Mi infancia entre costuras

Ayer alguien se rió de mí, cariñosamente, porque hablé del plissé soleil de cierto vestido que luego al final no era tal.

Resulta que sé lo que es eso porque mi madre cose. Eso y otro montón de palabras para mí muy familiares que he descubierto que no lo son tanto para los demás. A ND le da la risa cuando me oye hablar de patas de gallo, ojos de perdiz o príncipes de gales y pone cara de pez si nombró un entredós, la entretela, el panamá , o digo que algo es evasé y está cortado al bies. Y no entiende nada cuando distingo un plisado de unas palas o unas jaretas de unas lorzas.

Mi madre siempre ha cosido. Recuerdo las tardes de invierno en el salón o en la cocina entre retales, papel cebolla, patrones, la máquina de coser, acericos, aguja, las canillas… Nosotros merendábamos, hacíamos los deberes o veíamos la tele mientras ella le daba a la máquina, calcaba un patrón, cortaba, sobrehilaba, remataba…

Durante años usó una Singer con mueble de madera y pedal en el suelo. Resuena en mi cabeza su soniquete rítmico (tacatá, tacatá, tacatá,…) y vuelvo a verla con la cabeza inclinada sobre la labor y moviendo el tronco al compás. Tras años suspirando por ella consiguió hacerse con una más moderna que le hiciera hasta los ojales. La máquina eléctrica también tiene pedal y hace mucho ruido, pero no es lo mismo.

A mí me hizo mucha ropa. Al principio la que ella quería. Luego elegía yo. Mi madre no sabe hacer patrones así que compraba revistas (Burda, Neue Moden, Patrones,…). Yo las miraba, elegía lo que quería, a veces íbamos juntas a comprar la tela y luego observaba todo el proceso.

Primero se calca el patrón en papel cebolla. Luego se corta el patrón, se prende a la tela respetando el sentido del hilo (esto es muy importante), se pintan las piezas y se cortan dejando sus correspondientes márgenes. Después se pasan los hilos. Esto consiste en repetir con puntadas largas la forma de la pieza pintada porque el lápiz o la tiza se pierden con el manoseo. Hasta aquí empecé a hacérselo yo cuando fui mayor. A continuación, por fin, se van hilvanando las piezas, haciendo los pliegues, juntándolas unas con otras y la prenda va tomando forma. Con todo hilvanado mi madre me probaba, corregía lo que hubiera que corregir y luego lo pasaba a máquina. Y después quedaban los remates: dobladillos, botones, ojales, trabillas...

Todas estas labores nos llevaban a menudo a la mercería. ¡Ay, cómo me gustan las mercerías! Ahora ya casi no quedan y las pocas que hay están vacías. Pero entonces casi siempre había cola. Mientras esperábamos me encantaba mirar todas esas cajitas llenas de botones con una muestra del contenido en el frente. Y las bobinas de hilo ordenadas por colores, un millón de cintas de distintos anchos, la pasamanería, ... Y las mujeres que llegaban con su trocito de tela 'a ver qué botones tienes para esto', 'necesito una cremallera invisible de 35', '¿a esto le irá mejor hilo verde o marrón?' La mercera se acercaba al expositor, traía dos bobinas y entre las dos decidían. No sé cuántos minutos de mi infancia pasé entre ellas, pero muchos.

De todas las cosas que me hizo mi madre recuerdo dos especialmente. Un vestido rojo de punto que a mí me encantaba y que dos idiotas del cole dijeron una vez que parecía un camisón (las habría matado). Y una chaqueta de pata de gallo con botones de cuero y cuello de ante que le dio muchos quebraderos de cabeza ('ay, hija, siempre eliges lo más difícil') pero que le quedó perfecta. Iba yo elegantísima en plena adolescencia con aquella chaqueta.

Ahora ya sabéis por qué me sé todas esas palabras casi olvidadas y también por qué conozco muchas clases de tela: popelín, villela, terciopelo, pana, pana lisa, percal, gabardina, otomán, piqué, lino, hilo, seda salvaje ...

Y lo que yo no consigo entender es cómo he conseguido no aprender a hacerlo yo.

17 comentarios:

  1. A mí me encantan los expositores de hilos de colores. Me pasa lo mismo con las cápsulas de nespresso esas que salen en los anuncios de todos los colores.

    Y me encantaba también el que sacaras un carrete y saliera otro a llenar el hueco.

    Y yo también me pregunto cómo te quedaste en la teoría, que te la sabes de pe a pa y no pasaste a la práctica costurera porque cuando hay que coser un calcetín o un botón en casa lo hago yo y eso sin saber qué es una pasamanería, ni un pas de deux, ni un chevalier... ;-)

    ResponderEliminar
  2. Ani, me ha encantado este post... Lo has contado tan bien q no ha sido solo informacion- q ya habria sido interesante- sino q me has llevado de la mano a una epoca q ha o esta desapareciendo. Em mi casa hay una maquina de esas de madera de la yaya... No se usarla pero intentare q nunca salga de nuestra vida. Besos, di

    ResponderEliminar
  3. Cuando mamy leyó el título del post pensó que ibas a hacer una crítica del best seller ese y se estaba afilando los colmillos, porque el año pasado cayó en la trampa de comprárselo y leerlo entero a pesar de al haber atravesado menos de 1/4 del mismo haberse hartado ya de esa "literatura" llena de tópicos y lugares comunes, francamente hemos leído muchísimas más palabras referentes a la costura en tu pequeño y entrañable post que en todo el novelón de la Dueñas.
    La alegría nos llegó con la Singer, a mamy acaban de repararle una que era de su mamá y está encantada, un día de estos colgaremos una foto en mi blog ya que es el sitio favorito de Edith, nuestra gata mayor para sentarse a cotillear lo que pasa por la calle.

