Viena

A la hora a la que empiezo a escribir esto, en el previo de la final de la Champions, hace ya cuatro semanas estábamos disfrutando de la última cena en Viena que fue, sin duda, la mejor de nuestro viaje. Pero vayamos por orden. El puente del primero de mayo, como ya sabéis, estuvimos en Viena. Le prometí a @webosfritos mi crónica del viaje. Aquí la tienes, Su. Voy a dejar para otro día la parte gastronómica para que no se haga eterna.

Llegamos el jueves hacia las tres de la tarde y nos fuimos el domingo por la mañana pronto. Íbamos con el tiempo justo pero nos dio tiempo a verlo todo, me parece a mí. También es verdad que tengo anotada en mi libretilla de los viajes "a ver si no nos damos las palizas de siempre" y lo cierto es que no cumplimos el propósito. Nos hartamos a andar y llegamos al hotel agotados las tres noches. Qué se le va a hacer, así somos.

Tras registrarnos en el hotel y comer algo fuimos andando hasta el centro. Entramos en la catedral de San Esteban, con una nave central de una altura impresionante, y decidimos dejar para otro día la subida a la torre porque había mucha gente. Al parecer hay un bonito panorama de la ciudad desde ahí pero tendremos que comprobarlo en otro viaje porque al final no volvimos. Luego seguimos, atravesando la calle comercial principal, hacia la Ópera, el Albertina, Karltplatz y San Carlos Borromeo donde nos sentamos un rato a reposar sentados al borde de la fuente que tiene frente a la entrada. Hacía buena tarde y se estaba allí bien a gusto rodeado de locales y de turistas. Está en medio de una gran plaza, casi un parque con bastantes árboles. Desde allí nos acercamos al pabellón de la Secesión, que está al otro lado de la calle. No es un paseo largo y da una primera idea de la grandiosidad de la ciudad.

Ya de vuelta en busca de un sitio para cenar volvimos a pasar por la Ópera con un poco de pena. Ese día se representaba Nabucco y habíamos intentado sin suerte comprar entradas. Así que nos quedamos un minutillo viendo a Plácido por la pantalla gigante pero continuamos enseguida.

Al día siguiente fuimos a Schönnbrun, el palacio de verano de la corte imperial. ND leyó en algún sitio que bajándose del tren en la parada siguiente recorres los jardines antes de llegar al palacio. Así que eso hicimos y fue un acierto. Los jardines tienen una parte boscosa y otra tipo francés más cuidada con sus parterres y sus flores. Hay un invernadero precioso que alberga un jardín tropical y hasta un zoo tenían allí estos señores del Imperio Austrohúngaro. Visitamos también el interior del palacio. Creo que esos jardines, más la parte salvaje, es lo que más me ha gustado de Viena.

De vuelta al centro entramos a la Secesión a ver el famosos friso de Klimt. De esto ya habló ND aquí y mi opinión coindice bastante con la suya así que no os aburriré más. Por la tarde, más palacios, el Belvedere, que en realidad son dos con otro bonito jardín entre ellos y reconvertidos en museos. Allí es donde se puede ver algún Klimt, El Beso por ejemplo, y algunos impresionistas. Pero íbamos un poco cansados ya para tanto cuadro y, como ya he dicho alguna vez, cada día soy más de pasear por la ciudad que de ver sus museos por dentro.

A pesar del cansancio, como somos así de brutos, al salir del Belvedere nos acercamos (en tranvía esta vez) al ayuntamiento. Los ayuntamientos en esas ciudades en europeas son otra cosa. Edificios imponentes donde queda claro que a gestionar la cosa pública le dan también la importancia que se merece. Queda cerca del barrio de los museos que vimos sólo de lejos y que son también una serie de edificios imponentes todos juntos. Un poco en la línea de la Isla de los Museos de Berlín solo que en Viena el interior es bastante menos interesante que allí.

