New York, New York...

Los que os pasáis por aquí ya sabéis que yo siento debilidad por Javier Reverte y por sus libros de viajes. También sabéis que me he ido desencantando con el paso de los libros.

No sé si es porque yo he cambiado, porque él ha cambiado o por una mezcla de las dos cosas. Supongo que es esto último. Por un lado cada vez aguanto menos sus opiniones y su planteamiento de la vida cada vez más intransigente y partidista y por otro lado también yo soy más intransigente y partidista.

Además antes había en sus libros una mezcla de sus experiencias y de historias de gente que había visitado esos lugares con antelación. No es que no siga siendo así, pero la parte de sus reflexiones, paseos e impresiones ha ganado bastante lugar a la parte de narrar las experiencias de otras personas y las historias sobre los distintos lugares y monumentos.

Huelga decir que esa última parte es la que más me ha interesado desde siempre y que, al haber menguado, hace que me interesen menos sus libros.

El libro, por entrar en materia, describe su estancia de tres meses en Nueva York a dónde acude para escribir una novela y, entiendo que también, esta especie de diario. Durante ese tiempo, otoño en Nueva York, nos cuenta sus experiencias, sus paseos, los conciertos a los que acude o las visitas de sus amigos. No es que carezca de interés, pero a mí, personalmente, sus discursos sobre jazz y cómo lo ha descubierto en Nueva York me sobran un poco.

Eso sí, habla de Autumm in New York y eso ya son palabras mayores:



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