Nietzsche...

Está bien. Es un libro entretenido y a ratos muy divertido. Ya os he dicho que hay una cierta irregularidad, pero por otro lado da una idea de la evolución de Camba. Unos párrafos:

"En cuanto a la Acrópolis, es cierto que emociona a todos los que la visitan; pero el viajero que sepa analizar su emoción no tardará en descubrir el engaño. No es la Acrópolis lo que le emociona. La emoción la lleva él en sí. Es una emoción literaria que no se produce nunca espontáneamente en el viajero. Cuando yo iba camino de la Acrópolis, aprovechando unas cuantas horas durante las cuales el barco en que yo viajaba se detenía en el Pireo, me hacía mentalmente esta reflexión: «¡Tendría gracia que, después de haber aguardado con tanta emoción el momento de ver la Acrópolis, llegase allí y no me emocionase nada!» Me emocioné un poco, lo suficiente para no quedar en ridículo y para demostrar cierta cultura; pero la verdad es que la Acrópolis se parece bastante a los Cuatro Caminos".

"―Pero ¿no se aburre usted, Ciges? ―le preguntaba yo a mi amigo muchos días al verle solo en un rincón del hotel.
―Yo no. Yo no me aburro nunca.
En cambio yo me aburría como una ostra.
―Usted ―me dijo una vez Luis Bello― cuando no de divierte, se aburre.
Es exacto, y lo mismo nos ocurre a todos los hombres de buen humor. Yo cogería al hombre más alegre del mundo y le pondría en el desierto; a los ocho días se habría muerto de pena. En cambio, estos hombres insociables y melancólicos como Ciges se tasarían la vida encantados en los arenales del Sáhara o entre los muros de una prisión. Para los hombres tristes no existe el tedio ni la pena. Esas son cosas exclusivas de los hombres alegres".

Si os gusta Camba. leéroslo, no os defraudará. Si no habéis leído nada suyo, mejor empezar por Mis páginas mejores, no os arrepentiréis.

Cristalizaciones



Os voy a hablar de este libro que me acabo de leer. Va a ser una reseña un poco distinta porque en este caso el autor es un amigo mío.

Creo que ya he hablado de esto alguna otra vez, pero que sepáis que el mundo de la ingeniería no es un reducto de frikis que están más cómodos delante del ordenador que con personas, o de ignorantes indiferentes hacia la cultura, o profesionales bienmandados que son poco más que robots incapaces de ser creativos.

Yo he tenido la suerte de conocer a muchos ingenieros. Y, aunque los haya estereotípicos, hay muchos que son personas muy creativas.

Uno de ellos es Tomás. Tomás ha sido compañero mío en la carrera de ingeniería, y más importante que eso, es un amigo.

Tomás tiene su página online yambria que os animo a que visitéis, ahora ya no está su revista sobre indagaciones literarias, aunque podéis ver los distintos números (en alguno de ellos escribo yo). Me ha dicho que tiene facebook, pero como yo no gasto de eso no os puedo dejar un enlace, bueno, , pero no tengo facebook. También tiene esta página del libro.

Respecto al libro en sí parte de uno de los temas que siempre le han interesado a Tomás, el orden espontáneo y el azar como elemento creativo. En este caso las cristalizaciones se definen como "impurezas, puntos de partida, impulsos que se alejan del camino común para construir un pequeño orden nuevo, más o menos absurdo, más o menos efímero". Así los cuentos que ha reunido tienen en común instantes insólitos, cambios de paradigma en apariencia no trascendentales, casualidades, que cambian la vida y dan un impulso distinto a la existencia. No mejor, ese azar no tiene por qué ser redentor, es simplemente el catalizador de algo que Tomás utiliza para hacernos pensar.

No os voy a contar sus historias, tenéis que leerlas, simplemente os diré que salen grafiteros, niños prodigios, viejas milenaristas, mujeres obús y MenteGoogle.

La verdad es que no sé cómo podéis haceros con uno de sus libros. Este fin de semana lo presentó en Madrid y dentro de poco lo presentará en Barcelona. No sé si tiene intención de venderlo en digital en Amazon o algo así. Podéis pasaros por su página donde pondrá información.

