¿Iguales? ¡JA!

Ayer tuve la ocasión de comprobar que no somos iguales. Para nada. No es que no lo supiera ya de antes solo que ayer lo tuve ante mis ojos (hasta que decidí no asomarme más para no sufrir tanto) claramente.

A ver, a ver, no os sublevéis. Yo no digo que no debamos tener las mujeres las mismas oportunidades y los mismos derechos (ni más ni menos). Es decir, que somos iguales ante la ley lo defenderé con uñas y dientes. Ahora que somos iguales así sin más. ¡JA! ni de broma.

Ayer me traje a pasar la tarde en casa a tres amigos de J. No, todavía no sé en qué grado de enajenación mental me encontraba cuando lo planeé, pero visto el resultado diría que nivel señores acercándose a mí muy amables con una camisa rara en las manos.

Qué queréis, soy toda inocencia y candor. Recordaba una tarde parecida no hace mucho en que vinieron tres amigas de C. Llegamos a casa andando sin el más mínimo sobresalto, merendaron a toda prisa y se metieron en la habitación a disfrazarse dándome casi tres horas de relax total. Bueno, no, hubo un intermedio de unos diez minutos en los que tuve que hacerles caso. Solo para maquillarlas a cambio de secuestrar la caja de maquillaje y que no acabaran las paredes de purpurina rosa. Y ya. Lo más difícil fue que encontraran su ropa entre el maremágnum de disfraces en el suelo de la habitación. Y recogieron todo sin protestar.

Igualito igualito que lo de ayer. Algo debía de temerme en mi fuero más interno cuando, una vez cursadas las ‘invitaciones’, J me dijo que quería ampliar el cupo a I. Me hice la longuis hasta el día antes en que toda contenta le anuncié ‘¿Sabes quién va a venir mañana a jugar contigo?' ‘N, A y I’ (mierda, se ha acordado) ‘Bueno, verás… es que a I no se lo he dicho… que vais a ser muchos y es mucho lío’ ‘Jooooooo, cuando vinieron las amigas de C, eran cuatroooooo’ Dijo muy lastimeramente y nada desmemoriado. Así que me desarmó, porque yo soy muy cabalita y muy justa… y porque confiaba en que con menos de veinticuatro horas de antelación había muchas opciones de que I tuviera otros planes. Pero no, a primera hora de la mañana recibí la confirmación. Demonios.

El segundo indicio que debería haberme hecho poner en guardia fue la profesora. Cuando los recogí me dijo algo así como ‘que te sea leve’ y yo despreocupadamente (qué ignorante) ‘no, si luego juntos se portan fenomenal’. Y así empezamos nuestra subida a casa. Madre mía, ¿alguna vez se os ha roto un termómetro de mercurio? ¿habéis visto como se dispersan las bolitas plateadas? Pues el mismo efecto produjo en los cuatro atravesar la puerta del patio del colegio.

Nunca he hecho los mil doscientos metros que separan el colegio de nuestra casa en semejante estado de nervios. Qué manera de correr, que agonía pensando en si se pararían al llegar al siguiente cruce, qué salida al sprint imposible de seguir con cuatro mochilas en la mano. (Nota mental: para la próxima vez que cada uno lleve la suya, ¡qué coño! si no va a haber próxima vez…). Mis reprimendas en cada cruce (sí, se pararon en todos, menos mal) sirvieron básicamente de nada. Para cuando llegamos al último tramo de acera tenía el corazón en la garganta.

Una vez en casa ya no pusieron más en riesgo sus vidas. Bueno, o sí, pero no me acerqué a verlo para no poner en riesgo la mía. Merienda aderezada por un ‘a mí no me guztan laz frezaz y por ezo mi mamá no me laz pone’ de A (Moli, deberías regalarme un libro en plan labor social para esta madre) y algunos amagos de pedorretas y guarrerías varias muy propias de su edad. Bueno, ni tan mal.

