El pasaplatos, ese gran desconocido

Siguiendo con la exitosa serie sobre cosas que desconocía antes de conocer a Anniehall hoy le toca el turno al pasaplatos. Realmente yo ya sabía lo que era un pasaplatos. Lo que no sabía antes de conocer a Annie era que yo podía hacer uno sin quererlo y que, además, sería algo realmente fácil.
Todo comenzó al poco tiempo de estar viviendo en nuestra nueva casa. Como toda cosa nueva, una casa siempre tiene pequeñas imperfecciones que hay que ir subsanando. Las imperfecciones de nuestra casa darían para otro post que quizá escriba algún día. El caso es que por entonces yo me consideraba el rey del bricolaje. No había taco, broca, tornillo o kit de construcción que se me resistiera. El orgullo, incluso la soberbia, que no en vano es pecado, me impulsó hacia metas más comprometidas, retos más difíciles y saltos en el vacío de mayor complejidad. En el salón de nuestra casa teníamos un interruptor doble que encendía dos lámparas. Bueno, habilitaba el circuito, porque lámparas, lo que se dice lámparas no teníamos más que el típico casquillo de obra. Decididos a solucionar el problema compramos dos lámparas, una de las cuales era halógena. En ese momento pensamos que sería bueno poner un regulador en una de ellas de manera que controlaramos el nivel de luminosidad según nuestras apetencias. Hecho el estudio de mercado descubimos que no hay en el mercado (o no lo había, o no lo encontramos) interruptores dobles con regulador.
Llegado a este punto me animé y dije (si se pudiera volver atrás en el tiempo sólo una vez, elegiría este momento para callarme la boca) 'Eso tampoco tiene mucha dificultad, se hace un hueco en la pared y se pone otro interruptor a continuación'. Esas palabras dichas con mi confianza en mis dotes bricolajeras tendrían unas consecuencias que no podía sospechar. Dicho y hecho. Un día compramos los interruptores, un cincel, pintura y nos pusimos manos a la obra. Bueno, yo me puse a cambiar los interruptores y Annie se puso a pintar las jardineras.
Empecé a picar en la pared poco a poco pim pam pim pam. Llegado un momento noté que me costaba seguir avanzando para hacer hueco y empecé a golpear con más violencia PIM PAM PIM PAM. Atravesé un plástico negro del que desconocía su existencia y, de repente se hizo la luz; se hizo la luz en el pasillo, porque con mi falta de previsión no me había dado cuenta de que donde yo estaba picando, pero por el lado del pasillo, había otra llave de las luces del pasillo.
Se me heló la sangre. Pero era el momento de las grandes decisiones. O agachaba las orejas y admitía mi fracaso o seguía adelante, hacía un nuevo hueco para el nuevo interruptor, sujetaba el que se había caido y triunfaba arriesgándome, en caso de fracaso, a la más lamentable de las ignominias teniendo que devolver el cinturón de campeón del mundo del bricolaje a su legítimo dueño, alias 'el de bricomanía'.
Por supuesto que opté por seguir adelante y dale, dale hasta que conseguí realizar un perfecto pasaplatos de unos cincuenta centímetros de longitud y unos siete u ocho centímetros de altura. Llegado mi esfuerzo bricolador a su apogeo Annie vino a ver mi hazaña. Yo me esperaba un recibimiento tipo descanso del guerrero en el que ella me alentaría o tal vez algo tipo 'pero, ¿qué has hecho, desgraciao?'. En lugar de eso se puso a llorar como una magdalena sin que pudiera decir nada.
Llegado este punto, dejé el escoplo en el suelo junto con mis ilusiones bricolajiles, le di un abrazo intentando calmarla y, a continuación, llamé al tipo que nos había hecho la reforma del piso y le dije que si podía venir alguien a arreglar el desaguisado. Me cobró 60 euros por arreglarlo, pero los pagué contento.
Al final tuvimos nuestro regulador, tapamos nuestro pasaplatos y aprendimos que el mejor modo de imitar el gotelé es salpicando pegotes con un cepillo pequeño.
De todas formas, aún guardo el escoplo. Lo tengo escondido esperando una ocasión para redimirme. Annie me ha dicho que no le gusta el teléfono de ducha que tenemos. Tal vez sea la ocasion...