    ResponderEliminar
  4. Te ha quedado perfecto.

    Mi madre cose con una singer de pedal todavía. Y cuando te he leído he oído perfectamente el ruido que hacía....

    ResponderEliminar
  5. Ups, me sonrojo. Gracias a todos.

    Especialmente a ND que me zurce los calcetines. Qué olvido imperdonable, lo tenía que haber dicho

    ResponderEliminar
  6. Mi madre era asidua al Burda, y a mi me fascinaban las tizas para marcar el patrón en la tela, de hecho, tengo las de mi madre. La única diferencia es que mi madre elegía lo que quería hacer, nosotros no teníamos ni voz ni voto. A veces le salía genial, y otras no terminaba la prenda( recuerdo unos piratas fucsias que intentó hacerme).
    Yo me dedico a hacer manteles, bordar toallas, cositas muy básicas, pero entre la costura con las monjitas y mi madre, ese mundo no me es desconocido.
    Lo que me volvía loca eran los jerseys y las chaquetas de punto que me hacían tanto mi madre como mi abuela.
    A mi me encantan las vainicas, tengo muchas ganas de hacer un mantel todo de vainicas, pero no encuentro el momento, mis enanos se lo comen todo.

    ResponderEliminar
  7. El Burda era un mundo. Es para contarlo otro día.

    Mi madre punto no hace. Pero mi abuela y mi tía nos hacían unas cosas de ganchillo que recuerdo con horror, especialmente las bragas y las camisetas que se clavaban terriblemente.

    ResponderEliminar
  8. Que bonita entrada me ha gustado mucho.

    ResponderEliminar
  9. En casa, traían las revistas de E.E.U.U y París, odiabamos las pruebas y nos daba envidia el prêt-a-portez.Pero asocio el ruido de la máquina de coser de mi abuela a la voz de Mari Francis, y yo aprendí a coser un pespunte, un dobladillo y poco más.La máquina está en mi casa de Madrid, mi madre luego tuvo una tricotosa semiprofesional y de ahí mi afición a ir siempre vestida de punto.
    Me encantan las mercerías, y mi hija tiene cajas llenas de botones.
    Bonita entrada.

    ResponderEliminar
  10. Muy muy bueno. Me ha recordado esa frase de Camilo José Cela en "La colmena", me parece, en que un aspirante a escritor le dice a su familia: "vosotros no lo entendéis, pero las mercerías pequeñas con hilos de colores y que se llaman "Mercería Trini" me producen una melancolía..."

    La familia del protagonista, naturalmente, era de lo opinión de que estaba atontado.

    Me ha parecido genial tu texto.

    ResponderEliminar
  11. Pues muchas gracias Miguel Baquero, Patito y Pseudosocióloga.

    De París y Estados Unidos? qué nivel.

    ResponderEliminar
  12. No quería parecer "snob", en casa teníamos el "Burda" , pero mi madre tenía una prima en E.E.U.U y una tía en Francia con las que intercambiaban revistas.

    ResponderEliminar
  13. Pues qué suerte, Pseudo. No habías parecido esnob pero tu vida está llena de sorpresas.

    ResponderEliminar
  14. Me ha encantado porque me ha traído recuerdos iguales. Mi madre también cosía...y pensar que a veces tenía manía a la ropa que me hacía y quería comprar ropa en una tienda!!!!
    Ahora la echo de menos. A ella y a la ropa que me hacía...esos camisones tan bonitos (que en cuanto pude tíré y no sabes lo que me arrepiento!!!)....

    ResponderEliminar
  15. Jos, yo no sé ni coser un botón, no sé qué haré cuando me falte mi madre. Ella tiene máquina, pero sólo para emergencias.
    Qué potito Annie

    ResponderEliminar
  16. Siempre he pensado que qué gozada porder hacerme la ropa que quisiera, con las medidas que quisiera y no depender de las tallas de las tiendas. Pero me da una pereza... Has clavado el post, mi abuela se dedicaba a hacer cortinas, colchas, etc y me has recordado su casa.

    ResponderEliminar
  17. Qué cosas.
    Mi madre cosía... y cose. Es lo que hace para ganarse la vida. Y sabe hacer patrones y le hace la ropa a todo aquel que se la pida.

    Yo, mi adolescencia, la pasé entre las máquinas y los patrones, rezongando por pasarme allí los días de verano y no poder estar en la calle todo el día (que no se interprete mal, que me dejaban tiempo libre).

    Ahora, años después, ella sigue trabajando en lo suyo y yo he aprendido. No me gano la vida así, pero el 90% de la ropa que pongo a diario, me la he hecho yo, chaquetas, pantalones, vestidos...

    Y sí, ahora no me parecen perdidas las tardes de aquellos veranos, y el tacatá de las máquinas, los patrones y los hilos siguen formando parte de mi día a día.

    Besos!

    ResponderEliminar