El limbo de los hoteles

Cuando uno viaja con cierta frecuencia llega al convencimiento de que la vida del viajante es bastante monótona y aburrida. Es cambiar ciudades y hoteles sin tiempo para disfrutarlos y con un cansancio crónico debido al trabajo y al cambio horario.

Es una vida sin glamour ninguno que, además, se ve de vez en cuando en situaciones bastante ridículas e, incluso, denigrantes. ¿Por qué no decirlo?

El caso que nos ocupa y que me trae por la calle de la amargura es la altura de las duchas en la mayoría de los hoteles. El modelo más habitual es el de la alcachofa de ducha anclada a la pared y que no tiene ninguna posibilidad de cambiar la altura o la dirección en la que cae el agua. Están inmóviles en su omnipotencia. Como budas esperando para reírse de ti.

Yo tengo una cierta altura. Hay gente más alta que yo, pero no tanta. La altura es algo que está totalmente sobrevalorado: si eres alto no cabes bien en los aviones, se te pueden salir los pies por el fondo de la cama, tienes que tener cuidado con toldos y barras de apoyo en autobuses y metros y, sobre todo, te enfrentas a uno de los más peligrosos bailes del mundo: el baile del limbo.

Sí, amigos. Si tienes la ducha fija, a una atura de metro sesenta y mides uno noventa la única manera de lavarte el pelo es curvando tu cuerpo al igual que en el limbo para poder mojarte la cabeza, enjabonarte y aclararte. Supongo que hay cosas más denigrantes, pero a mí me da vergüenza verme en esa situación con las piernas flexionadas y la espalda y la cabeza para atrás. Además hay que ser consciente de lo peligroso que es esa situación en la que estás forzando la posición, sobre un suelo resbaladizo y cambiando la manera en la que sueles apoyarte. La posibilidad de lesión es casi absoluta.




No sé si pilláis el concepto y la dificultad. Tampoco sé si os habéis visto en esta situación. A mí me da una sensación que es mezcla de vergüenza, enfado y resignación.

He estado pensando en poner una petición en change.org para que se nos restaure la dignidad postural a los altos. E, incluso, que se nos considere retribuirnos con un plus de peligrosidad debido a la no remota posibilidad de morir en un hotel y no poder achacarlo a la axfisia autoerótica, sino a la higiene.

Y es que ya lo decían Gomaespuma: lo que mata es la humedad.

3 comentarios:

  1. Desde luego no he tenido ese problema porque yo paso por poco el metro sesenta pero a mi (como a la mayoría de las mujeres)me molesta que la ducha sea fija y ya si el jabón está en un dosificador fijado a la pared reniego de la categoría del hotel.
    Los hoteles dan para muchas entradas, aquellos en los que no hay espacio físico para abrir la maleta salvo encima de la cama, los que no puedes regular la calefacción ni abrir la ventana, los que tienen las paredes de papel y oyes absolutamente todo lo que habla el vecino(y si se deja la tele encendida toda la noche entro en bucle con mi cabreo), los edredones en lugares de clima tropical, las camareras que entran pese al "no molestar" de la puerta porque hay mucha gente, dicen, que se les olvida quitarlo.Y así "ad infinitum".

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  2. Sí que daría para mucho, Pseudo. Una cosa que me fascina es que siempre hay una luz que está dada y que no puede apagarse desde la cama.

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