Mirando al cielo II - Veranos adolescentes


Hablaba el otro día de mis idílicas vacaciones infantiles y los veranos en Noja. Tuve la ocurrencia de mandarle el post a mi madre y ha ido repartiéndoselo a la familia que, ya sí, ha ido llegando a Noja. Supongo que es un recordatorio de por qué no le había dicho nada del blog.

Pero volviendo a los veranos. Por muy idílico que sonara lo de Noja, llegó un momento en que no quería ir ni a Noja. Bueno, a Noja, ni a ningún sitio que no fuera con mis amigas. Oh, sí, llegó esa terrible época de mi vida en la que, según mi madre, todo me parecía mal. La adolescencia. Un escalofrío recorre mi cuerpo al decirlo ahora que sé que algún día lo viviré desde el otro lado de la barrera generacional.

Durante el curso era soportable. Nos veíamos todos los días y estaba al tanto de todo. Todo en realidad no era nada. ‘Tía, que hoy cuando nos hemos cruzado por el pasillo se ha sacado la mano del bolsillo’, por ejemplo. O ‘Tía, que cuando estaba pidiendo en la barra (abarrotada de gente) me ha rozado con el codo’ (y luego se ha ido sin mirarme). Hechos transcendentales sin duda. Lo importante era no perderse ninguno.

Pero llegaba el verano y empezaba la tortura. Mi cole y mis amigas estaban en Santander y prácticamente eran vecinas. Mi casa sin embargo estaba fuera de Santander y llegar a su barrio era un infierno de, al menos, dos autobuses. Supongo que para Madrid eso no es nada pero en Santander era un suplicio.

Ellas quedaban para ir a la playa todos los días (que hacía bueno) pero yo no podía. Bueno, sí podía pero tenía que volver a comer a casa. Mi padre no comía en casa más que en verano y quería que comiésemos los cuatro juntos. Ahora le entiendo pero entonces... Si quedaban a las doce y media, no llegaba nadie hasta la una y yo tenía que irme para llegar a casa antes de las tres pues no compensaba porque me tocaba irme en el mejor momento. Así que me sentía una desgraciada y una incomprendida. La más del mundo por supuesto.

Pero uno o dos días (tal vez fuera alguno más) en el verano me dejaban quedarme a comer en la playa. Y entonces sí que miraba al cielo. Desde el día anterior mi humor se nublaba con las mismas nubes que ocultaban el sol. Y esa mañana madrugaba muchísimo y miraba que no se hubiera nublado cada cinco minutos. Ya os conté cómo cambia el tiempo en mi tierra así que supongo que me entenderéis. Después de la interminable espera, no fuera a ser que perdiera el autobús que pasaba cada media hora, y el incómodo viaje llegaba por fin a la playa.

Allí ya se había establecido un ritual que se repetía cada día. Nos poníamos donde todos los días. Curiosamente alrededor solía estar la misma gente: el grupo de las que eran gilipollas y había que odiar, el grupo entre los que se encontraba el hombre de la vida de cada una de ese verano y otro montón de gente insignificante. Se hacían dos filas de toallas para poder estar unas enfrente de otras, se jugaba a las cartas, algunas a las palas, nos bañábamos, comíamos, íbamos a por un helado... Y así se pasaba el día de playa. Nada del otro mundo pero yo me sentía encantada de estar de vuelta por un día al ‘mundo’.

El resto de los días me parecían más grises. Me quedaba en casa o iba a la piscina o a la playa de al lado de casa donde ‘no había nadie’ con mis otras amigas, mis vecinas. Pero era otra cosa.

Por aquella época no ya íbamos al pueblo. Toda una suerte, porque no quiero ni pensar lo mal que me hubiera sentido después de un mes perdiéndome acontecimientos tan cruciales en mi vida.

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