Pispitos


Creo que ya lo sabe porque se lo he dicho más veces, pero me salvó la vida. Al menos la vida social. Fue el primer día de escuela. Yo llegué tarde. Bueno, llegué a las ocho en punto pero el profesor, de Teología para más señas, llegó pronto y se puso a dar clase. ¡El primer día del primer curso! Total que, para cuando llegué, me tuve que sentar al final. Rodeada de extraños y todos tíos. Las pocas chicas que había en clase se habían sentado juntas a un abismo de donde yo estaba. Cuando yo, en uno de esos actos de centrifuguismo tan propios en mí, ya había decidido que no iba a conseguir ni un amigo, y menos una amiga, en toda la carrera ella se acercó con el salvoconducto a mi vida social. Llevaba en la mano un papelito con varios nombres apuntados y, señalando uno de ellos, me preguntó si yo era yo. Más bien si yo era algo parecido a mí porque, como siempre, alguna confusión con mi apellido tuvimos. Resultaba que un tío suyo sabía que íbamos a ser compañeras y se lo había dicho.

Lo recuerdo perfectamente, aquel primer día fuimos juntas hasta el metro. En ese trayecto tan corto descubrimos que teníamos bastantes cosas en común. Para empezar éramos de fuera pero no vivíamos en colegio mayor o residencia. Esto, aunque no parezca muy relevante, es en realidad una desventaja tremenda respecto a otra gente de fuera. Tienes muchas menos oportunidades de conocer gente y el primer mes o mes y medio de cada curso no tienes con quien hablar fuera de la escuela porque las novatadas y fiestas ocupan gran parte de la vida de los colegiales. Así que ese hecho aparentemente insignificante nos unió bastante al principio. Evidentemente aquello no iba a llevarnos necesariamente a ser amigas del alma pero sí propició que nos conociéramos mejor.

Por mi parte descubrí que merecía mucho la pena su compañía. Esto ya lo sabemos todos pero no está de más repetirlo: es una tía listísima. Es verdad que bastante despistada, lo cual la hace además encantadora y muy divertida, pero muy inteligente. Con un gran sentido crítico y muchas ganas de preguntarse qué hay detrás de las cosas. Es inquieta y curiosa y yo siempre he admirado su independencia. Y con independencia me refiero a que sus ideas son propias y no se deja influir por el qué dirán. Siempre digo que me saca de quicio porque le encanta discutirlo todo. Pero últimamente he llegado a la conclusión de que a mí también debe de gustarme bastante porque no hay vez que no entre al trapo. También he descubierto recientemente que muchas de las veces que nos lleva la contraria es simplemente por el placer de discutir.

Durante los años de la escuela hablamos de todo y lo discutimos todo. Ya os digo que si no tenemos puntos de vista encontrados ella se los ‘inventa’. Cuando todavía no habíamos descubierto el Blasco nos pasamos muchas tardes haciendo problemas en el vips y discutiendo de cualquier cosa ante la mirada atónita, al principio, y desesperada, después, de nuestras compañeras de mesa y problemas.

En aquella época hablábamos mucho por teléfono. En esas conversaciones descubrí su teoría sobre la relación entre la vista y el oído. Me reí cien mil veces de su famosa frase ‘espera, que con las gafas de no ver no te oigo’ hasta que se me atragantaron las carcajadas cuando mi cegatez alcanzó a la suya. Desde aquí te lo corroboro: cuando no se ve se oye fatal.

Luego ella se fue a estudiar fuera. Allí se dio cuenta de que la vida que llevábamos era una mierda, siempre estudiando y haciendo potrocolos de laboratorio y ‘hojas b’ de problemas. Y se convirtió, al menos a mis ojos, en una intrépida excursionista que lo mismo se va a hacer rafting que a una marcha por el desierto (es que para mí tirarme de piscina a la cabeza ya es un deporte de riesgo, todo hay que decirlo).

Cuando volvió temporalmente a Madrid descubrimos con ella los ‘pispitos’ del Blasco y disfrutamos de grandes tardes de cañas que empezaban allí y no se sabía dónde acababan. Nuestros amigos de entonces recuerdan mucho más, creo, unos diminutos pantalones de cuadritos amarillos a juego con su biquini que se puso mucho en nuestro alternativo viaje de fin de carrera y que, como ya digo, causaron estragos.

Desde aquella época dorada la verdad es que disfrutamos poco de su compañía. Los gabachos, siempre ellos, se dieron cuenta del valor de su cerebro y le hicieron una oferta laboral que no pudo rechazar. Así que ahora casi no nos vemos y casi no hablamos (las dos somos un desastre para mantener el contacto a distancia) pero cuando nos juntamos es casi como si no hubiera pasado el tiempo. Y las dos sabemos dónde estamos si nos necesitamos. Por supuesto la quiero igual o más que siempre. Por todas esas cosas que he contado arriba y por muchas otras que ahora no voy a contar, que el post está quedando bastante ladrillo.

Hoy es tu cumple: ¡¡¡FELICIDADES V!!! Sé que preferirías que te llamara P pero ya sabes que los motes no se eligen y que tú te has quedado con V. Aunque es muy posible que nunca leas esto porque seguro que ya has perdido la dirección de nuestro blog: gracias eternas por salvarme la vida.

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