Madratones

Los martes en general son días difíciles. Al hecho de arrastrar todavía el mal cuerpo del principio de la semana se le suma que para mí es un día de carreras, generalmente de obstáculos. Los martes me toca recoger a los niños a las cuatro y comer casi a las cinco después de pelearme con C para que se suba a la silla del coche y poder atarla, volverme a pelear para que se baje y deje de ‘conducir’, pelearme con los dos para subir media planta, caminar cincuenta metros, subir siete plantas más en ascensor, calentar mi comida mientras preparo sus meriendas y conseguir comer algo mientras ellos meriendan.

Esto, que parece una tontería, en realidad no lo es. Lo que pongo arriba es la versión para todos los públicos. En la versión para mayores con reparos es posible que ni coma porque preparar la comida con un niño que, a juzgar por cómo llora, parece que lleve meses sin comer es toda una hazaña. ¡Qué capacidad pulmonar, oye! ¿Cómo es posible que alguien tan pequeño sea capaz de gritar tanto? Pelar el primer trozo de manzana con semejante presión se convierte en una tarea delicadísima, las manos tiemblan, la manzana se resbala, el niño te mira con desconsuelo y se acerca peligrosamente al cuchillo… Un drama, vamos.

Ahora, qué paz se respira después de darle ese primer trozo. Qué silencio. Cuando te estás reconciliando con la maternidad, con haber elegido ser tú la que reduzca su jornada, con la infancia, cuando estás volviendo a pensar que el mundo es un lugar en el que merece la pena vivir, ¡buaaaaaaaaa! ¡Ay, Dios! a pelar el segundo trozo. Si la reconciliación me ha permitido meter el tupper en el microondas, hay suerte. Si no, hoy no toca comer.

Después del segundo trozo, el hambre me devuelve a mi niño precioso y las cosas se calman un poco. Nos sentamos los tres, yo en el sofá, J en su bumbo y C en su mesita y cada uno a comer lo suyo. Bueno no, ellos a intentar comerse lo mío y yo a intentar que se coman lo suyo. Porque es curioso cómo quieren siempre lo que no está en su plato. Aunque lo que esté en el mío sea lo mismo que ellos no quisieron ni probar el día anterior. Esta pelea suele estar amenizada por el repelente Caillou y sus chorradas y esto es, sin duda, lo peor de toda la tarde. Si lo habéis visto alguna vez me entenderéis. Si todavía estáis a tiempo, evitadlo. No digáis que no os avisé.

Tras la merienda viene el cambio de ropa. Al ritmo que crecen los niños y al precio que van los uniformes del cole, no estamos como para andar con tres recambios ni como para romperlo en el parque. Así que toca cambiarse de ropa. Cambiar a J requiere una pericia que ya la quisiera para sí McGyver. Parece como si el cambiador fuera una cama de faquir. Supongo que desde fuera debe de ser gracioso vernos forcejear mientras doy voces a C para que se vaya cambiando ella sola. Os juro que muchos días sudo y cualquier día me quedo afónica.

Llegados a este punto suele alcanzarnos ND. Eso es una bendición porque salir uno solo con los dos por la calle o, peor, al parque es también tarea difícil. Así que en el mejor de los casos vamos los cuatro al parque, a la compra o a lo que toque. A mí me encantaría ser capaz de decirle ‘no te preocupes, quédate, si acabas de llegar’, pero no puedo. Después de las diferentes etapas madratonianas no me quedan fuerzas y lo que estoy deseando es que me lo diga él a mí. Aunque intento disimularlo me temo que la mayoría de los días mi cara me delata con una especie de gesto que insinúa ‘¿quién me mandaría a mí?’.

El paseo suele ser más tranquilo lo que pasa es que no podemos relajarnos porque luego llegan el baño y la cena. Y eso sí que son campos de batalla. El baño es uno de esos sitios como tantos otros en los que tienes que pelearte primero para que entren y mucho más después para que salgan. Además si te toca bañar a J (ND y yo nos turnamos escrupulosamente) tienes propina: segundo asalto en el cambiador para faquires.

