Un día más

Nuestro héroe se levantó a una hora en la que levantarse debería ser delito. Se dirigió al baño, dio el grifo del agua caliente mientras se afeitaba, se desnudó y se metió en la ducha. Ni siquiera podía remolonear en la ducha. Se acicaló, se puso sus botas de trabajo que sabía que tendría que quitarse poco tiempo después para pasar por el arco de seguridad del aeropuerto. Dio un beso a su Penélope que se quedaba intentando apurar un poco más los últimos retazos de sueño. Con un poco de suerte su marido no haría demasiado ruido y los niños no se despertarían. Él metió en una bolsa de plástico transparente las cosas de aseo: desodorante, colonia, un peine, cepillo de dientes y pasta y lo metió en su maleta. Cogió un libro por si acaso tenía tiempo y ganas para leer algo, aunque lo dudaba. Se puso su abrigo de operario (Tochi dixit) y salió por la puerta intentando no hacer ruido.

A esas horas, a pesar de que en su trabajo le 'aconsejaban' ir al aeropuerto en transporte público, se dirigió a la parada de taxis cerca de su casa y le indicó al taxista que le llevara a la T4. Una vez allí tenía que encontrarse con varias personas a las que no había visto en la vida. A lo mejor sí que las conocía, tal vez estuvieron en alguna reunión con él, pero no le sonaban sus nombres. Lo único que tenía era un número de teléfono de uno de ellos. Se dirigió al control de seguridad donde, efectivamente, le hicieron quitarse las botas que él ni siquiera se había preocupado de limpiar y que aún tenían barro de cuando estuvo en Albacete, las metió por el escáner al igual que la maleta, el abrigo fosforescente, el cinturón, las monedas... todo de lo que se acordó, pero se le olvidó sacar de la maleta los artículos de aseo, además pitó el arco con lo que tuvo que estirar los brazos y permitir un cacheo que le pareció hecho con gran dedicación, a fondo. Le quedó la impresión de que, tras el sobe, el vigilante podría reconstruir mentalmente todos sus contornos. Se dirigió al McDonalds que es el único sitio de la T4 abierto a esas horas y, además, es el único que tiene unos precios moderados. Comprobó la puerta de embarque y la hora en las pantallas y cuando estaba cerca llamó a su contacto. Se vieron e intercambiaron algunas frases, más por cortesía que por verdadero interés.

Embarcó a tiempo y, gracias a que facturó el día anterior, pudo sentarse en un asiento junto a una salida de emergencia. Guardó la maleta, sacó el libro y se sentó. Prestó poca atención a la demostración de seguridad, pero tampoco estaba concentrado en el libro. Cerró los ojos. Pensó que era un poco absurdo que le hablaran de chalecos salvavidas cuando, aunque iba a aterrizar cerca del mar, no abandonarían tierra firme.

Llegó a una ciudad del noroeste de España, se reunió con los que serían sus compañeros durante un par de días, se dirigieron a la zona de alquiler de coches, luego al parking y salieron para un viaje de una hora hasta el punto de inicio de su visita, donde se encontrarían con más gente que se uniría a la visita. Vieron las obras, se detuvieron en los puntos conflictivos, se apuntaron los puntos kilométricos y así transcurrió la mañana. Mientras se acercaba la hora de comer, los autóctonos del lugar fueron llamando a sus amigos para invitarlos a comer, invitación que luego ellos no pagarían. Para eso estaban los chicos que viajaron desde Madrid con nuestro héroe. Él se había hecho la promesa de no pagar nada, al menos no pagar las comidas ni las cenas de gente de la que no sabía ni sus nombres y que ni siquiera le darían las gracias.

La comida se alargó por más de dos horas lo que afectaba a la programación de visitas, pero él no era tan ingenuo como para no saber que el motivo principal del viaje eran las comidas y no las visitas. Como no conducía se había tomado un par de cervezas y el chupito a los postres gentileza de la casa. Mientras se le entrecerraban los ojos se detuvo a mirar el paisaje, ese paisaje de montes verdes al que él no estaba acostumbrado. Era precioso, aunque se veían aún frescas las cicatrices que dejaba esa infaestructura moderna que tenía que atravesar esas montañas entre viaductos y túneles sin solución de continuidad. Todo sea por el progreso, pensó con cierto tono burlón.

Como se había hecho tarde, se permitieron cambiar el plan de viaje y no visitaron un par de puntos que tampoco parecían presentar mayor problema. Llegaron a una ciudad en la que nuestro héroe no había estado nunca. Era la única capital de provincia de esa comunidad que no había visitado, ahora tampoco tendría tiempo para poco más que un paseo mientras se dirigieran a cenar. Había que ser un héroe para cenar. Si por él fuera, se iría a la cama pronto, leería un par de capítulos y se dormiría lo mejor que pudiera. Pero no era por él, él tenía que hacer de comparsa y adecuarse a los caprichos de 'El Cliente' que a fin de cuentas era quién -de una manera extraña- pagaba todo aquello, aunque nuestro héroe sabía que al final salía del bolsillo de todos los ciudadanos, incluso del suyo. Llamó por teléfono a su Penélope y a sus Telémacos y se entristeció por no estar junto a los suyos, pero era su trabajo y sabía que al día siguiente, si todo iba bien, volvería junto a ellos a tiempo de darles un beso antes de acostarse.