Luego se metieron en la habitación y ahí empezó la batalla campal. Resultado: un avión y un submarino de lego tullidos antes de que me diera tiempo de llevarlos a lugar seguro; tooodos los bloques de lego tirados por una habitación; toooodas las fichas de un circuito de dominó (al que hasta ayer J no le había hecho ningún caso) tirados por la otra; tres flechas rotas, una de ellas y la única no reparable de C; A, que vino al salón tan campante preguntando dónde estaba la maquinita de J que quería jugar; flechas y pelotas de pistola en los lugares más recónditos de la casa; la casita de lego de C deshecha por un exceso de celo por su parte… llegó un momento en que me abstuve de asomarme a ver qué pasaba. Si nadie gritaba sangre o lloraba es que todo iba bien. Hasta me quedé un poco traspuesta y todo, tal fue mi relajación llegado el punto de no retorno.

Luego llegaron los ‘yo no me quiero ir’ o, como hizo A, los no hay mayor desprecio que no hacer aprecio cuando su madre le decía de irse.

Cuando llegó la madre con la que tengo un poco de confianza me encontró un poco en shock post traumático y protesté un poco demasiado me temo. Pobre, se debió de ir con la idea de que se portaron fatal y en realidad su hijo fue el que mejor se portó.

En fin, que no, que no somos iguales. En virtud de tan claras diferencias a J ya le hemos dicho que sus amigos de uno en uno. A C no le hemos dicho nada, por mí que vengan en tropa, la verdad. Aunque mejor no diré nada, no vaya a ser que la fastidiemos.

Y al próximo que me diga que somos iguales les llevo a cuatro niñas un día y a cuatro niños el siguiente a ver qué piensa. Si llevo primero a los niños no va a querer terminar el experimento. Eso seguro.

11 comentarios:

  1. Te entiendo. Y tienes más razón que un santo.
    Y aún son pequeños.
    Cuando tengan 11 años o así hablaremos del olor que dejan 4 metidos en un cuarto después de jugar al fútbol y quitarse los zapatos. Con la ventana cerrada, claro.

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  2. Yo lo veo en el aula cada día.

    Cuando son pequeños, que me den niñas calladitas y con buena letra, que ellos son más salvajes... Pero al pasar los años ya no estoy tan segura de preferir a las chicas...

    Así que no dejes que crezcan, o cambiarán las tornas y tendrás un grupo de chicos absolutamente concentrados en jugar al FIFA o adolescentes escandalosas intercambiando impresiones súper importantes a gritos.

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  3. No sé. Según mi experiencia muchas veces he preferido el huracán de los niños a las peleas de las niñas (me acuerdo cuando una vino muy triste "porque A me ha dicho que no quiere jugar conmigo...aunque yo le digo que tiene los ojos muy bonitos", esta se mequedó grabada). Debe ser que con los amigotes de mi niño tenía buena suerte, porque les pegaba custro gritos -a cada uno- y medio obedecían, pero el universo de relaciones femeninas de cuatro añitos fue verdaderamente delicado de llevar.
    (Dresde Mola)

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  4. Se volvieron locos. La verdad es que era de verlo y no creerlo...

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  5. El "que te sea leve" era una pista, sí.

    Hay que decir en favor de la muchachada, que una vez me quedé sola con mis sobrinos gemelos y un amigo suyo (tendrían unos 10 años) y dieron poca guerra.

    Y sin purpurina ni nada, no te creas :-)

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  6. Ay, Annie, si es que pareces nueva ;)
    A los niños se les puede "invitar", es decir, que te los traigan sus respectivos padres. Y siempre que tengas un buen fondo de balones y sitio donde puedan jugar. Conste que, a mi hijo le gusta el fútbol, pero igual puede pasarse horas con el lego, los imanes, dibujando (no, no me lo estoy inventando, y no, no es un santo precisamente) o lo que sea. Pero el 95% de los niños solo saben entretenerse con eso. Y pobre de ti como intentes hacerles cambiar de idea.
    Lo de las pre y adolescentes frente a los pavilurcios que no saben en que piensan... para un poco más adelante.

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  7. Atados seguro que son iguales.
    Aunque no sé cómo contempla eso la ley...

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  8. El otro día sólo lo pude leer hasta la mitad y me temí el desenlace...
    Como te han comentado, disfruta ahora de la tranquilidad de la niña para luego acordarte cuando te pelees por la factura de teléfono o lo que sea que haya cuando hable con sus amigas dos horas con 13 años ;)
    Pero entonces podrás premiar al nene por otras cosas.

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  10. Perdona, Pseudosocióloga, pero he borrado el comentado sin querer. Estos móviles táctiles!

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