Como ya he dicho después del baño viene la cena. Las cenas últimamente las tenemos amenizadas por J llorando como si le mataras hasta que se decide a probar el primer trozo (ni se nos ocurra intentar dárselo antes) y por el gran hit de la temporada: ‘C cómete el yogur’, una versión renovada del ya clásico ‘Andreíta, cómete el pollo’. La cena es además un momento entre el desfallecimiento y la esperanza. Lo del desfallecimiento creo que es obvio. Lo de la esperanza es porque durante la cena empiezas a acariciar ese momento sublime en el que podrás disfrutar, al fin, de unos minutos de paz a solas con tus pensamientos o, en mi caso, con ND. No mucho más que unos minutos, la verdad, porque llego tan cansada al final del día que muchas veces me quedo frita en el sofá sin siquiera haber cenado.

Ahora que sabéis más o menos lo que me espera os dejo, que hoy es martes y ya tengo que ir calentando. Además hoy toca pediatra. Pero esa será otra historia.

Súper poderes

Seguro que todos (¿o tal vez todos es muy ambicioso para este blog?) habéis tenido alguna vez esa conversación en la que nos preguntamos qué súper poder molaría más: ser transparente, volar, leer la mente… Pues yo hoy me he levantado pensando en eso y después de darle dos o tres vueltecillas he llegado a la conclusión de que si alguna vez tengo la oportunidad yo me pido otros.

Para empezar paso de volar que tengo miedo a las alturas. ¿Transparente? La mayoría del tiempo ya lo soy, un ser insignificante entre la marea de humanidad irrelevante y borrega. Y, la verdad, no me parece nada molón. Creo que lo de leer la mente no me hace falta, normalmente se me da bastante bien adivinar las intenciones del que tengo enfrente así que no gastaría un deseo en eso.

Además los súper poderes que a mí me gustarían no deben ser tan inalcanzables porque mi ND los tiene. Y me consta que muchos otros hombres también.
Ahí va lo que yo me pido:
  • Súper poder ‘mente en blanco’. Ese sería el poder que me llevaría a una isla desierta. Qué gusto poder dejar de centrifugar aunque solo fuera un ratito… Ay, se me saltan las lágrimas de pensarlo. De todos modos, esto lo tengo yo muy hablado, no cuela, no me lo creo. Es imposible no pensar en nada. Pero vamos, que si dejan, me lo pido.

  • Súper poder ‘atrapado por su sofá’. Yo me pregunto ¿por qué cuando llegamos a casa a la vez yo tardo, por lo menos, diez minutos más en sentarme en el sofá? Es que no lo entiendo. Vale, yo normalmente me cambio de ropa al llegar a casa. Pero ¿y los otros ocho minutos? Pues nada, por el camino a la habitación me acuerdo de la ropa para la piscina de los niños del día siguiente, de sacar la cena del congelador, llevar la ropa sucia a su cesto, recoger lo que habíamos dejado tirado antes de salir… qué se yo, un millón de cosas. ¿Por qué demonios no soy capaz de simplemente sentarme en el sofá? Es todo un misterio. Pero yo quiero eso. Quiero, como Escarlata, ser capaz decir ‘eso ya lo pensaré mañana’.

  • Súper poder ‘cerrar las orejas’. Qué envidia, ser capaz de estar leyendo rodeado de gente como si nada pasara a tu alrededor, poder no oír a los niños hasta que lloran o, ni siquiera cuando lloran por la noche. También lo quiero. He hecho la prueba un millón de veces y sé que no es que no haga caso, es que no oye. Cambio una cosa de sitio y digo ‘ND escúchame, he cambiado tal cosa a este sitio’. Bueno, pues la próxima vez que lo va a buscar ‘Anniehall, ¿dónde está tal cosa?’ ‘¿Pero no te acuerdas que te lo dije cuando lo cambié de sitio? No, si el sobrenombre de Google te lo ganaste por algo’ No falla, él siempre negará que se lo dije. Esta debe de ser una de las conversaciones que más veces hemos tenido. Y ya he llegado a la conclusión de que realmente no lo oyó, pará él es como si no lo hubiera dicho. Del súper poder ‘incapacidad para encontrar lo que busco’ paso. Por si quedaban dudas.

Antes de que ND me riña porque vais a pensar todos que es un gañán os diré que ND hace tantas cosas o más que yo de la casa, que es un padre estupendo y que el súper poder ‘cerrar las orejas’ se le anula cuando la situación de los niños realmente lo requiere. Lo que pasa es que yo soy más angurrias. Aunque los que le conocéis ya lo sabíais.

