La serpiente de Essex

—La acusación particular tiene la palabra
—Gracias, Señoría. Me limitaré a pedirle al testigo que lea estos párrafos del primer capítulo del libro:
"Está baja la marea, el viento ha amainado, y en el Blackwater no hay nada que temer: dadle un vaso de su agua y se lo beberá de un trago, con sal y todo, con conchas y moluscos. Pero algo se ha mudado en el rielar de la marea, o en la súbita quietud del aire: algo ha cambiado en la superficie del estuario, que late como con pulso propio, que palpita, y vuelve luego a su tersura, a su mudez, justo cuando él da un paso hacia delante; que vuelve al cabo a sacudirse, como algo que al tocarlo se retira temeroso. Más se acerca él entonces, y menos miedo tiene; y se elevan las gaviotas en el aire una a una, y la última de todas lanza un grito de consternación. El invierno desciende sobre él como un mazazo en el cogote, y nota que le traspasa la camisa y le cala hasta los huesos. Se han disipado ya los efectos jubilosos del alcohol, no se siente cómodo rodeado de sombras y, cuando busca el abrigo, ve que un crespón de nubes oculta la luna y le nubla la vista. Respira lentamente, el aire se llena de alfileres; el suelo que pisa está empapado, como si algo hubiera desplazado el agua de repente. «Nada, no es nada», piensa, y da pasitos en el sitio para armarse de coraje, mas otra vez vuelve a sentirlo: es como estar mirando una fotografía, un raro momento hurtado al tiempo, seguido de una sacudida frenética que no puede deberse solo al tirón que da la luna a las mareas. Cree ver —y lo ve, lo ve— el pausado movimiento de algo gigantesco, encorvado y siniestro, cubierto de ásperas y tupidas escamas, que luego desaparece. Le entra miedo de estar rodeado de sombras. Hay algo allí, lo siente, algo que espera el momento propicio, que es implacable, monstruoso, nacido del agua, algo que no le quita ojo. Aguardaba adormecido en las profundidades y por fin ha salido a la superficie, y él se lo imagina hendiendo las olas, oliendo ávidamente el aire. Lo paraliza el miedo, le da un vuelco el corazón, porque en tan breve espacio de tiempo lo han acusado, lo han condenado y han dictado sentencia contra él. Él, ¡el pecador incesante que alberga en lo más hondo del corazón una pepita negra! Y asiste a su suplicio saqueado, vaciado de toda bondad, pues nada tiene que ofrecer en su descargo. Con más ahínco escruta el agua negra del Blackwater y otra vez lo ve, algo que escinde en dos la superficie y luego se sumerge, sí, algo que siempre ha estado ahí, esperando, algo que por fin ha dado con él. Y es raro, porque está tranquilo: después de todo, es hora de hacer justicia, y gustosamente se declara culpable. Lo pueden los remordimientos, no la redención, y se lo tiene bien merecido".
—¿Podría el testigo leer las palabras subrayadas?
—Sí, "la súbita quietud del aire", "late como con pulso propio, que palpita, y vuelve luego a su tersura, a su mudez", "se elevan las gaviotas en el aire una a una, y la última de todas lanza un grito de consternación", "los efectos jubilosos del alcohol", "un raro momento hurtado al tiempo", "el pausado movimiento de algo gigantesco, encorvado y siniestro, cubierto de ásperas y tupidas escamas", "Y asiste a su suplicio saqueado, vaciado de toda bondad, pues nada tiene que ofrecer en su descarg...
—Es suficiente, gracias. La acusación no tiene más preguntas.
[...]
—¿Ha llegado el jurado a un veredicto?
—Sí, Señoría. El jurado considera que el libro de la señora Perry es cursi y moñas a más no poder y que además emplea unos adjetivos y construcciones verbales que pueden ofender al lector. Entendemos perfectamente que el señor Desgraciaíto haya dejado de leerlo.

Tenéis otras reseñas de este libro en los blogs de MG y Carmen. Creo que MG ha sido la única valiente que se lo ha terminado.

3 comentarios:

  1. El veredicto es irrefutable. Y no deja margen para recurso, salvo el de no hacer caso de las sentencias. Qué horror.

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  2. Bueno, al final en el club de lectura estamos para sufrir de vez en cuando Esta vez ha sufrido más MG que se lo ha terminado.

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