No quiero terminar sin referirme a las ilustraciones a cargo de Elena Hormiga, son de las que, al igual que los relatos, te hacen pensar. Son ilustraciones en blanco y negro (más negro que blanco) que se insertan dentro de cada historia y hay veces que se entienden directamente y otras en las que hay que buscarles las vueltas.

El libro es muy corto (no llega a cien páginas) y se lee rápidamente, aunque como ya os he comentado las historias dan qué pensar y muchas veces los finales son bastante abiertos.

Pues, nada, a esperar a que se anime a escribir más y a que os lo pueda contar aquí en el blog. Enhorabuena, Tomás.

Mis problemas con las películas

Bueno, problemas... no. O sí. No sé.

El caso es que desde hace ya un tiempo (y quien dice un tiempo dice años) vengo notando una cosa en las películas que supongo que vosotros también habréis observado. O no, vete tú a saber.

De lo que quiero hablaros es de la desproporción entre el volumen del sonido de las escenas de acción o de música y los diálogos. Esa desproporción sigue la ley de desgraciaíto que viene a decir que cuanto más moderna es la película más desproporción hay entre un tipo y otro de sonido. Esa relación para mí es evidentey por eso la he bautizado con mi nombre.

Y no entiendo la razón de ser. Tampoco es que yo tenga el oído más delicado del mundo, pero hasta yo me doy cuenta de que el ruido de explosiones al nivel de sonido que te permite oir los diálogos es tal que una explosión de verdad no debe ser muy distinta, al menos en cuanto a potencia.

Y eso, que no entiendo por qué esta desproporción.

Todos sabemos que todo empezó con los anuncios de la tele al llegar las cadenas privadas. En ese momento descubrimos que la potencia sonora que podían tener los anuncios no tenía nada que ver con la potencia sonora de, pongamos por caso, el detective Colombo. Esto es tan así, que si querías saber qué decía de la señora Colombo y te despistabas un poco podías notar un pitido en los oídos como cuando estalla una bomba o cuando intentas perforarte el tímpano porque inadvertidamente mientras zapeabas has dejado un canal en el que está cantando José Ángel.

Me disperso. Me diperso y me decibelio, incluso me sulivello. Eso por no decir que me descabello. Perdonad este sinsentido, pero creo que tiene que ver con que no oigo lo que escribo.



Y yo no sé si vosotros tenéis alguna explicación para esto porque yo no se la encuentro. Salvo que vayan a fastidiar, en compló. ¿Qué razón tiene que cuando disparan un tiro tengas que elegir entre no quedarte sordo o enterarte de lo que han dicho antes? Ese sinvivir con el mando a mano para ir subiendo y bajando el volumen es muy incómodo. Además que en el momento en que te descuidas y el mando se pierde de vista para aparecer debajo de tu culo es justo cuando llega la explosión nuclear (o pisan un cacahuete, que muchas veces el nivel de decibelios es el mismo).

A mí es algo que me tira para atrás (metafórica y literalmente por la onda de sonido) y a lo que, como véis, le he dedicado pensamientos profundos sin haber llegado a ninguna conclusión y sí a una pérdida de oído que me está dejando teniente justo cuando estoy cómodamente instalado en la mediana edad.

Desde esta tribuna me atrevo a vislumbrar una conspiración mundial de la mano de los técnicos de sonido de Hollywood y Gaes... ¿a que vosotros también lo habéis pensado? Es un negocio redondo. Por un pequeño porcentaje los holivudienses nos dejan sordos y tenemos que comprarnos un audífono para poder seguir oyendo sus películas.


Plan maquiavélico y perfecto, pero que puede hacer que el mundo colapse cuando en una de estas en un cine cualquiera doscientos audífonos se acoplen a la vez. Hay cosas con las que mejor no se enreda. No hay que jugar a ser Dios por un par de audífonos.