Angustias


J cumplió dos años sin emitir casi una palabra. En la revisión de los dos años la pediatra nos mandó al neurólogo. La cita nos la dieron para más de dos meses después. ¿No se supone que Espe iba a reducir las listas de espera? Aunque estábamos un poco preocupados resulta que en estos dos meses J ha empezado a imitar sonidos de animales, onomatopeyas varias y a decir algunas palabras algo precariamente. Para cuando nos tocaba ir al neurólogo ya pensábamos que sería un mero trámite y que nos dirían que sí que va un poco lento pero que no hay de qué preocuparse.

El lunes ND fue al neurólogo con J. Yo, como toda madre agobios que se precie, me pasé toda la noche debatiéndome entre ir con ellos y pasarme meses recuperando horas de trabajo perdidas o no ir y sentirme súper mala madre. Al final ND me dio el empujón hacia la oficina. Iba en el coche sintiéndome la peor madre del mundo y esperando la llamada tranquilizadora de ND. Nada más lejos. Resulta que el neurólogo eran dos, una especie de pin y pon becarios de neurólogo infantil que se dedicaron a hacer las preguntas más absurdas y crearnos la mayor de las inquietudes a mí y el mayor de los cabreos a ND. Según el relato de ND se preguntaban entre ellos ‘¿a ti qué te parece?’, se iban de la consulta y les dejaban solos largos minutos y se asombraban por cosas como ‘¿siempre coge las cosas así?’, ‘¿no hace montones de bloques?’, ‘¿no pone los bloques en fila y los empuja como si fueran un tren?’ Y ND 'Pues no, no hace montones de bloques pero juega con el lego, es muy hábil encajando piezas en su lugar y le encanta arrastrar trenes y coches' ‘¡Ah! no, tienen que ser bloques de apilar’. Coño, pues si tan importantes son los bloques que te los den al salir del hospital o que te hagan una receta cuando le toque empezar con ellos.

No nos dieron bloques pero sí un volante para el otorrino y otro para el logopeda. En otro alarde de reducción de las listas de espera, el otorrino con volante preferente lo tiene en febrero y el logopeda ¡en abril! Además resulta que esas citas no se pueden cambiar. La del neurólogo después de esas visitas sí, pero éstas no. ¿Qué pasa si te rompes una pierna o tienes un viaje inaplazable o el niño está malísimo ese día? Pues no lo sabemos, sólo que esas citas no se cambian. ¿Será esta la manera de reducir las listas de espera? ‘No, es que ese día no puedo’ ‘Ah, pues haber elegido muerte’. Y tu cita se la dan a otro.

Teniendo en cuenta que hasta abril no íbamos a conseguir un diagnóstico por ese camino, pusimos en marcha la maquinaria suegril y gracias a sus contactos y un poquito también a la suerte conseguimos una cita con una neuróloga ‘por lo privao’, que dicen en mi tierra, ayer mismo. ¡Qué diferencia! Una tía amabílisima, sospechosamente joven (¿o será que yo me hago mayor?) y bastante consciente de nuestra preocupación nos dijo por fin lo que queríamos oír y lo que parecía lo más razonable conociendo a J. O sea, que va retrasado con lo de hablar, sí, pero que parece estar todo bien, su inteligencia es normal y no tiene ningún problema de desarrollo neurológico. Que vayamos al otorrino sí, no vaya a ser que no oiga bien del todo, y ya que tenemos una de esas citas inamovibles, y al parecer preciadísimas, al logopeda.

Yo me quedé mucho más tranquila y también mucho más cabreada con los otros dos elementos. ND, siempre mucho más realista y tranquilo, sólo consiguió aumentar su cabreo. Aunque supongo que también se relajó ante la perspectiva de no tenerme tres meses centrifugando sobre las posibles patologías terribles que acechaban a nuestro J.

Que conste que hasta ahora estaba contentísima con el sistema público de salud y que creo que se trata de un problema de las personas, insensibles e inexpertas en este caso, pero no del sistema. Aunque tal vez un poco de un sistema al borde de su capacidad que no tenga médicos suficientes para formar a los novatos también tenga la culpa…

En fin, espero que en abril J le cante la traviata al logopeda.