Sabía lo que le esperaba al día siguiente. Más de lo mismo. Más visitas, más llamadas, más comilonas y, con suerte, un poco de tiempo libre para comprar a los que le esperaban en casa un par de tonterías para hacerse perdonar su marcha, aunque no fuera por su culpa, él se sentía culpable. Montó por primera vez en el tren que pasaba sobre una vía y sobre unas instalaciones que él había ayudado a levantar. Le sonaban algunas zonas, aunque ya era de noche y era difícil saber dónde estaba exactamente. Llegó a Chamartín, cogió otro taxi y llegó a casa antes de que los niños se acostaran. Los abrazó, besó a Penélope y esa noche no cenó, bueno, tomó un par de mandarinas mientras relataba sus aventuras a su esposa y ella le contaba cómo habían sido esos dos días sin él. Se fue a acostar cansado. Era difícil no pensar que había perdido un par de días, que nada de lo que había visto le iba a servir para realizar su trabajo, que tendría que mandar correos para recordar que le mandaran los planos que sí que le servirían. Por fin se durmió después de una media hora de darle vueltas a la cabeza, pero estaba en su casa, en su cama y con los suyos. ¿Qué más podía pedir?

17 comentarios:

  1. ¡Primer! Pffff, los viajes de trabajo cada vez se hacen más cuesta arriba, sobre todo cuando tienes tu propia casa y familia. Y ya si son improductivos para qué te voy a contar :S.

    ResponderEliminar
  2. Pues eso es lo peor. No son improductivos porque se trata de que te vean el careto por ahí, pero poco más.

    ResponderEliminar
  3. Como decía Gomaespuma, "pa tontás siempre hay dinero".

    Ya te lo había leído una vez, pero sigue dándome un pasmo. Estás con unos ante los que eres el "cliente que paga". Y a la hora de la comida, estos llaman a sus amigos para que se unan a la "invitada". "Vente pacá, Paco, que hoy comes gratis y además bien".

    Además, se hace "el paripé". Así, aparte de unos correos electrónicos que dan fe del trbajo y la eficiencia, se añade el acto a la hoja Excel de eventos y reuniones necesarias.

    Regeneración, ven pronto. (decirle "vuelve" sería inexacto).

    ResponderEliminar
  4. Joer, cada vez me indignan más esas cosas... por lo menos ya no saldré huyendo la próxima vez que un "operario" de 2 metros de alto se acerque a mi por la calle...

    ResponderEliminar
  5. Es así, NáN. Cuando se va acercando la hora de comer empiezan a llamar a sus coleguitas de la zona, se presentan en el restaurante, se les paga la comida y ni siquiera te dan las gracias, ni saben quién eres, ni cómo te llamas, ni nada, solo que ese día comen gratis. Es para mandarlos a la mierda, a mí ganas me dan.

    Creo que ya lo he contado, pero una vez estábamos trabajando el la vía con aguanieve y pasmados de frío. Terminamos y mientras recogíamos (ellos no ayudan) se fueron al bar del pueblo y hasta que no vieron que entrábamos por la puerta no pidieron ni un café, no fuera a ser que tuvieran que pagarlo ellos...

    ResponderEliminar
  6. Tochi, todavía me acuerdo de la cara de susto que pusiste cuando te saludé... la culpa es mía por ir vestido así...

    ResponderEliminar
  7. El abrevadero parece que de esta no salva, más de un inutil va a tener que aprender a pastar.

    ResponderEliminar
  8. Esto no lo he dicho y veo que puede quedar confuso, pero este es un relato sobre algo que aún no ha pasado, pasará mañana y pasado mañana que es cuando me voy.

    ResponderEliminar
  9. Cuando las voluntades no cambian, el orden de los tiempos no es decisivo.

    Proverbio irani.

    ResponderEliminar
  10. Buenísimo el inicio del relato "Nuestro héroe se levantó a una hora en la que ..."

    ResponderEliminar
  11. Joder con los iraníes, qué listos!

    Gracias, Pater Familias.

    ResponderEliminar
  12. Bueno yo ya sabía que era un relato del futuro pero no me ha dado tiempo a comentarlo, cachis, debo sr el único pringao del mundo que comenta los blogs desde casa :(

    Que te sea leve, pero como sabes a qué vas sonríe y pon buena cara, total, te va a dar igual.

    ResponderEliminar
  13. te comprendo bastante,bastante...

    Pero (por ponerme de abogado del diablo)...
    y si los presuntos buitres llegan a su casa y dicen a sus penelopes: he tenido que comer con tipo de madrid al que solo le hemos bailado el agua para que no nos saque demasiadas disconformidades,me ha llamado la supercontarta y nostros que somos unos pringaos a ver como se vevía cervezas y el chupito mientras el grandullón se quedaba sopa... por lo menos ha pagado él...y encima ha estado aqui y le tengo que mandar los planos a su oficina puffff aunque menos mal que le hemos convencido en mandarselo al correo porque ni siquiera habiamos corregido lo que nos dijo la última vez...encima el ingeniero madrileño se habrá pensado que somos amigos del cabrón este que nos ha obligado a ir a comer con cara simpatica o no tocamos una licitación en diez años.

    ...solo por malmeter que dicen en mi pueblo

    ResponderEliminar
  14. Solo que aquí las tornas son justo al revés, Consu's. Aunque no está mal visto.

    ResponderEliminar
  15. Mu bien anijol de mama osa defendiendo la casa!!!

    Solo era por meter mal y porque muchas veces estas reuniones se termiann convirtiendo en un teatro en el que nadie está a gusto, pero nadie se atreve a rompeer la baraja. Yo he estado en los dos lados y tan putada es para unos como para otros. Mujer nunca hay que descartar la estupidez pero en general casi todo el mundo está a la fuerza con mejor o peor cara.

    Y por favor que alguien me dé 50 latigazos por "vever".

    ResponderEliminar
  16. Soy elegante y no quise hacer leña perooooo, y mira que estoy con los ojos delicados, maldita alergia y maldita contaminación madrileña...

    ResponderEliminar