Mis primeros días de colegio

Mi colegio ocupaba un solar en el desnivel entre dos calles largas. Quedaba más o menos en la mitad de las dos calles. Solo tenía entrada, por entonces, por la calle de abajo. Así que la gente que venía de arriba atrochaba por ‘La Cuesta’.

La Cuesta era un solar sin urbanizar, pegado al de nuestro colegio, lleno de tierra y piedras. Pertenecía al cole y debía de tener una valla o algo así que se suponía que impedía el paso. Además debía de tener algún acceso desde algún patio del colegio. Y, sobre todo, teníamos prohibidísimo pasar por allí.

Hacia la mitad de La Cuesta había un rellano bastante grande (o así lo recuerdo) donde curiosamente había más tierra que piedras y donde se formaba un barrizal espectacular cada vez que llovía, esto es, casi siempre durante el curso.

El colegio había empezado siendo una pequeña casita ‘El chalet’ donde habían estudiado las madres de algunas de mis compañeras. Según fue creciendo se amplió a base de añadirle anexos a los edificios viejos y, cuando ya no se podía anexar más, haciendo edificios nuevos. Así que ir de un sitio a otro podía ser una aventura en la que recorrías pasillos laberínticos, cambiabas varias veces de edificio, subías escaleras interiores, bajabas otras a la intemperie... Ríete tú de las escaleras móviles y pasadizos secretos de Hogwarts.

Empecé a ir a ese cole con tres años. Iba en lo que ahora se llama ‘la ruta’ y entonces simplemente el autobús. Al terminar las clases nos llevaban a los pequeños al hall de la secretaría a esperar a los autobuses. Uno de los primeros días me quedé allí y no me subí al autobús. Otro me quedé en el autobús hasta el final del trayecto. Supongo que ahora le pondrían una denuncia al colegio y esos autobuses quedarían vetados por siempre jamás para el transporte escolar. Entonces quedó como una anécdota (a mi hermano le pasó más veces) y de vez en cuando nos reíamos de aquello.

También uno de esos primeros días ¿o tal vez fue el curso siguiente? Nos tocó elegir una actividad. No recuerdo qué otras había pero sí que yo elegí ‘Cerámica’. Lo malo es que, supongo que para que los pequeños lo entendiéramos, las profesoras no le llamaban cerámica sino ‘Barro’. No creo que nos dejaran ir solos por el cole en busca del aula que nos tocara. Supongo que lo que pasó es que el primer día que tocaba ‘Barro’, debía de ser a primera hora de la tarde, me fui yo solita directamente del autobús a ‘Barro’. ¿Y cuál era el barro que yo conocía? Pues el de la ‘La Cuesta’.

No recuerdo cómo ni cuándo me encontraron pero sí que estaba de barro hasta las orejas. Y tampoco me acuerdo de cómo se puso mi madre al verme. No creo que montara un número, ella es bastante poco de numeritos y tiene una calma y paciencia que ya las querría yo para mí. Lo que me sorprende es haberme ido yo sola allí, con la poca iniciativa que suelo tener y lo miedosita que soy. Lo mismo mis miedos y pacatez vienen de aquello.

En fin, esta es mi historia del barro. Me la recordó Bichejo el otro día en su post. Gracias por la inspiración.

6 comentarios:

  1. Jajajaja, qué mona!! Enternece mogollón...

    Eres la primera persona que conozco que también usa el verbo "atrochar", es el cuqui más molón de la historia de los cuquis!!

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  2. Pues es un cuqui por poderes porque yo no lo conocía hasta que conocí a ND. De hecho pensaba que era invención suya, igual que berretes.

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  3. Qué graciosa, te imagino pensando "¿y dónde estará el barro? ¡Pues está claro" XD. En tu casa se tienen que partir de risa cuando se acuerden XD.

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  4. Atrochar y berretes son palabras totalmente corrientes y molientes!

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  5. Berretes se ha usado en mi casa de toda la vida, y yo la uso

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  6. Anda!. Yo de pequeña quería ser alfarera, estaba convencidísima... Lo llevaremos en los genes?

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