Porque me apetece

Hoy me voy a poner un poco sentimental. No hay ninguna razón especial. O sí. Hoy según venía a trabajar he estado oyendo esta canción y me ha puesto sensiblón.



Me trae muchos recuerdos. Recuerdos de cuando nos conocimos como ya ha contado Annie.
En fin, lo nuestro empezó como cuenta la canción y sigo emocionándome hasta casi llorar cada vez que la oigo y pienso en Annie. Es lo mejor que me ha pasado en la vida y quiero que lo sepáis.
Te quiero mucho, bueni.

El apresto, ese gran desconocido


Dado el éxito que tuvo mi post sobre el embozo, me dispongo a continuar con otro elemento del que desconocía su existencia hasta que conocí a Anniehall. Este maravilloso elemento es el apresto. Yo, cuando era un gañán, cuando me compraba una camiseta, unos calcetines o unos calzoncillos no pensaba en lavarlos y ponérmelos. Si no estaban arrugadas, se entiende que las camisetas porque los calzoncillos y los calcetines con arrugas o con lo que fuera me los ponía sin más, la estrenaba sin lavarla y sin nada. Cuando Annie me vio hacer algo así puso el grito en el cielo y dijo que había que lavarla para quitarle el apresto.
Yo al principio pensé que era algo así como el código de barras o esas etiquetas quilométricas sobre la composición y cómo lavarla que ponen en la ropa y que se te clavan en el costadillo, pero, ignorante de mí, resulta que es algo que le echan a la ropa para que esté más tiesa y se arrugue menos...

¿Y?

Pues que parece que está mal que te pongas la ropa así. A mí nunca me había molestado, la verdad. De hecho, sigo poniéndome los calcetines y calzoncillos sin lavarlos previamente siempre que la suciedad no sea visible. Y, aunque no os lo creáis, sigo vivo y no he tenido ninguna 'infición'. A lo mejor me pasa como a la gente de países extranjeros a los que vas y te dicen que no puedes beber el agua del grifo y ellos la beben sin ningún problema y no se mueren. A lo mejor he asumido (inconscientemente) un tremendo riesgo al ponerme esas delicadas prendas interiores sin previamente desaprestarlas. A lo mejor, seguramente sí, soy un guarrete sin remedio.
Tampoco debe de estar tan mal el apresto cuando resulta que es algo que venden en frascos, aunque por lo que me ha parecido entender se usa más para cortinas, manteles y cosas así que para la ropa. Estoy pensando en añadirle apresto a mi ropa, así sería como estrenar ropa todos los días. Alguien dirá que es algo molesto, que puede producir escoceduras o cierto anquilosamiento cuando la capa de apresto acumulado aumenta.
Me da igual. Si el precio que tengo que pagar por que mi ropa tenga apresto es el que parezca una mezcla entre robocop y chiquito de la calzada, sea. Pecadooorrrr!!!

Mi nuevo compañero de despacho


Llevo esperando tiempo para empezar a escribir algo en el blog buscando una entrada pletórica, pero como la gran inspiración no llega, voy a empezar por una chorrada. Mi nuevo compañero de despacho.

Para los que no me conozcáis, hasta hace un año estuve trabajando en Madrid en empresas de esas en las que entras a las 9 y sales a las 3 (ambas AM). Cada cierto tiempo te mandaban a las antípodas a resolverle a alguien un problema porque eras el mayor experto del mundo en ese problema. Problema del que no tenías ni puta idea pero no se te podía notar, porque el que te había pagado el viaje se podía mosquear bastante si se enteraba de que todo tus conocimientos en la materia los habías sacado de los 10 primeros resultados de Google. Hace un año me vine a la ciudad de las calles sin nombre a un trabajo en un entorno digamos "más estático". Y el año nuevo me ha traido un regalo. Un nuevo compañero de despacho. No tenemos demasiado en común. Está a punto de jubilarse, llevaba 20 años en su último puesto y, como le dice a todas las personas con las que habla por teléfono (en serio, A TODAS) está bien un cambio de vez en cuando. Dada su edad y la mía, me da consejos. Me dice que guarde el portátil en el cajón con llave para que no me lo quiten, que reclame mis derechos, que coja días de vacaciones, me cuenta cómo tengo que usar la impresora... No se los pido, pero él me los da. Otra cosa muy característica es que habla por teléfono ALTÍSIMO. Tanto que, si estoy hablando yo con alguien me tengo que salir del despacho, porque le oyen más a él que a mí. Soy incapaz de hacer nada cuando él habla. Mi cerebro monotarea es incapaz de abstraerse en algo que no sea escuchar su conversación. Supongo que habla tan alto para hacer juego con el volumen que tiene puesto en el tono del móvil. No sabía que hacían móviles que sonasen tan alto. Precisamente por esto, al contrario de lo que pueda parecer, estoy encantado. Cada vez que suena su móvil, la paz desaparece 5 minutos, pero soy incapaz de llevarme mal con alguien que tiene como tono "Resistiré".