¿Qué decís? No, en serio, ¿qué decís? que no os oigo. Gaaaa eeeeees

El miedo

"Como soplaba un fuerte viento contra nosotros, prendieron fuego a los campos de trigo de los que les echamos... ¡Allí vi el infierno! Cuatrocientos heridos, tendidos sin poder moverse, atacados y resucitados por el fuego, cuatrocientos heridos transformados en teas vivientes, corriendo con sus miembros fracturados, gesticulando y gritando como condenados. Su pelo, al arder de golpe, en sentido vertical, les ponía sobre la cabeza una llama de Espíritu Santo, y los cartuchos explotaban en sus cartucheras. Nos quedamos mudos, sin pensar en ponernos a cubierto, mirando a cuatrocientos de los nuestros chisporroteando, retorciéndose y revolcándose en esa hoguera barrida por las ametralladoras, sin poder acercarnos. A uno le vi levantarse, delante de la ola de calor que se le venía encima, y fusilar a sus vecinos para ahorrarles esa muerte atroz. Entonces varios, a punto de ser alcanzados, se pusieron a gritar: «¡Disparad, compañeros, acabad con nosotros!», y tal vez algunos tuvieron ese monstruoso coraje..."
Gabriel Chevallier. El Miedo.

Bueno, pues os voy a hablar de este libro de Gabriel Chevalier que compré impulsivamente. Tan impulsivamente que me arriesgué a comprarlo en la fnac. Además me sorprendieron gratamente al mandármelo gratis a mi oficina de correos más cercana y al recibirlo al día siguiente de haberlo pedido.

Es un libro perfecto para conmemorar los cien años del inicio de la primera guerra mundial, o la Gran Guerra. Y es un libro de los que intuyes que están cargados de verdad.

Es un libro que yo creo que transmite la verdad de una guerra. Claro, eso no lo puedo saber porque no he estado, y ojalá nunca esté, en ninguna. Pero me da que transmite una idea muy real.

Muy real y horrorosa, claro. Pocos libros me han transmitido tanta verosimilitud. He de decir que es un libro que yo obligaría a leer a todo el mundo. Tenéis la suerte (o la desgracia) de que no sea vuestro jefe supremo y os lo imponga como requisito necesario para la ciudadanía.

El autor nos cuenta toda la guerra desde el inicio y el reclutamiento en ese caluroso verano de 1914 hasta el armisticio a las 11 de la mañana del 11 de noviembre de 1918 cuando finalizó la guerra.

Los pasajes de horrores, de muertes absurdas, de mandos incompetentes, de miedo antes de los ataques y durante los bombardeos, etc. están tan bien contados que te parece estarlos viviendo junto a ellos. Ya os digo que como pone en el fajín en palabras de Jacinto Antón: "pocas experiencias hay en la vida como leer El miedo".

En el libro pasamos por todas las fases de la guerra y de un soldado raso, un 'peludo' en el argot francés: el comienzo de la guerra, la movilización, el adiestramiento, la retaguardia, el frente, el personal de enlace, los enchufados, los heridos, las enfermeras, los avances, los retrocesos, la superchería sobre los ataques... en fin, una maravilla, aunque maravilla no sería la palabra precisa dado que realmente no es una lectura cómoda, pero sí que es de esos libros especiales que impactan contra uno y te conducen como por una puerta espacio-temporal al mismísimo corazón de la guerra.

En fin, ya habéis leído el primer párrafo que os he puesto en la reseña. Algunos más:

"No conozco efecto moral comparable al que provoca el bombardeo en el fondo de un refugio. La seguridad se paga allí con una sacudida, un desgaste de los nervios que son terribles. No conozco nada más deprimente que ese sordo martilleo que le acosa a uno bajo tierra, que le mantiene hundido en una galería maloliente que puede convertirse en la propia tumba. Para subir a la superficie, se requiere un esfuerzo del que la voluntad se vuelve incapaz si no se ha superado esa aprensión desde un principio. Hay que luchar contra el miedo desde los primeros síntomas, si no se cae presa de su hechizo, y entonces uno está perdido, se ve arrastrado a una debacle que la imaginación precipita con sus espantosas invenciones. Los centros nerviosos, una vez trastornados, mandan a contratiempo y traicionan incluso el instinto de conservación, por medio de sus decisiones absurdas. El colmo del horror, que se añade a esta depresión, es que el miedo deja al hombre la facultad de juzgarse. Éste se ve en el grado extremo de la ignominia y no puede levantarse, justificarse a sus propios ojos".

