Si hoy es 8 de noviembre y estamos en París…

Como prometí el otro día voy a contaros lo más emocionante de nuestro viaje a París.

Todo empezó el día 7 por la tarde. Después de irse los niños con mis suegros, me asaltó la duda mientras hacía la maleta. ND tiene la buena costumbre de llevarme a sitios bonitos cuando vamos de viaje, así que de verdad que inocentemente le dije desde la habitación:
- ND… solo me voy a llevar vaqueros y pantalones de pana. ¿No tengo que llevarme nada más verdad?
- Mmmmhhhh, no… bueno… yo me voy a llevar una camisa.
Mientras corro de la habitación al salón: - ¿Cómo que una camisa? ¿para qué una camisa?¿dónde me vas a llevar? ¿qué sorpresa me has preparado?
(Creo que aquí hay que aclarar que ND lleva camisa casi exclusivamente por imperativo laboral o de etiqueta en ciertos sitios).
- ¿Yo? A ningún sitio. Bueno, no sé. Por si acaso.
- ¿Cómo que por si acaso? De eso nada, eso no cuela ¿dónde?¿dónde?
- ¡Ay! Déjame, que no te lo puedo decir - ND estaba cada vez más nervioso.
- Qué tontería ¿cómo no me lo vas a poder decir?
- Pues porque no te lo puedo decir... Y no te lo puedo decir.
- ¿¿??
Tenía tal desencaje que no seguí insistiendo (cosa rara). Me vuelvo a la habitación pensando en qué demonios meter en la maleta.
- ¿Está bien si meto el vestido azul?
- Psí… creo que me yo voy a llevar el traje
- ¡El traje! Entonces el vestido azul no vale, no sé qué me voy a llevar.
- Sí, mujer, sí te vale.
- No, si tú llevas el traje esto es poco pero claro, como no me lo dices.- ¡¡Es que no puedo!!... bueno, venga te lo voy a decir.
Con la cara de preocupación que tenía no pude más que desistir:
- No, no, si no puedes, no me lo digas.
- Que sí, que sí, que ya está… que esto es un lío y…
- Que no, que no, que si no puedes no puedes. (Así de absurdo era todo, sí.)
- Que sí, venga. Es que mi padre me ha deslizado dinero (mucho dinero) en el bolsillo cuando cambiábamos las sillas ‘para que lleves a Annie a cenar en París’. Pero me ha dicho que tiene que nadie puede saber nada. Y, claro, es un lío. Así, sin tiempo, a ver dónde te llevo. Y ya he visto un sitio… pero claro a ver cómo hago la reserva... Voy a hablar con mi hermano…

(Debéis saber que todo este momento absurdo fue calificado por Bichejo como ‘de puro amor’. A mí me hizo mucha gracia que lo viera así, porque será de amor filial o paterno o suegril ¿no? Al fin y al cabo el que nos invitaba a cenar era mi suegro.)

Y se fue al salón, hecho un manojo de nervios a ver si podía conseguir una reserva en un sitio a la altura.

Y vaya si lo encontró. Mi cuñado nos gestionó la reserva para el mismo jueves de nuestra llegada. Total, que después del paseo por Montparnasse y de tomarnos algo por Ópera con P, nos volvimos al hotel a prepararnos. Tuvimos que coger un taxi porque no llegábamos. ¡Qué nerviosa estaba! Eran más de las ocho, pensé que perdíamos la reserva. Pero no, llegamos a tiempo a pesar del taxista.

Entraba yo preocupada por que mi pinta no estuviera a la altura del lugar cuando justo delante de nosotros veo a unos tíos ¡con Sombrero y botas de cowboy y guardapolvos de Chuck Norris en Walker Texas Ranger! preguntando a la recepcionista (sí, el restaurante tenía recepcionista) por su atuendo. Pues cuál fue mi sorpresa cuando les contestó que lo único que tenían que llevar era chaqueta. O sea, podían ir con esas mismas pintas siempre que se pusieran encima una chaqueta. A mí me parece un poco absurdo.

Nos pasaron a un saloncito desde donde nos subían, a cada mesa individualmente, al comedor en ascensor. Haced cuentas: una recepcionista, un camarero que te acompaña al ascensor, un ascensorista que te lleva a la planta del comedor, un camarero (bueno, este sería maître, digo yo) que te recibe en el ascensor y te acompaña a la mesa… a mi me daba miedo hasta tocar nada.

Pues oye, la otra gente en el comedor de lo más natural, como si fueran ahí a diario. Hasta una familia perfectamente francesa (toda chic, languidez y silencio) con dos niños pequeños a los que no se les oyó una palabra ni corrieron por ningún sitio. Y también una señora mayor a la que parecía que hablaran de tú (bueno, eso no, siendo franceses y en un sitio así) como esas que ves en Madrid en los bares de menú del día porque ya no ven suficiente para cocinar, pero jugando en otra liga, claro.

Nos tocó mesa en doble fila porque habíamos hecho la reserva con poco tiempo. Así que no veíamos la Île Saint-Louis ni Notre Dame, que quedan casi enfrente. En todo caso el sitio era estupendo y un poquito de río y panorama parisino nocturno sí veíamos.

En seguida vinieron a preguntarnos qué queríamos tomar de aperitivo. Pero eso ya lo voy a dejar para un tercer post, que esto está ya muy largo. Además así publico otra vez, en plan tres por dos. El sitio lo desvelaré en la próxima entrada. Hagan su puestas y no hagan trampas, que alguno por aquí ya se lo sabe.

6 comentarios:

  1. Sí, porque en el tema del menú hay diferencias irreconciliables debido a lo endeble de nuestra memoria... :S

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  2. Pues claro que es puro amor!! Me parece supertierno que ND se ponga todo nervioso con lo de “no te lo puedo decir…bueno, vale, te lo digo”. Y tu suegro más amor, que al final es el que soltó la pasta.

    Del sitio no puedo decir nada, porque juego con ventaja.

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  3. niña, a mi todo esto no me lo habías contado! solo que cenaste muy bien.Me parece faaaatal

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  4. A mí me parece una historia maravillosa. Todo, empezando por el suegro, siguiendo por el traje de ND, por el no te lo digo/sí te lo digo, por el sitio, por, por, por...

    Te van a pillar por las vistas del restaurante. De ese nivel y con esos ventanales no debe haber muchos...

    Me encanta lo de la familia francesa lánguida. Qué bueno.

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  5. Solo puede ser La tour d'argent. ¿Sabes que mi hijo vive en l'Ile Saint Louis?

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  6. ¡Premios para el caballero! Se me olvidaba que tú también juegas con ventaja.

    Sé lo de tu hijo. De hecho mientras paseábamos por ahí medio jugamos a adivinar quién de los que nos cruzábamos sería él.

    Tochi, lo siento, llevo unos días que no sé a quién le cuento las cosas.

    Carmen, si te gusta será que he dado en el clavo que tú conoces bien el terreno parisino.

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