El que la sigue, la consigue

En el último post me dediqué a contar mis experiencias londinenses negativas, pero Londres es una ciudad que también puede ser maravillosa y en la que te puedes encontrar con lo inesperado a la vuelta de la esquina. Cuando os conté el otro día que me dirigí desilusionado desde la Royal Geographical Society a comprar los encargos de Anniehall no os conté que de camino hacia allí pasé por el Royal Albert Hall. Es una de las salas de conciertos más famosas del mundo y, la verdad, es que es espectacular. Pasé junto a la programación y vi que justamente ese día empezaban una serie de conciertos organizados por la BBC, se llamaban BBC Proms. Y, justamente ese día, actuaba María Joao Pires tocando los nocturnos de Chopin. Nosotros tenemos el disco y es una maravilla. Me dirigí a la box office pensando que sería imposible encontrar una entrada justo el mismo día del concierto, pero tuve suerte y conseguí una entrada bastante cerca del escenario por unas 17 libras. Pregunté si había algún dress code y me dijeron que no. Menos mal porque era la primera reunión a la que iba sin traje.

Salí emocionado y seguí emocionado hasta que el incidente del perro baboso me devolvió a la parte más prosaica de la realidad.

Además, quedé para cenar con un alemán del proyecto. Fuimos a un restaurante hindú que le habían recomendado cerca de James St en una calle paralela a Oxford St. Yo iba con cierto recelo porque el sólo olor del curry me revuelve el estómago, pero nos pusieron un cordero con una salsa que tenía cacahuete o anacardo o algo así que estaba muy rico. Lo acompañamos de un par de pintas de cervezas indias (the kingfisher o algo así) bastante buenas y de un nan de ajo riquísimo.

Aprovechando que hacía buen tiempo, todo el mundo estaba en la calle tomándose sus cervezas fuera. nosotros nos fuimos hacia Carnabie St y nos tomamos otra pinta en un bar que se llamaba la cabeza de Shakespeare o algo así. Hablamos de cosas de fuera del trabajo, del mundial, de viajes... estuvo bien. El hablar con la gente fuera del trabajo te hace verla de otra manera, mucho más verdadera.

Me disculpé por no haberle llamado por si quería una entrada para el concierto de piano, pero me dijo que no me preocupara, que no le interesaba lo más mínimo. Así que me fui al concierto emocionado y por otro lado apenado por no verlo junto a Anniehall. Cuando la llamé por teléfono para decírselo le dió mucha envidia, aunque se alegró por mí, claro.

Llegué al RAH con poco tiempo y, como es lógico, meándome por tanta pinta. Si hay que ponerle un pero al Royal Albert Hall es que en toda la galería de acceso a las gradas sólo hay un cuarto de baño y, sobra decirlo, estaba justo en el extremo opuesto a donde tenía mi sitio. El mingitorio es uno de esos corridos donde llegué a la conclusión, viendo el caudal que corría, de que no era el único que se había tomado unas pintas de más. Volví sobre mis pasos, me senté y disfruté de los nocturnos.



Bueno, disfruté de casi todo menos de cosas que a mí, que no soy habitual de los conciertos clásicos, me resulta extremamente chocante: las toses. No sé por qué cuando se termina un movimiento en vez de aplaudir o quedarse en silencio a la gente le parece estupendo toser como si tuvieras tuberculosis en fase terminal. No lo entiendo. El tío que tenía sentado a mi lado, típico inglés con calcetines y chanclas, sólo daba un aplauso. Ponía un brazo arriba y otro abajo, daba una palmada y paraba. A lo mejor en el círculo de entendidos es lo que hay que hacer, pero a mí se me hacía raro.

Cuando terminó el concierto, me volví andando al hotel (hay que aclarar que por entonces no sabía que el hotel estaba en una zona de lupanares) a lo largo de una calle que circunda Kensington Gardens, una de las calles más oscuras que recuerdo, donde había unos casoplones impresionantes, casi todos embajadas. Llegué a mi habitación del sótano y dormí lo que pude, que fue poco.

Al día siguiente tuve la reunión y comí en la cantina de Network Rail que está en el piso 15 de su edificio de Euston con unas vistas impresionantes de Londres desde las alturas. Se ve prácticamente todo: St Paul, El Big Ben, la noria, la City... impresionante!

Por útimo compré unos cuentos para los niños de Julia Donaldson, libros que recomiendo (tenemos cuatro) y que a los niños les encantan. Y yo me compré un libro de Calvin y Hobbes que me salvó de la locura en el viaje de cuatro horas y media de vuelta.

Como cantaban los Monty Python: 'Always look on the bright side of live...'

4 comentarios:

  1. Ninio, me alegro mucho de leer este lado bueno de Londinium... los Proms son una institución, viene gente de todo el país, y están bien de precio. Lo de las toses es verdad... lo siguiente es q se levante la gente a hacer flexiones entre movimientos.

    Hugs

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  2. Lo de las flexiones no llegué a verlo. Será porque eran piezas cortas y todo el concierto duró una hora y poco.

    Lo de las toses tendrá su explicación, pero estéticamente (y si uno va a un concierto las razones estéticas son importantes) es algo aborrecible.

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  3. Noo, lo de las flexiones me lo he inventado... :)

    La gente no tose por ahí abajo? yo creo q pasa en todos los sitios (e.g. concierto de primero de anio en viena, por lo q he visto en la tele!)

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  4. Puede ser, si será en todas partes. Pero yo alguna vez que he ido al Teatro Real se aplaude al final de una aria famosa.

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