El embozo, ese gran desconocido

Hoy voy a hablaros, sobre todo a los tíos, de algo que a mí antes de vivir con Anniehall no diré que me era desconocido, pero no había profundizado suficiente en sus maravillosas propiedades y prestaciones. Vamos a hablar del embozo.
Esta bien, yo ya sabía lo que era el embozo. Ese trozo de sábana que cubre la manta y que cuando haces tú la cama siempre queda torcido.
Yo no sabía de su importancia hasta que me fui a vivir con Annie. Debe ser muy importante porque ella siempre me echa la bronca porque tengo la sábana toda arrugada y no tiene embozo. Me mira como a un extraterrestre cuando oso decirle que a mí el embozo me importa un pito y que lo que yo quiero es que el edredón, la sábana o la colcha me tapen el cogote y no me entre frío y que me da igual que sea más o menos áspero, pero que aunque sea la suavidad en sábana, si no me tapa el cogote no me vale para nada.
Ya habréis adivinado que todos estos bien fundamentados argumentos a ella no le valen para nada. Ella, como si no me hubiera oído, vuelve a repetir: "pero es que no sé como puedes dormir sin embozo con lo bueno que es"
Hay otras cosas que no consigo apreciar en la medida en que debería Son cosas tales como hacer la cama cada día. Yo, antes hacía la cama cuando había que cambiar las sábanas o cuando de tirar de la manta y de la sábana para arriba terminaban por salirse y se me quedaban los pies al aire. Yo entiendo que es mejor entrar en una cama hecha que sin hacer, pero a mí no me compensa el tiempo que pierdo en hacerla con el provecho que saco, mejor dicho, que sacaba, porque ahora saco el provecho de ver a Annie contenta e intento que la cama esté más o menos hecha. Por lo menos en su lado.
Ya veis que a a todo se acostumbra uno. Bueno, a todo no, porque no consigo acostumbrarme a que esté metido en la cama esperando a que entre Annie y cuando finalmente se acuesta tire para arriba del 'enredón', del embozo y me enrolle los pies hacia adentro como a la bruja del este en el Mago de Oz.

Avatar


Por desgracia creo que no voy a ser nada original pero con algo tendré que inaugurar el año bloguero.

Ya os contó ND lo difícil que resultó llegar a ‘No es tan fácil’. Claro, si el propio título lo dice (lo sé, malo maloso el chiste). El caso es que al segundo intento lo conseguimos y, la verdad, nos lo podíamos haber ahorrado. La película no se merece cuatro entradas del cine y dos de blog así que no me extenderé mucho. La peli ni siquiera ofrece lo que imaginas que verás al comprar las entradas. Flojita, flojita aunque con sus momentos graciosos. Hay una escena fantástica con un video chat y una entrada estelar de Alec Baldwin. Y, claro, está Meryl, espléndida desde que se ha quitado de encima esa seriedad que parece que tenía que darle a todo lo que interpretaba.

Pero dejemos las comedietas y pasemos a ‘Avatar’. Nos han vendido que ‘Avatar’ es una especie de ‘2001’ del siglo XXI, o sea lo más innovador en el cine desde entonces. Pues, francamente, no sé yo. A lo mejor es que no soy una visionaria porque, la verdad, ‘2001’ me parece un petardo. ¡Cinéfilos del mundo, apedreadme si queréis! Me da igual, yo ya paso de impostar culturetez. Cuando voy al cine quiero algo que me entretenga. Por supuesto pido algo más, pero si me dan ese algo más sin entretenimiento no me gusta.