El penúltimo tranvía del día nos llevó al gran parque que hay junto al Prater. No teníamos intención de subir a la noria por mi proverbial miedo a las alturas pero tampoco nos vimos en la disyuntiva de decidirlo una vez llegados a sus pies pues nos perdimos paseando y acabamos en el extremo opuesto al parque de atracciones. Como ya llevábamos mucho tute en el cuerpo, en lugar de darnos la vuelta y seguir con la búsqueda, preferimos subirnos al tranvía que tenía una parada providencial casi enfrente de donde estábamos.

Esa noche cayó una tormenta tremenda y cambió el tiempo. Como era lo que decían las previsiones nos habíamos dejado para el sábado el Hofburg y las compras. El Hofburg es el palacio Imperial de invierno y está dentro de la ciudad. Aunque es más bien es un complejo de palacios. Algunos se visitan y otros sirven para otros fines, como el de residencia del Primer Ministro, por ejemplo.

También teníamos entrada para visitarlo pero, la verdad, es un poco más de lo mismo que Schönnbrun. Mi recomendación es ver los dos por fuera y solo uno por dentro. Que os interesa muchísimo la vida en la corte y Sissi, pues visitáis Hofburg que añade a la visita de las estancias imperiales (como Schönnbrun) una exposición específica de Sissi con ropa, documentos y parafernalia y otra más de las vajillas de la Corte. Si no os interesa tanto creo que con Scönnbrun es más que suficiente.

Hago un inciso aquí para decirles a los responsables de la exposición de vajillas de Hofburg (donde quiera que estén) que NO es necesario mostrar cada uno de los platos de cada una de las doscientas vajillas de la corte. Que luego hay gente que hace fotos a cada cosa, hombre ya, y no nos dejan pasar a los demás. A mí me habría encantado ver más cacharros de cocina y las propias cocinas pero entiendo que eso es una de mis taras y que no a todo el mundo le gusta (hay gente pa' tó, incluso algunos sin interés por las cocinas y sus entresijos, hay que ver...).

Esa tarde intentamos ir a comprar algún regalo. Sin éxito. Fuera del puro souvenir (venden unas réplicas de las joyas de Sissi que dan grima) y los bombones Mozart que no gustándonos el mazapán no son una opción, el comercio vienés no tiene término medio. Hay tiendas muy caras (nos sorprendió la gran cantidad de joyerías) o bastante cutres. Así que lo único que nos trajimos fue algún que otro paquete de especias que me cuesta encontrar aquí y un juego de boles de acero inoxidable con tapa. Desde luego nada típico ni autóctono de Viena pero, amigos, los caminos de la reposterexia son inescrutables... y había sitio en la maleta. Para que os hagáis una idea, a la familia le acabamos comprando bombones belgas en el aeropuerto.

Nos movimos por Viena sobre todo a pie pero también con un billete válido para el transporte público (metro, tranvía, tren) durante 48 horas naturales. Dadas las palizas a caminar que nos damos lo mismo no nos salió a cuenta pero si turisteas con más cabeza que nosotros, seguro que a ti sí.

Lo que sí hicimos con cabeza (la cabeza de ND, todo hay que decirlo) fue comprar todas las entradas que pudimos con antelación por internet. Os lo recomiendo, gracias a eso nos evitamos muchas colas y muy largas.

En resumen ha sido un viaje estupendo, después de más de un año sin salir los dos solos por ahí. Nos hemos divertdido, hemos disfrutado de la gran ciudad que es Viena y además hemos comido muy bien. Pero eso os lo cuento otro día.

4 comentarios:

  1. ¡Qué bonito Viena! A mí me encantó. Qué bien que lo hayáis disfrutado tanto, incluido el arte moderno XDDD

    Es uno de los sitios a los que sé que volveré, sobre todo porque a N le va a flipar, y con el reclamo de la ópera...

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  2. Ha sido un viaje muy bueno. Hay más cosas que ver y que hacer en Viena, por supuesto. Ya habrá más ocasiones.

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  3. Tengo pendiente Viena, y además tengo un plan parecido en mi Excel de Sitios Pendientes. Inlcuiré este link en mi hoja para repasarlo antes de ir.

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  4. ¡Uy, qué honor Peter! A ver si me animo con el de los sitios de comer que descubrimos uno buenísimo.

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