Mirando al cielo I - Veranos infantiles

Creo que ya lo he dicho alguna vez. Soy de Santander. En estos días de calor insufrible y jornadas sucesivas de sol sin el menor asomo de nubes recuerdo mis veranos infantiles y adolescentes.

Según llegaban las vacaciones lo primero que hacíamos al levantarnos era mirar al cielo. Eso no garantizaba nada porque lo mismo amanecía un día precioso y antes de terminar el desayuno se fastidiaba, que levantábamos la persiana con lluvia y al final de la mañana escampaba. De hecho, mi abuela siempre contaba que ella se iba con las katiuskas a clase y luego su madre las recogía con la tartera de lentejas para comer en la playa. Pero bueno, lo que quiero decir es que siempre tenías incertidumbre sobre lo que el tiempo te deparaba para ese día, así que lo primero era saciar la curiosidad.

De niña la verdad es que el plan era básicamente el mismo hiciera como hiciera. La mañana era un tiempo de espera, supongo que leyendo, haciendo cuadernos de vacaciones (era una empollona terrible y hacía los cuadernos porque yo quería), jugando o viendo alguna peli, esperando a que llegara mi madre para comer e irnos a Noja.

En Noja estaban mis abuelos, mis tías y mis primos pasando su veraneo franquista (y no sabes, Moli, cómo le iba al pelo el apelativo a mi abuelo). Por entonces Noja no se había convertido todavía en el benidorm que hace hoy las delicias de lo peorcito de Vizcaya y de algún otro mesetario y castellano despistados. No, Noja era un pueblo de vacas y gallinas, sin moles de apartamentos hacinadores de gente, con prados enormes cada dos casas y dos playas larguísimas de arena blanca y fina.

Si para cuando llegábamos llovía o amenazaba pues nos poníamos el chubasquero y salíamos a jugar al prado (la casa de mis abuelos estaba rodeada de pastos para las vacas de los vecinos) o a las escaleras de las hortensias. Y si hacía bueno pues íbamos directamente a la playa a reunirnos con todos.

Luego merendábamos. Arroz con leche de mi abuela o, si mi abuelo se estiraba, nos mandaba a comprar un helado. Helado de corte de tres gustos generalmente aunque a veces nos dejaba elegir algo más sofisticado.

Aquello era un follón, la casa era la justa para que cupieran todos: mis abuelos y mi tía abuela, mis tres tías y consortes, los primos, nosotros (que como vivíamos en Santander no ocupábamos cama casi nunca), muchas veces había visita... todos hablando a la vez, mi madre y mis tías son expertas en eso, pero a mí me encantaba.

A veces mi hermano y yo nos quedábamos a dormir con mis primos. Nos despertaba mi abuela cuando se iba a comprar el pan en su 'coche de rallies', un R-8 en las últimas. Nos levántabamos y nos encontrábamos a mi abuelo en camiseta y pantalón de pijama enjabonándose la cara con la brocha. Entonces nos poníamos en fila, todos en pijama, para que nos embadurnase a nosotros también. Después venía el desayuno: colacao, galletas y tostadas con mantequilla y mermelada. Unas tostadas perfectas, crujientísimas, hechas por mi tío al fuego con una carmela, nada de tostador. Y luego supongo que más playa, o prado, o ir a ver las vacas del hombre del prado de al lado, o a las gallinas que había en el camino a la playa y que un día picaron a mi prima en un dedo...

Por supuesto los fines de semana comíamos en Noja. La siesta era sagrada y mi madre se pasaba ese rato echándonos a la calle para no despertar a los adultos desperdigados por los sofás del salón y las habitaciones, propias y ajenas (a mi padre le cedían cama en el cuarto de alguno de los niños, por ejemplo). Si en esta suerte de juego de las sillas para adultos alguien se quedaba sin siesta tenía el periódico de premio de consolación.

Y todos los veranos, un día nos íbamos en plan clan a comer paella a Isla. A mi abuelo le encantaba esa paella.

Cuando llegaba agosto nos íbamos con los otros abuelos al verano castellano. Sin piscina pero con sus tormentas de agosto y sus novenas, procesiones y verbenas por la Fiesta (o la Función que dicen allí). ¡Ah! Y su corderito asado, su pan candeal, sus huevos de dos yemas, su chorizo de matanza, sus rosquillas fritas... A lo mejor ese lo cuento otro día.

El sábado estuvimos en Noja. Ya no está allí mi familia de veraneo franquista y el pueblo, como os he dicho arriba, ya no es el de mi infancia. Pero su playa sigue siendo una maravilla y hacía una tarde preciosa. Los niños estuvieron pasándoselo pipa con mi madre en la arena.

12 comentarios:

  1. Jo, que envidia de verano. No te hacía yo tan campestre, Annie.

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  2. Era yo la de antes, por cierto. Estoy viva, sin correo ni teléfono.
    Tochi (borra este comentario, si quieres)

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  3. Qué gozada de veraneos... alimentos de verdad y aire libre...

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  4. Las princezaz están ahora disfrutando de un veraneo como el mio. Este año lo noto más, son más mayores, ya no son bebés que hay que vigilar. Se levantan, desayunan con molimadre y en bañador y camiseta al jardín hasta la hora de la piscina..estan felices y las miro y digo..joder, hacen exactamente lo mismo que nosotros. Mmis hermanos flipan también al mirarla.

    Hoy me he levantado y C. se ha despertado y ha querido desayunar conmigo...está tomándose la leche y me dice: mamá...todavía quedan muchizimoz diaz de eztar en Loz Molinoz, no?

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  5. Jo, pues mi hijo está de veraneo franquista y está todo el día lloriqueando que se quiere ir a su casita bonita, que esa es muy fea. Yo no sé si echa de menos a más niños o qué, pero levantarte todos los días antes de las 6 y chuparte tropocientos kilómetros para que el niño esté así... no sé no sé...
    Tochi.

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  6. Qué envidia!!!
    Menos mal que en mi niñez ni imaginaba lo que me estaba perdiendo...
    Por cierto, no sé si creerme lo de empollona ;)

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  7. No estaban mal, Diva, aunque el viaje se me hacía eterno.

    Moli, supongo que hay cosas que no cambian. Los niños son niños y si las condiciones de contorno son las mismas pues ahí lo tienes. Cómo me hubiera gustado a mí tener piscina... y ese porche de la foto de tus pies.

    Sí, Tochi, supongo que da que pensar que el enano diga que quiere volver a su casa. Seguro que cuando volváis se pasa el día pidiendo piscina.

    No, Juanjo, lo de empollona forma parte de este personaje bloguero que me voy creando post a post. Es triste, entonces yo tampoco sabía lo afortunada que era y durante muchos años lo que deseaba era pasarme todas las vacaciones en el pueblo castellano.

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  8. Este post tiene mucho sabor a antiguo a pesar de que usted es joven.

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  9. Puede ser. Lo que es seguro es que eran así. Ya no tan joven, por desgracia.

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  10. No sabía que eras de Santander.¿Conoces a la familia que lleva el hotel de Noja?

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  11. Pues yo no, pero alguna de mis tías seguro. De todos modos, ellas siempre fueron a su casa, nunca de hotel. Y mi padre iba a una pensión cuando visitaba a mi madre.

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