Respecto a la innovación de ‘Avatar’ vamos por partes. Sin duda, visualmente es espectacular, y cierto es que ha creado un mundo que no se había visto antes. Ahora, ¿a quién le parece ese un mundo ideal? Parece una realidad iluminada por luz negra, el paraíso de un discotequero irredento, trasnochado y anclado en los ochenta. Pero en los de verdad, no en estos que vuelven ahora descafeinados. Por Dios, si hasta las huellas de los avatares se iluminaban a su paso. ¿Innovador? Sí, muy innovador. Pero feo, también, un rato.

Luego está el asunto del 3D. Llegaba el ND al cine comentando que en realidad esto del 3D es un poco filfa, porque sensación de volumen realmente sólo la da lo que está en primer plano. Aunque entonces se lo discutí, ahora, dos horas y media de 3D después puedo decir desde aquí que sí, que ND tiene razón, sólo se le ve la tercera dimensión a lo que está en primer plano. Además parece que el invento le pilló a Cameron con la peli a medio hacer. En algún sitio he leído que lleva como siete años con ella. Yo he llegado a la conclusión de que hizo un apaño y, teniendo ya la peli empezada, sólo voluminizó unas pocas escenas aquí y allá. Si no lo hacía la supuesta película revolucionaria se le iba a quedar en una suerte de rareza anacrónica silenciada por la llegada del cine 3D. Cuando me olí el pastel me quité varias veces las gafas a lo largo de la peli y comprobé que en muchas escenas da exactamente igual tener las gafas que no tenerlas. Haced la prueba y veréis.

Hay quien dice que esto del 3D es el futuro. Yo francamente no lo acabo de ver. Lo realmente espectacular sería que cuando están conectando con el avatar sintieras que estás entrando tú en la espiral multicolor esa que sale. Pero en esas escenas no hay mayor sensación de profundidad que en el huracán que hizo llegar a Dorothy a Oz en el 39 del siglo XX. ¡He dicho en 1939! Así que, francamente, futuro, futuro… yo no veo mucho. Cuando me vayan a meter en el torbellino que me avisen. Mientras tanto paso de ponerme esas gafas que son un engorro. Y fui con lentillas, que si me las tengo que poner encima de mis gafas me habría parecido casi una tortura. Sé que cosas parecidas dijeron otros antes sobre el color o el cine hablado. Evidentemente ellos se equivocaron. Yo también puedo equivocarme ahora. No sería la primera vez. Pero por ahora no me parece mucha novedad este 3D.

Por último está el argumento. ¿Último? ¿El argumento no debería ser lo primero? Bueno, es verdad que en este tipo de películas el argumento suele ser lo de menos. Pero teniendo en cuenta cómo nos han vendido ésta el argumento, digo yo, debería estar a la altura. Pues tampoco. Si seguimos con el asunto de la evolución en el lenguaje cinematográfico, esta historia ya nos la han contado millones de veces. Muchas de ellas mucho mejor que en esta por cierto.

Aviso, si todavía no la has visto (qué cachonda, como si leyeran esto cientos de personas) a lo mejor no quieres seguir leyendo porque puede que la destripe. Aunque como ya he dicho no creo que te cuenten nada que no te vayas a imaginar antes de que suceda. ¡Anda que no he visto yo westerns con esta misma historia! El forastero que llega a un grupo en el que debe integrarse para conseguir algo, el grupo que le recibe con suspicacia, el forastero que se va integrando superando con brillantez las pruebas que se le plantean y poniendo de su lado hasta a los más reticentes, el forastero que se plantea dudas sobre su misión, el amor, la supuesta traición, la renuncia a sus orígenes… Lo dicho, nada nuevo.

Además toda la historia se reviste de un ecologismo de lo más naif y maniqueo. Los malos son malísimos y su único interés es destruir el planeta para conseguir sus fines. Y los buenos son buenísimos y están súper conectados con la naturaleza, ¡si hasta tienen un puerto USB (gracias ND) para conectarse literalmente con la madre Pandora!

Por si esto fuera poco también está presente en la película ese absurdo sentimiento de culpa que tenemos que sentir, al parecer, los blancos occidentales por habernos cargado la Tierra. Sí, porque los malos son, por supuesto todos blancos. Y los pobladores de Pandora tienen unos rasgos y unos ritos un poco mezcla de los de los negros (perdón, supongo que debería decir afroamericanos) y los indios norteamericanos. Aunque cuando se ponen a cantar en un rito pseudo religioso a mí me recordaba más a una iglesia católica de los años sesenta que a unos indios alrededor de una hoguera. Ojo, me refiero al cántico, no al baile.