"Pero este muerto era como el guardián de un reino de los muertos. Este primer cadáver francés precedía a cientos de cadáveres franceses. La trinchera estaba llena de ellos. (Desembocábamos en nuestras antiguas primeras líneas, de donde había partido nuestro ataque de la víspera). Unos cadáveres en todas las posturas, que habían sufrido todo tipo de mutilaciones, todo tipo de desgarraduras y todo tipo de suplicios. Cadáveres enteros, serenos y correctos como santos de relicario; cadáveres intactos, sin rastro de heridas; cadáveres churreteados de sangre, manchados y como arrojados a la rebatiña de unas bestias inmundas; cadáveres calmos, resignados, anodinos; cadáveres aterradores de seres que se habían negado a morir, furiosos, deshechos, sacando pecho, despavoridos, que reclamaban justicia y maldecían. Todos torciendo el gesto, con sus pupilas apagadas y su tez de ahogados. Y pedazos de cadáveres, jirones de cuerpos y de ropas, órganos, miembros desparejados, carnes humanas rojas y violáceas, parecidas a la carne podrida de carnicería, grasas amarillentas y fofas, huesos que dejaban escapar la médula, tripas desenrolladas, como gusanos repulsivos que aplastamos no sin un temblor. El cuerpo del hombre muerto es algo que produce un asco invencible para el que vive, y ese asco es la señal de la completa anulación".

En fin, ya véis, la guerra. O como decía Kurtz en El corazón de las tinieblas, '¡El horror! ¡El horror!'.

Noche Salvaje

Bueno, pues como cada primero de mes aquí estamos hablando de libros (¡y cuándo no es fiesta!). Este mes elegí yo el libro. Jim Thompson es uno de mis escritores de novela negra favoritos. Me he leído como ocho libros suyos (reseñas aquí, aquí, aquí, aquí y aquí) y todos me han encantado. Bueno... hasta ahora. No sé si será la maldición del club, mala suerte o simple casualidad. Este libro lo vi reseñado en algún sitio y en alguna página aparecía como el mejor de Thompson. Pues desde luego, que alguien venga y me lo explique.

No es solo que sea un libro raro con un principio y, sobre todo, un final incomprensible. Es que además la parte comprensible tampoco tiene nada de especial.

El libro cuenta la llegada de un gángster a un pequeño pueblo. Viene con el encargo de cargarse a un testigo de un juicio. Eso se sabe desde el principio, así que tampoco cuento nada. Y se va metiendo en la vida del pueblo para no llamar la atención cuando llegue el momento de actuar.

Es un hombre pequeño y aniñado al que parece que nadie toma muy en serio, pero esa es su fachada. Es un criminal situado ante una última oportunidad para redimirse delante del Jefe (el Hombre, como se refiere a él en el libro).

Aparece una galería de personajes que no están muy bien descritos. Bueno, como que no pegan o no te los crees. Está el sheriff excesivamente receloso del nuevo, está su compañero de pensión que se empeña en ayudar al protagonista sin que se entienda el por qué, está la mujer del testigo que está harta de su marido, está el marido borracho, incluso el médico del pueblo. Pero no funciona.

Están los mimbres pero no está el cesto. Y me da rabia, claro. Ya hablaremos en el club de Jim Thompson, de libros de novela negra o de libros fallidos de novela negra. Pero el final del libro es para, dicho castizamente, mear y no echar gota.

Me he leído el final cuatro veces y en dos versiones distintas y no entiendo nada. Con lo fácil que hubiera sido terminar con un final comprensible...

En fin, que si queréis leeros un libro de Thompson hacedme caso y leed 1280 almas o el asesino dentro de mí. Bueno, o cualquiera otra de las reseñas que os he puesto, pero este... pufff... perezón absoluto.

Por último decir que no consigo comprender el título de noche salvaje porque ni la acción pasa en una noche ni pasa nada en una noche en concreto. Para mí se podía haber llamado así igual que si la hubieran titulado praderas sonrientes o chiquitita dime por qué. Misterios.

Tenéis otras reseñas seguro que mucho mejores y más divertidas como siempre en los blogs de mis compis de fatigas Carmen, Livia, Bichejo y Juanjo. El próximo mes a ver si levantamos cabeza porque ya hay quien apunta al premio limón con este título. ¡Con lo que hemos leído! Al menos este libro es corto.