En resumen, sí, muy espectacular, pero ni fu ni fa. No diré que no es entretenida, que lo es, pero desde luego, no es un nuevo camino de expresión en el cine. Eso, no. Y eso parece que es lo que quiere vender el señor Cameron. Mejor que se dedique a vender las secuelas, aunque está claro que en eso ya ha pensado.

El subconsciente, ese gran desconocido

Tengo que empezar diciendo que estoy escribiendo este post a las 7 de la mañana en mis vacaciones. Sé que eso no habla muy bien de mí, pero si hablara bien de mí esto se parecería más a otros blogs y seguramente no tendría el gran éxito de crítica y público que tiene. He de decir que estoy con anginas y con un dolor de cabeza de un par de narices, así que disculpadme si me notáis algo espeso.
Me parece que me estoy llendo por las ramas. El motivo de estas líneas era relataros los sucesos que acaecieron ayer por la noche.
Todo empezó en una lluviosa tarde santanderina (bueno, realmente no llovía, pero, como llevaba lloviendo sin parar los últimos tres días, a uno de secano como yo ya se le mete dentro que llueve). Tan lluviosa que nos quedamos sin bodies para J. así de jodía es la humedad. El pobre J. no anda sobrado de bodies, teniendo además en cuenta que está heredando los de su hermana de color rosa. Tal vez dentro de veinte años haya un post de J. contando sus traumas y esto aparezca por el ciberespacio o lo que se estile por entonces. El caso es que mi suegra con gran diligencia se puso a planchar uno para secarlo y como vio que no se secaba deprisa decidió meterlo en el microondas sin acordarse de los automáticos de metal. El resultado fue un body chamuscado y quebradizo que según se lo ponía al pobre J. iba sonando a desgarrón y a que en cualquier momento me iba a quedar con una parte en la mano y J. iba a deambular por la casa como un paganito cualquiera.
Hacía tiempo que Anniehall quería ver la película de Merryl Streep así que decidimos pasarnos por el centro comercial, comprar unos bodies, cenar en el hollywood e irnos a otro centro comercial (el primero no tiene cines) a ver la película.
El primer objetivo lo conseguimos entre una marea humana considerable. El segundo lo conseguimos tardando más de lo previsto. En el Hollywood andan mal de personal, son lo que yo llamo trabajadores tipo funcionario: gente a la que tienes que agradecerle que de vez en cuando se dignen a prestarte atención (que no se ofendan los funcionarios de este blog, ellos son los primeros que saben de qué tipo de personaje hablo). La verdad es andan mal hasta de cartas. Tuvimos que esperar más de un cuarto de hora a que nos dieran la carta porque había una mesa de ocho que aún no había pedido y tenían monopolizadas las cartas. Como somos pusilánimes esperamos en nuestro rincón y nos portamos como ganado obediente. Cenamos, pagamos (intentó pagar Anniehall cuya tarjeta no funcionaba y pagamos con la mía) y nos fuimos disparados porque íbamos con el tiempo justito.
Llegamos a tiempo al cine y cuando fuimos a sacar las entradas del cajero automático...

-No tengo la tarjeta ¿dónde está la tarjeta?
-¿Seguro que no la tienes en otro sitio?
-No, siempre las pongo en el mismo sitio.
-Pero a lo mejor las tienes en el bolsillo...
-No, me la he dejado en el Hollywood. No recuerdo haberla visto.
-Pero si estaba ahí en la mesa.
-No me acuerdo...
...

-Venga, vamos al Hollywood.
-Lo siento.

Volvimos al restaurante y allí estaba la tarjeta. Al final nos quedamos sin cine y aquí es donde viene lo del subconsciente: ¿será que no quería ver la película? ¿mi subconsciente al ver que había cubierto sus necesidades básicas quería irse a dormir? ¿soy un desastre con patas? ¿serán los antibióticos? ¿Serán las bacterias que invaden mi garganta (y posiblemente mi cerebro) las que no querían ver una peli de tías?
Misterios.
Lo siento, Anniehall, eres una santa.